Las hormigas devorarán tu carne. Te vaciarán los ojos, te fundirán sobre tus propios huesos, te devolverán a la humedad de la tierra, a la profundidad de una caverna privada, única y personal.
No son mis hormigas. No son mías, nunca lo fueron. Son las hormigas del suelo, de la tierra, negras y rojas, con abdómenes prominentes, con patas articuladas, con pinzas en la boca, con mandíbulas trituradoras. Devorarán tu carne y la vomitarán para fertilizar el suelo, para alimentar las plantas, para que resurjas hacia el sol. Y eso es lo bueno de las hormigas. Las hormigas no saben de bondad y maldad. No saben de aciertos y errores. No saben de amores y desamores, de esperar durante horas, inmóviles en una silla, una noticia que no llega, un cumpleaños que no se festeja, como una piruleta imposible de desenvolver. Las hormigas no saben de desencuentro, de tristeza ni de impavidez. Las hormigas saben de traer un palito y ponerle un poco de baba. Saben de quitar un pedacito de tierra. Saben de devorar tu carne, de eternizar el ciclo de la vida, saben de otra iteración, de mover una hojita que una compañera dejó ahí, nomás, y ponerla allá.
La noche de año nuevo de mil novecientos ochenta estuve en tu casa. Fue el primer año que recibimos juntos. Y el único que recuerdo juntos. Fue la primera vez que estrellé copas recién vaciadas contra el muro del patio, porque en el departamento de la calle Humberto Primo no había chimenea ni fuego. Fue la primera vez que te vi, deslumbrante, brillando en una burbuja única y personal. Descubrí que la gente te adoraba. Que tenías amigos. Que tenías un novio. Que podías reír a carcajadas de cosas que yo no entendía.
Había hormigas en el patio. Mis siete años de comprensión del mundo alcanzaban para saber que las hormigas no estaban invitadas a la fiesta. Y que yo tampoco. Yo estaba ahí porque hay veces que no hay dónde poner a los niños. Son como una caja enorme que molesta en todas partes, que dificulta el paso, como un biombo que era de una abuela ignota, y que no formó parte de la herencia. Simplemente quedo allí, y que nadie se anima a tirarlo. Son como un personaje dibujado en la pared, que habla cuando hay que callar y que llora cuando hay que contemporizar.
Era el único niño de la fiesta.
No fue un problema. No me aburrí.
Pude observarte desde una atalaya que, aunque cueste creerlo, era absurdamente baja. Pude verte cautivar a hombres y mujeres con tu risa expansiva, con tu verbo rimbombante, con tu buen humor y tus chistes ensayados. Fue la primera vez en mi vida que vi cómo se ejerce la belleza, cómo se usufructúa la simpatía, cómo se explota el ingenio. Me fascinó observarte. Me fascinó tu dominio del mundo, tu protagonismo en una escena cualquiera de la película de tu vida. Me deslumbró cómo tus invitados parecían bailar, todos, una coreografía tácita, bajo el metrónomo invisible de tu batuta ficticia.
Y sin embargo el recuerdo de esa noche, la fascinación y el descubrimiento, están siempre opacados por un tenue sentimiento de abandono, una pátina de tristeza en la que nunca pude dejar de sentir que no debería haber estado ahí, que no se me esperaba. Los niños son egoístas, y de alguna forma siempre esperan que la fiesta tenga algo diseñado especialmente para ellos, que un payaso dispare agua desde su margarita en la solapa, o que un mago haga desaparecer un vaso de leche en un cilindro de cartón prensado.
No fue así.
No eran más que un montón de adultos hablando cosas de adultos, bebiendo bebidas de adultos y encandilados por tu brillo.
Casi medio siglo después, parece que todo terminó. El terciopelo rojo bajó para siempre, y la puesta en escena de lo que nunca pudimos reparar se precipitó sin aplausos en una penumbra tenue, en un atardecer eterno del que ni siquiera las hormigas pueden escapar.
¿De qué sirvió, entonces, haber descubierto que eras genial? ¿Saber durante toda la vida que habías dado tanto a tantas personas, si nunca logré sentir que merecía lo mismo? ¿De que sirvió crecer, hacerme hombre, replicarme yo también en mis propios hijos, si nunca pude dejar atrás la sensación de abandono de esa noche?
Hoy, desde una Barcelona sufriente, bajo una primavera boba y sin gracia, donde los turistas hacen cada día más ruido, y a veces cuesta escuchar los propios pensamientos, siento que tengo, de alguna manera, que encontrar la forma de poner fin a medio siglo de soledad, de desencuentros, de amor de ese que no sabe ofrecerse, y termina por hacer más daño que bien, de silencios larguísimos y conversaciones incómodas, de crueldades -nos hicimos daño, lo sabés. Los dos nos hicimos mucho daño-, de un agujero en el pecho que no hay manera de reparar, por muy hombre que sea, por mucho amor que reciba. Ese lugar era tuyo, solamente tuyo. Te tocaba a vos liderar la reparación de una infancia juntos que no fue.
Hoy, en una tierra lejana, en un país de polvo y tierra, árido y repleto de injusticias, me duele la conciencia material de que no habrá despedida. La despedida ocurrió sin saberlo, aunque intuyéndolo. Me duele el silencio proveniente del polvo del desierto. Me duele el pecho con el dolor inidentificable que se siente cuando la rabia, el amor, la tristeza, el miedo y la miseria humana se mezclan en un caldo imposible de tragar. Hoy, Mamá, me duele saber que las hormigas devorarán tu carne, y no pude, ni supe, hacer nada para impedirlo.
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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