– Esta noche tenemos sesión, no te olvides, Oski -dijo Marina Primitiva. Su sonrisa fue, como casi siempre, un poco torcida. No era torcida de maldad ni torcida de intención, era torcida de pícara.
– No me olvido Marina. No me olvido nunca.
– Una nunca sabe. Ustedes los intelectuales andan por ahí con la cabeza metida en el culo.
– ¿Intelectuales? Intelectuales éstos. Yo soy un artista.
Fausto Guerrero miró a su mujer, arqueando las cejas, en un gesto de reprobación muda, pero sin disimulo. Juan Carlos, en cambio, soltó una carcajada beoda, seguida de un pequeño eructo.
– Si hay que juntar cadáveres, juntamos cadáveres -dijo.
– Yo me llevo a Moniquita -dijo Dorotea, la mujer de Juan Carlos, que era casi veinte años más joven que los demás-. Ustedes la asustan con esas brujerías de borrachos y después no duerme, pobrecita.
Tenía un castellano salpicado de acento inglés, y unos modales gringos y cortantes, que no conseguiría eliminar de su dicción hasta su plácida muerte, pocos meses antes de cumplir los cien años, en una casa silenciosa de jardín melancólico y colonizada por trece gatos de colores diversos.
– Llevátela -dijo Marina Primitiva-. Y si podés traela cenadita.
– Bueno, paremos de chupar que si no, esta noche ni los espíritus van a entender las boludeces que decimos -Juan Carlos estalló en una carcajada procaz.
Fausto Guerrero apuró el vaso de tinto de damajuana, mientras Oski calculaba el remanente de botella para no quedarse sin un par de tragos más, que el que mandaba, como siempre, era Onetti, que no por gran escritor era menos mandón.
* * *
La llama de las velas oscilaba lacónicamente, provocando sombras sinuosas, fantasmagóricas. Como todos los intelectuales de izquierda, amaban las mesas redondas, el aguardiente de caña y el humo del tabaco. Sería difícil de precisar si alguno de ellos creía realmente en los espíritus, pero lo que era seguro es que todos creían en demostrar ser el más creyente. Creían en las fantasías que inventaban para los demás, creían en los símbolos de lucha, en la lealtad y en otras boludeces, como ellos mismos decían, entre risas.
Aquella noche, además de Fausto Guerrero y Marina Primitiva, anfitriones ambos en su casita humilde del barrio de Carrasco, completaban la circunferencia de la mesa Juan Carlos Onetti, Óscar Conti, apodado Oski, Lautaro Matamoros, poeta fallido y anónimo, Ofelia Rufián, amiga de la familia y admiradora secreta del escritor insigne, y un borrachito feliz al que conocían como Pedro, pero que en realidad se llamaba Alberto.
Marina Primitiva, como todos los martes espirituales, colocó el círculo de letras, escritas con dudoso pulso, en el centro de la mesa, y puso, boca abajo, una copa mal lavada, en la que salpicaduras color borravino no permitían poner en duda su uso habitual.
– Me toca a mí -aclaró Fausto Guerrero, mirando de reojo a Onetti, para obtener su venia-. Que la última vez Lope de Vega no apareció.
– ¿A quién vas a llamar hoy? -preguntó Juan Carlos.
– ¿A quién va a ser? Al Jefe. Al mejor de todos. Al ilustrísimo César Vallejo.
– Me parece bien -sentenció Onetti-. A todos nos viene bien un poco de poesía, que cada día escribimos peor.
Sin más negociación, se pusieron manos a la obra. Todos pusieron sus dedos sobre la base de la copa, y Marina Primitiva, con sus ademanes soviéticos y su sonrisa torcida, hizo los honores. En el patio, se oían las voces de Dorotea y Moniquita, que jugaban a la tienda de París, y reían como dos niñas benditas.
A los pocos minutos, César Vallejo habitó la copa. La excitación de todos parecía máxima, pero en realidad era igual que cuando habían hablado con Cervantes, o al mes anterior, cuando habían invocado al mismísimo Miquelángelo. Fausto Guerrero, con la voz quebrada por la emoción, pidió al poeta muerto que les recitase algo. El poeta se animó, y atacó con unos versos de inusitada belleza. Oski, versado en la obra del poeta, pero no experto, acudió a Fausto Guerrero, toda una autoridad en la materia:
– Che, este es inédito, ¿no?
– Casi seguro que si -respondió-. Al menos yo no lo conozco. Y si hablamos de Vallejo y yo no lo conozco, es que no existe- sentenció-. Ya podés empezar a tomar nota, que con esto salimos de pobres.
Juan Carlos Onetti volvió a rasgar el aire con una risotada patricia, seguida de medio vaso de vino de un solo trago, que apenas se detuvo en el gaznate antes de precipitarse a la panza noble, mientras intentaba enfocar la vista en el círculo del alfabeto, sabiendo que a esa hora ya no conseguiría una visión clara, a menos que se encontrara en el círculo del infierno. Tres poemas más tarde, Oski, con la voz pastosa, protestó en voz alta.
