Las voces de los adultos reverberaban contra las maderas del techo. La cabaña, en un enclave nevado en la falda de las montañas, en algún lugar perdido entre Andorra y Cataluña, no era más que una planta cuadrada, de troncos vivos, en los que, a veces, aún se apreciaban brotes, dividida en cuatro estancias dispares por tabiques rústicos de machimbre de pino verde. Era un lugar sin privacidad, en donde los adultos hacían sus amores castos bajo las mantas, ahogando los gemidos y los ecos perversos de su silencio, forzado por la presencia permanente de la niña. Salomé, que así se llamaba, lo sabía, y disfrutaba en secreto de los amores de sus padres. Terminaba el siglo diecinueve, y las oportunidades de entretenimiento para una niña de nueve años en una cabaña en las montañas, no iban mucho más lejos que la contemplación eterna y silenciosa de la nieve cayendo, las muñecas mohosas que criaban hongos en el pelo de lana bruta, y la siempre agradecida tortura de hormigas rojas, perdidas por la miel que solían guardar en las alacenas, bien cerquita del té.
Pero esa noche, sus padres tenían visitas. Un matrimonio desconocido para Salomé, y, por lo tanto, una novedad disruptiva en sus días de mirar blanco y blanco tras los cristales de la ventana de la sala, intentando no alejarse demasiado del pequeño fuego que templaba el samovar, siempre ahorrando leña, siempre tímido, siempre tibio.
Salomé se coló en la cocina, desde donde un ventanuco interior permitía espiar mejor. Se encaramó a un taburete de madera basta, clavándose una astilla en la rodilla izquierda. Contuvo el grito, arrancándosela rápidamente, para quedarse fascinada, por unos segundos, con el rojo auténtico que la pequeña herida dejó brotar. Inmediatamente retomó su labor espía, asomándose por el ventanuco desde la cocina, donde la oscuridad, combinada con la tensión palpable de los adultos durante la conversación, la protegían de ser descubierta.
– …son ya, con éste, más de cinco meses a deber, Rodrigo -. El hombre desconocido hablaba con seriedad y autoridad. Salomé se sintió intimidada.
– Lo sé, don Julio. Y créame que lo intento, pero el invierno está siendo terrible para nosotros. No hay de dónde sacar dinero, no encuentro otro trabajo y mi Salomé tiene que seguir estudiando, pobrecita.
– Si ya me hago cargo, Rodrigo. Y quiero ayudarlo, pero necesito que me ayude usted a mí. Usted rasca mi espalda, yo rasco la suya.
– Y estoy más que dispuesto. Haré lo que sea, pero lo que me pide no está bien, don Julio.
Salomé lamentó haber tardado tanto. La conversación era interesantísima, y se molestó porque las hormigas rojas, en su trasiego infinito de azúcares, trepaban por sus tobillos, picándola con voracidad.
– Es una noche, Rodrigo. Una noche por año, y con eso paga la renta de todo el invierno. De todo el año si hace falta.
El silencio se instaló entre los adultos. Salomé, sin entender del todo la situación, se sintió ansiosa, y de alguna manera, también sucia. Sabía que en esa habitación se discutía algo malo. Su padre, cabizbajo, tenía un rictus en el rostro que ella no había visto nunca antes.
– ¿Y qué le va a hacer?
– Le prometo que la trataremos bien, y estará de vuelta al alba.
– ¿Pero qué tiene que hacer?
– Nada. Simplemente pasar la noche con mi mujer y conmigo. Bailaremos, beberemos y puede que algo más. No se preocupe, Rodrigo. La trataremos bien.
– No -su padre enrojecía, y se lo veía afectado y furioso.
– Creo que tenemos que aceptar, Rodrigo -intervino Sofía, su madre -. Moriremos si nos quedamos sin casa ahora, en pleno invierno. Morirá Salomé.
Pasaron otros dos minutos en los que, amparadas por el silencio, las hormigas rojas se solazaron picando los tobillos de Salomé, que por alguna razón sentía unas enormes ganas de llorar.
Finalmente, Sofía volvió a hablar.
– Aceptamos, don Julio.
– No se imagina cuánto me complace. Nos retiramos entonces, y la espero en mi casa en una hora, para que tenga tiempo de cambiarse.
Los desconocidos se pusieron de pie, acercándose a la puerta.
Salomé bajó la vista, luchando con las hormigas. Cuando volvió a mirar, su padre, con el atizador de fuego en la mano, corría hacia don Julio, quien, de espaldas, no advirtió el movimiento hasta que escuchó el rozar de los pantalones de Rodrigo. Al darse vuelta, se encontró de frente con el menestral, quien conteniendo el grito como cuando hacía el amor con su mujer, le enterró ocho centímetros de hierro herrumbroso en el ojo derecho, matándolo al instante. Su esposa, salpicada de sangre y sorprendida, intentó gritar también, pero no lo consiguió, porque el hierro ensangrentado había ya abandonado la cuenca ósea del ojo de su marido, dejando atrás trocitos de cráneo manchado de masa encefálica, para ir raudamente a clavarse, con asombrosa precisión, en su garganta.
Salomé pudo sentir su corazón reventándole el pecho, sus arterias desbordadas bajo la presión creciente de su sangre, y los tobillos ardiendo por la acción de las hormigas.
Rodrigo puso el atizador al fuego, y un olor de sangre hervida inundó la habitación, como si estuvieran cocinando morcillas frescas.
Miró a su mujer, que permanecía de pie.
– Limpia esto mientras escondo los cuerpos en la nieve -ordenó.
– Vamos a tener que mudarnos otra vez en primavera. Estoy harta, Rodrigo.
– No es mi culpa -respondió el hombre.
Salomé pudo ver a su padre, cargándose al hombro el cuerpo sin vida de su casero, antes de enfrentarse a la nieve y el viento, que sin piedad aullaba entre los pinos. Se bajó despacio del taburete, rascándose con furia los tobillos, mientras se preguntaba si, allá donde fueran, también habría hormigas rojas hambrientas, a las que torturar en las larguísimas y aburridas tardes de invierno.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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