El cielo se dio vuelta sobre sí mismo, mi amor. No hay en vos otra cosa que hambre de nosotros, un camino que arranca en tu lengua para morir en tu piel, para recorrernos sin trazos, sin levantar el lápiz, sin dejar más rastro que uno sensorial, emocional, bruto y pleno.
Y voy descubriéndote, encontrándote bajo la ropa que se rinde, sin luchar, a la presión de mis dedos, y te descifro exactamente como esperaba que fueras, y sin embargo llena de sorpresas, de pequeñas trampas de juguete, de dulces recodos en los que el río se tuerce para volverse de lava tibia, un reguero de oro líquido en el que los peces de tu deseo nadan a contracorriente, como salmónidos remontando a su origen, brillando en el aire a medida que saltan y se zambullen, como amapolas lloviendo sobre un mar de terciopelo y caramelo.
Y entonces te encuentro, llego a vos que, replegada en tu centro, te abrís como un abrazo nuevo, como una flor de pétalos vírgenes, te ofrecés a mi boca, a mi lengua que te invita a ser, para mí, los héroes, el punto de origen donde nos conocemos de nuevo, esta vez sin prisa, esta vez sin pausa, esta vez para derrotar a los demonios que acechan, para fundir muros de piedra con el fuego de nuestro aliento combinado, para invocar tormentas y, después, ofrecer refugio.
Y me regalás tu sabor en los labios, mi amor. Y tu sabor es un sabor único y dulce, tortuosamente sensual, impúdicamente perfecto, y el techo se hace de papel y desaparece para precipitar un cielo abierto, con estrellas fugaces que se derraman sobre vos, sobre tu piel que resplandece como un eco de la luna, silbándole melodías que invoquen un sueño sin pesadillas, una reminiscencia de petricor que desflora mi lengua, la provoca, la trae de vuelta una y otra vez, para agradecer con ella tu ofrecimiento más íntimo, el más privado, el más real.
Y entonces, mientras te beso, tu sabor activa mi memoria, revivo un rayo de sol que se cuela entre las motas de mugre que opacan las ventanas del bar. La puerta de doble hoja se entreabre, y vos estás ahí, parapetada tras un ramo de flores, un poco caótica, muy dulce, y atentando contra el mundo, empuñando una sonrisa que debería ser delito en, al menos, diecisiete países del norte y dos del sur. Y salimos a una Buenos Aires estallada de luz, donde el simple hecho de verte caminar se vuelve un privilegio, la sencillez del momento en el que tu boca dibuja un arco de dientes y labios, que los mortales llamamos sonrisa y vos esgrimís contra el mundo sin pudor, se vuelve casi una liturgia nueva, una razón para que los ateos vayamos a misa, una llamada de animales salvajes destrozando los alambrados, una revelación áurea que asegura que existe pasión en el mundo.
Y entonces, mi amor, te busco más profundamente, con menos delicadeza, como queriendo hacerte mía desde la raíz. Y estás ahí, más que nunca, más material, más hembra y más humana que nunca. Y quiero atacarte a dentelladas, revelarte los secretos que ya no sé guardar, y agradezco a la naturaleza por el sentido del gusto, por el privilegio del tacto y por la magia de la vista.
No quiero irme de acá, mi amor. No quiero despegar mi boca de vos. No quiero salir del abrazo de tus muslos. Y entonces la memoria me traiciona otra vez, y, de repente, estás de pie frente a mí, vistiendo un pantalón negro con detalles plateados, y tu sonrisa podría refugiar a un ejército de idiotas enamorados o simplemente media docena de los besos que, por alguna razón, no te di.
Y entonces la memoria reescribe el final que fue con uno alternativo, y te agarro de las manos, te acerco a mí, acaricio la curva de tu cintura y, despacito, muy despacito, invado tu boca, llenándola con un beso dulce y largo, que hace temblar hasta las hojas de los árboles del patio.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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