La mañana de San Telmo explotaba en las ventanas de los bares, en la languidez de las farolas de hierro forjado, en las aristas del empedrado impávido, no por nuevo menos piedra, no por piedra menos dulce, no por dulce menos nostálgico. Las veredas rebotaban los pies de los transeúntes, atacando las suelas con el hambre histórico de las baldosas agrietadas, mientras las palomas, imperturbables, observaban como los mamíferos implumes, plácidos, caminaban sin el menor sigilo, pero ocultando siempre la oscuridad de sus almas.
Él estaba melancólico, predispuesto, absorto en sus soliloquios de amante impar, de patito que, sin querer, se salió de la fila, con su cuack cuack cuack rítmico y tranquilo, con sus manos entregadas al trajín frustrante del saludo contenido, de la mirada esquiva, del sol en los ojos.
Ella, en cambio, estaba feliz. Un paseo matutino, hiriendo el cemento con sus zapatos de taco, le había dibujado en el rostro una sonrisa de frutilla y nácar, cuando un florista incauto había cedido a los requiebros de su pecho, regalándole en un impulso imparable un ramo de pensamientos. Ella lo aceptó con gracia, pensando que los pensamientos estaban sucios, y riéndose de la limpieza de su propio pensamiento.
El barrio, para quienes no lo conozcan, es un tango hecho piedra, un sendero de nostalgias que, una tras otra, se ofrecen para entregarse. Es una melodía pícara y sentida, un dolor agudo en alguna parte del pecho, una plaza de sol ardida y, sin embargo, poderosa, bajo la sombra fresca de un olmo anciano.
Ella, prisionera de su propia dulzura, no pudo sino sonreír al olmo. Lo saludó con su pensamiento -el de la cabeza-, y le ofreció la amistad de los colibríes y el honor de que un gran danés macho, enorme, blanco y negro, nominado Rasputín, levantara la pata sobre sus raíces profundas. El olmo no respondió, pero no porque, como pensarán algunos y afirmarán otros, no fuese más que un árbol, sino porque ese día estaba de mal humor: la brisa matutina había traído consigo un txirimiri sucio del hollín de las paredes, y le había despeinado sus mejores hojas.
Él, en cambio, ni siquiera había visto la cara de culo que le puso el olmo cuando, apenas unos minutos antes, pasó caminando hacia el bar ese de los pósters, en la esquina interna de la plaza. El mismo bar en donde un amor no correspondido había impreso para siempre en las paredes las razones de su despecho.
Ella no lo vio. No porque, como la maledicencia habitual de los testigos podría argumentar, él no le resultara atractivo, sino porque tenía la cándida costumbre de mirar hacia arriba, inventariando el vuelo de los pájaros, musicalizando en su mente las barandas de los balcones, ordenándole silenciosamente a los postigos que se abriesen para respirar el sol a pleno pulmón.
Las mesas de aluminio barato resplandecían bajo el sol de abril, y era una mañana excelente para proponerle a unas cuantas naranjas que se suicidasen en su boca, así que ella, desordenada tras el ramo de pensamientos impensables, estiró la mano para separar la silla de la mesa antes de sentarse.
Y se sentó, concentrada en sus pensamientos. No en las flores, sino en los que le solían llenar la cabeza de amores imposibles y pasiones frescas. Cuando apartó los pensamientos de su cabeza -esta vez, presumiblemente, sí que hablamos de las flores- lo vio.
Él permaneció sentado, y muchos años después, en la casa donde habrían de envejecer juntos, recordó ese momento como un instante de revelación mitológica, el momento en el que la chispa de la evolución engendra la vida, el instante impúdico en el que el tejido esponjoso se inunda de sangre fresca, un origen imposible para el milagro de los ateos: los ojos de ella chocaron de frente con su mirada, sacudiendo los pensamientos -esta vez sí, los de adentro de la cabeza-, y se sonrojó como si él pudiese leerle los pensamientos -sí, los de adentro de la cabeza-.
– Perdón -alcanzó a decir, muerta de vergüenza, con las mejillas arrebatadas por un inoportuno sonrojo-, no te vi.
– No pasa nada -dijo él, liberado de pronto de su mal humor, como si la simple existencia de esas dos mejillas sonrojadas conjurase todoss los males de este mundo -. Quedate, si querés. Me encantaría invitarte a desayunar.
Ella dudó, porque las señoritas decentes deben dudar, siempre, antes de aceptar la invitación de un desconocido, por galante que sea. Se lo dijo, y entonces se presentaron, y en ese mismo instante los dos entendieron que dejaban de ser desconocidos.
Aceptó la invitación sin saber por qué, quizá debido a lo bonito de sus pensamientos -sí, sí, las flores-, que le agregaban un extra de buen humor a su ya fantástica mañana.
Se hicieron preguntas. Se contaron las vidas. Se fueron juntos de la plaza, no sin saludar al olmo anciano, y compartiendo pensamientos -no, no, los de la cabeza-, caminaron juntos hasta trazar un nuevo mapa completo, del barrio y de sus amores. Luego fueron a casa de ella, donde ya sin los pensamientos -las flores-, trazaron el mapa de sus cuerpos con una cartografía nueva y fresca, que muchos años después, cuando ya ancianos, de la mano, contemplaban los atardeceres del barrio gentrificado, aún rememoraban ambos con hermosos pensamientos -los de la cabeza-.
Cuentan quienes, agotada la maledicencia inicial, se rindieron a la historia de amor, sin dejar de afirmar que lo habían sabido desde el principio, porque ellos no eran de los suspicaces sino de los militantes, que nunca más se separaron, y que, durante el resto de su vida, todos los domingos recorrieron San Telmo, para visitar al olmo, y para agradecerle en secreto al barrio el simple hecho de haberse conocido.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Excelente, Pilo, un placer leer slgo tan bien escrito.
Felicitaciones !!!