– Nunca me dejan elegir a mí. Tengo los huevos llenos de escritores y poetas.
– El mes pasado trajiste a Miguel Ángel, y era flor de pelotudo -replicó Onetti.
– Me toca a mí -insistió Oski. Fue Marina Primitiva la que, como siempre, zanjó la disputa.
– ¿Y a quién querés invocar?
– A Leonardo Da Vinci.
– Ya sabés que Da Vinci no contesta -protestó Fausto Guerrero.
– A mí me va a contestar.
Marina Primitiva, con su sonrisa torcida de pícara -no de maldad-, inició la llamada al más allá. Contra todo pronóstico, Leonardo atendió el teléfono -o la copa, mejor dicho-, protestando porque lo acababan de despertar de la siesta. Oski, que llevaba un par de años intentando iniciar carrera como pintor, además de dibujante, habló, con la voz cargada de emoción, y con una reverencia profunda, llamada al respeto de ultratumba:
– Maestro, bienvenido a nuestro círculo. Hace tiempo que quiero preguntarle, con toda humildad y con el mayor de los respetos, si le parece a usted que, en mi obra, son mejores las pinturas o los dibujos.
Después de un rato de silencio, la copa se movió con carácter podrido, a trompicones y con mala leche.
– ¿Y qué se yo, pelotudo? ¿No ves que no veo los cuadros?
La risotada general provocó que se cortara la comunicación con el más allá, que como todo el mundo sabe, solamente se sostiene a base de la paz de espíritu de los vivos. Por más que lo intentaron varias veces, Leonardo no se dignó a comparecer nuevamente. Oski, frustrado y humillado, se reservó el derecho de ser el primero en elegir en el siguiente encuentro. Los demás, beodos y felices, estuvieron de acuerdo.
* * *
El encuentro siguiente fue distinto. No solo por la cantidad de aguardiente de caña, ni por el peinado especial de Marina Primitiva, que estaba esa noche más coqueta que de costumbre, sino por la procesión de muchachitos que, desde media tarde, trajinaban por la modesta casa de la pareja transportando paquetes de diversos tamaños, que sin pedir permiso a nadie ni preguntar si molestaban, depositaron con un cuidado reverencial en el comedor de la calle Bolivia, alrededor de la mesa redonda.
Cuando llegó Oski, con aires de Gran Maestro, se ocupó de desembalarlos, y puso en un orden demente sus diecisiete cuadros, ordenados de menor a mayor, con un criterio estético más que deficiente, produciendo un conjunto que, como exposición, no guardaba ninguna entropía, y además, era geométricamente impar.
Juan Carlos, al entrar, depositó en la mesa dos botellas de aguardiente de caña, y miró a su alrededor como una tortuga sorprendida, intentando comprender, comprendiendo de repente, y conteniendo la risa para no herir los sentimientos del dibujante. Una vez completa la concurrencia, Marina Primitiva ofició una vez más de sacerdotisa y médium, y en el centro inverosímil de una circunferencia -que, como el lector sabrá, no tiene un solo centro, sino infinitos-, inició la llamada habitual a los muertos. Leonardo, que por alguna razón hacía la siesta de los difuntos a una hora ridícula, decidió responder por segunda vez, preguntando que qué mierda querían, que si no se daban cuenta de que en Europa eran casi las cinco de la mañana, lo que, por supuesto, desmentía científicamente la hipótesis de la siesta, o en su defecto demostraba que Leonardo, además de genio, era un viejo cascarrabias que dormía a la hora que se le cantaba el culo.
– Maestro- dijo Oski, con la voz rota por la emoción, la expectativa y el aguardiente de caña-, traje los cuadros, para que los pueda ver.
La copa se quedó inmóvil. Oski miró a Juan Carlos. Juan Carlos miró a Fausto Guerrero. Fausto Guerrero le sonrió a Marina Primitiva. Marina Primitiva le hizo una señal con la barbilla a Pedro, que en realidad se llamaba Alberto. Pedro -Alberto- cerró ambos ojos, para evitar el contacto visual con Lautaro Matamoros, y Ofelia Rufián pensaba en otra cosa.
Pasaron seis minutos sin que nadie se atreviera a proferir una simple sílaba. A Oski le temblaba el pulso. Finalmente, la copa comenzó a moverse, con una parsimonia impiadosa y sin ninguna elegancia, las letras señaladas formaron una sentencia brutal: “Tus cuadros me parecen una verdadera cagada”.
Oski, más que decirla, escupió la respuesta sílaba a sílaba, como contenido por una mordaza invisible:
– Leonardo, andate a la reputa madre que te parió.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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… no se puede preguntar nada a los espíritus… están cabreados… les corroe la envidia…
Son insufribles…