Mi abuelo muriรณ sin avisar, sin decir nada y sin molestar a nadie. Muriรณ una tarde de otoรฑo, en la vieja casa de Ramos Mejรญa, en la que quince o veinte gatos daban al lugar un marco entre encantado y repugnante, con una tufarada amonรญaca de orines rancios.
Era mi abuelo preferido. No porque hubiera sido especialmente cariรฑoso, ni generoso. Ni siquiera gracioso. Lo era porque era escritor. Nunca quiso publicar, pero en contadas ocasiones durante mi infancia, me dejรณ leer historias fantรกsticas sobre lugares ignotos, repletas de personajes oscuros y malvados. Yo disfrutaba esas historias con locura, pero por alguna razรณn, cuando dejรฉ atrรกs la adolescencia, y comencรฉ a rasparme las mejillas con una Gilette, mรกs por sentirme grande que por autรฉntica necesidad, รฉl dejรณ de interesarse por mรญ. Me siguiรณ recibiendo en su casa con la amabilidad de siempre, pero la antigua complicidad se transformรณ en una ceremoniosa cortesรญa. Me sonreรญa con una sonrisa helada, me ofrecรญa palabras formales, atentas, pero yo podรญa sentir que mi persona no le interesaba en lo mรกs mรญnimo, que estaba tan lejos de mรญ como se lo permitรญan las almenas de su fortaleza privada. Estaba perfectamente lรบcido, y sin embargo confundรญa mi vocaciรณn, los nombres de mis novias e incluso la especie de mis mascotas.
El caso es que un dรญa se muriรณ, y, sorprendentemente, fui el รบnico heredero de la casa de Ramos Mejรญa.
Cuando fui a tomar posesiรณn de mi nuevo imperio de polvo y pis de gato, y por primera vez en mรกs de una dรฉcada, me sentรญ libre de recorrer la casa sin que nadie me observara, descubrรญ que el palacio que soรฑaba de niรฑo no era mรกs que una engaรฑifa de tramoyista. Los muebles estaban desvencijados, y eran, en su mayor parte, de mala calidad. Las paredes se desconchaban con solo mirarlas, y el estado de los baรฑos no permitรญa poner en duda que habรญan sido utilizados para cagar.
Inventariando la inmensidad de la decepciรณn, me encontrรฉ frente a una escalera, que llevaba de la segunda planta a una especie de buhardilla, a la que nunca antes habรญa visto. Siempre habรญa sospechado que la casa tenรญa una planta mรกs que las que, a simple vista, podรญas adivinar desde la calle, pero nunca habรญa tenido ocasiรณn de verla, y mucho menos de visitarla. Las veces que le habรญa preguntado, el Abuelo Zacarรญas me habรญa respondido con evasivas y mal talante.
Emprendรญ la subida, empoderado por una extraรฑa sensaciรณn de vรฉrtigo y curiosidad. La escalera doblaba en un ridรญculo รกngulo de ciento diez grados, que parecรญa creado mรกs para ocultar lo que habรญa al final que por razones arquitectรณnicas. Al girar, se abriรณ ante mรญ una habitaciรณn cuyas dimensiones parecรญan completamente incorrectas. Tenรญa al menos el triple de superficie cuadrada que la planta baja, y estaba repleta de estanterรญas de madera noble. Era imposible, la casa estaba construida en medio de un solar, y no limitaba con ninguna otra estructura edilicia. Me costรณ entender dรณnde estaba.
Pasรฉ la vista por los estantes, todos ellos a rebosar de amarillentas pรกginas cubiertas de manuscritos. Elegรญ una al azar, y con la primorosa caligrafรญa de Zacarรญas pude leer: โLos vientos solamente pueden ser invocados por un demonio de sangre blanca. No hay otro ser vivo en el orbe con capacidad de domar el aire en movimiento, ni de utilizarlo a su favor para someter enemigos..,โ. Suspirรฉ. Era la clase de historias que me dejaba leer de niรฑo.
Escogรญ otro. Decรญa: โSara separรณ aรบn mรกs sus piernas, mientras el demonio alado la penetraba con dulzura y violencia, rugiendo como un felino y aullando como un lobo. Sara lo mirรณ, y al instante sus pupilas se tornaron rojas, mientras de sus pezones comenzaba a manar sangreโฆโ.
