Estás harta de esperar, mi amor. Harta de contar los impactos de las gotas de lluvia en tu ventana. Harta del ritmo sincopado de espera en el suspiro incontenible de tus pestañas largas, como una capa de piel de marta en los hombros de un explorador en la nieve, soplando su respirar helado en partículas de aliento blanco. Estás harta, mi amor, de contar los días, de esperar como una gata aovillada frente a la chimenea de palabras, que, entre los dos, tejemos despacio, con agujas de verbos enhebradas en hilos consonantes y vocales, haciendo una trama de diptongos y sílabas rebeldes sobre un fondo de oraciones subordinadas y sujetos tácitos. Puedo sentirlo, puedo, desde el otro lado del océano, inhalar la espera, desbridar lentamente los minutos, que se clavan en las yemas de los dedos como si fuesen los dientes afilados de un roedor cavernario, de un saltamontes transmutado en libélula, que los hunde en nuestra carne sin más objetivo que el de paladear el sabor salado de nuestras pieles que, lejos una de otra, esperan, transpirando sudor fresco y nostalgia anticipada.
Estás contenta de esperar, mi amor. Contenta porque, casi sin querer, los días pasan de a poquito, regalones, frotando sus lomos erizados contra las aristas filosas de nuestro deseo. Y es precisamente esa alegría, mi amor, la que se lanza desde mis uñas, como si fuesen un tobogán nacarado, sobre el teclado que click click click dibuja palabras y promete promesas. Que te desafía y te provoca, pero también te celebra y te recibe. Te celebra en tu mirada, con profundidad y alegría. Te celebra en tus labios, que son la silueta misma de la sensualidad, el marco perfecto para los besos que entonces no te di, y que ahora te debo, uno a uno, como monedas caprichosas, tintineantes, orgullosas pequeñas partes de un tesoro mayor, una numismática antigua, una rúbrica indiscutible. Te celebra, mi amor, también en la cruz de tu cintura, a donde se dirigen, desde muy lejos, a morir los deseos sin cumplir, que ahora resucitan de golpe, se sacuden el otoño de debajo de la piel, y te buscan una y otra vez donde ahora sí estás, donde ahora sí, mi amor, los recibís en la boca y en los brazos, en la espalda y en el pecho. Y te reciben, mi amor, en penumbra, con una mirada profunda, una sonrisa y un silencio.
Estás emocionada en la espera, mi amor. Desde acá, donde los amores se escriben en lenguas antiguas, y los enojos en un slang del demonio inventado apenas ayer, puedo ver los jirones de tu emoción, cuando, por ejemplo, leo una historia escrita por otros, para otros, y en esa historia un personaje se desliza con sigilo en el dormitorio de otro, inmediatamente somos vos y yo, y la historia violenta se traduce incomprensiblemente en un lenguaje dulce, en un transcurrir silencioso y apasionado. La voz original del noble escriba se calla para dar espacio a tus risas contenidas, al terciopelo líquido de tu voz del otro lado del mundo, a tus dedos mágicos que buscan y danzan, como los de un pianista enamorado sobre un piano.
Estamos felices, mi amor, de esperar. Porque, como un metrónomo travieso, el corazón va y viene con un vaivén exacto, y entonces la espera se deshace en magia, la distancia se disipa en el encuentro y todo gira. El metrónomo se ríe en una elegía binaria, de tiempos muertos y click click click como mi teclado. Estamos felices, mi amor, porque hay en la espera encuentro, porque tu amor juguetón caracolea una danza en dos por cuatro, y manda embotellar para siempre mi lamento insomne, mi búsqueda eterna, el recorrido absurdo desde el origen hasta vos, hasta tu sonrisa que, sin vergüenza, duda entre recibirme o entregarse y es, de alguna manera, un ángel enemigo, una amenaza de dulzura.
Y es lo bueno de la espera, mi amor, que nos somete y nos educa, nos prepara y nos ofrece un camino, un códex sagrado que tiene las claves para descifrar las emociones que tu corazón encripta, para protegerlas de piratas inciertos.
No hago más que leer los versos cifrados que, con origen en tu boca, transportan hasta mí las estrofas imposibles de un encuentro que, a pesar de improbable, consigue derrotar a la mala suerte, a la distancia, el desaliento y los siete mares.
Sostené un minuto más esa sonrisa, mi amor, ennoblecé la espera, abrazá la nostalgia. Ya voy.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Que bien fundes el deseo y la distancia: una cuerda muy larga en tensión que mantiene a dos enamorados unidos mientras las palabras tratan de distraer para que el tiempo de espera no sea tiempo muerto; para que sea un suspiro suave que siga manteniendo la llama del amor viva. Un placer leerte.
Gracias Caballero! 😊