Sonreรญ, pensando que tenรญa toda la vida para leer los infinitos papelajos amarillentos. Paseรฉ la vista por la estancia, y en su centro, descubrรญ un escritorio, cuyas patas estaban atadas con una soga a las estanterรญas mรกs cercanas. Con nudos de marinerรญa, imposibles para una persona profana en el tema. Me acerquรฉ. Con mucho sentido geomรฉtrico, una silla se enfrentaba, sola y รบnica, al centro de la mesa, en la que un montoncito de hojas de papel en blanco me sonreรญa. Delante, un tintero de la tinta mรกs negra que pueda imaginarse estaba destapado, y sin embargo no se secaba. A su lado, un pequeรฑo baรบl de roble con herrajes de bronce me llamรณ la atenciรณn.
Me sentรฉ, y cuidadosamente lo abrรญ. Albergaba รบnicamente una pluma de madera tosca, coronada por un plumรญn filoso y brillante, sobre un trapo rojo. No pude resistirme a su tacto, a examinarla de cerca, a probarla.
Pero ni bien entintรฉ el plumรญn, pareciรณ despertar, con una voluntad propia, y mi mano dejรณ de obedecerme.
Empezรณ a escribir, sirviรฉndose de mi mano derecha, y mientras lo hacรญa, se permitรญa algunas pausas para que yo le hiciera preguntas. Me explicรณ que ya era hora, que durante sesenta y ocho aรฑos mi abuelo habรญa sido la mano que le posibilitaba escribir su confesiรณn รบltima. Me contรณ que era el alma de un artesano rico y prestigioso, que habรญa nacido en Venecia en el aรฑo mil trescientos doce, y que, siendo escritor, habรญa sido maldecido por su esposa, una sacerdotisa entregada en vida a cultos demonรญacos, por mentir, en sus escritos, sobre el amor que le profesaba, y por ser temeroso de Dios. La maldiciรณn la habรญa hecho recorrer Europa, Asia, y mรกs tarde รfrica y Amรฉrica, saltando de dueรฑo en dueรฑo, siempre en manos de mercaderes, coleccionistas y escritores. Habรญa doblegado las voluntades de mรกs de sesenta y tres personas, y causado, mรกs tarde o mรกs temprano, la muerte de todas ellas.
Era su misiรณn, me dijo, preparar al mundo para la llegada de los demonios que invocaba la antigua esposa de su primer dueรฑo, revelar a los mortales que estaban destinados a someterse, y explicar cรณmo debรญan acoger a los demonios.
Y ahora, me dijo, me tocaba a mรญ ser el instrumento de esa narraciรณn, que estaba, por fin, cerca de culminar. Cuando terminรกramos la pรกgina nรบmero novecientos mil ciento setenta, los demonios llegarรญan. Para sellar el acuerdo, me dijo, tenรญa yo que firmar al final de esa hoja, y esto era asรญ porque mi propio abuelo, al finalizar mi pubertad, me habรญa designado. Dicho esto, mi mano se acercรณ violentamente a mi mejilla derecha, y el plumรญn me hizo un tajo de unos cuatro centรญmetros, desde abajo del pรกrpado hasta el costado de la nariz.
Con tu sangre, me dijo. Firma con tu sangre.
Me neguรฉ.
Insistiรณ.
Me volvรญ a negar.
La pluma se lanzรณ contra mi frente, y me abriรณ un tajo hasta la nuca. La cabeza en dos partes como un durazno maduro.
A partir de ahรญ perdรญ la conciencia, pero creo que debo haber salvado a la humanidad, porque acabo de abrir los ojos. El ojo, en realidad. Solamente me queda el derecho. Estoy en un hospital, tengo el cuerpo entero lleno de cortes, me falta el ojo izquierdo, y la mitad del cuero cabelludo. Sobre la cama, tengo un periรณdico abierto en la pรกgina que narra el incendio de la casa de Ramos Mejรญa.
Se abre la puerta, aparece una enfermera.
– ยฟEstรกs bien? -pregunta.
– Creo que sรญ.
Mira a ambos lados, como si quisiera verificar que estamos solos. Cierra la puerta y se entreabre el escote. Parpadea, y al abrir los ojos, sus pupilas se vuelven felinas, una fina lรญnea vertical negra en dos ojos amarillos. Se ve que su piel es roja, roja, roja, y en ese momento el cuarto se impregna del mismo tufo que la casa del abuelo Zacarรญas, y me doy cuenta de que no era amonรญaco, sino sulfรบrico. En la mano sostiene el plumรญn, entintado de rojo. Me mira, sonrรญe y dice:
– Si no firmรกs este papel, no vamos a poder darte el alta.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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ยฟDรณnde hay que firmar?
Aquรญ, debajo de la lรญnea punteada ๐๐๐