Basado en un hecho real que conmovió al Bajo Flores
El vuelo de los pájaros era circular, como siempre en verano. El asfalto exhalaba un tufo plagado de vapores tórridos, mientras el sol inclemente de febrero amenazaba con resquebrajar el suelo con las puntas afiladas de sus uñas doradas. Los charcos esparcidos por la vía pública, evidenciaban a todas luces que el carnaval se había instalado en la ciudad, sembrando sus calles de espejismos trémulos, de rescoldos de espumas fragantes que se deshacían como helados abandonados a su suerte, de multicolores cadáveres de caucho, rastro de los impactos de las bombitas de agua. Tribus urbanas de chicos con el torso desnudo patrullaban el barrio, sufriendo en la piel la resolana impiadosa de las cinco de la tarde, aguantando el sopor de la siesta en las espaldas, con el noble propósito de encontrar, sorprender, acorralar y empapar a las chicas lindas, que, imprudentes, se atreviesen a salir a hacer la compra, deambular con las amigas o visitar al novio, bajo la atenta mirada de Momo, que, como todos saben, siempre ríe y festeja las gracias de sus fieles soldados paganos.
El Apache, a sus dieciséis años, y dada la envergadura imponente de sus brazos, torneados y, a decir verdad, musculosos para su edad, lideraba la cacería. Once ejemplares, tan singulares como él, lo escoltaban, cargando baldes de agua llenos de bombitas que flotaban en su interior, exhibiendo, atrevidas, una tímida burbuja de aire junto a su nudo descuidado. Un auténtico arsenal de munición líquida, capaz de empapar a muchas chicas lindas. Algunos llevaban, también, en las manos, aerosoles de espuma de limón, que pica en los ojos, pero poco. Es lo mínimo que se merece una chica por ser linda y estar en la calle en verano: que le piquen un poquito los ojos. Quizá si hay suerte una brisa inoportuna levante algún vestido, o una camiseta blanca se transparente al mojarse.
Acababan de salir, y merodeaban como una jauría voraz. La sangre se les alteraba porque se acercaban al club, y a esa hora llegaban y salían chicas lindas. Todos saben que las chicas lindas van a la pileta o al gimnasio, y que tarde o temprano pasan por ahí. Y esa esquina está bajo el riguroso peaje de Momo. No se puede pasar si una es una chica linda y es verano. En carnaval vale mojar a las chicas lindas. Vale tirarles espuma de limón en los ojos. Vale arruinarles el peinado. Incluso vale tirar las bombitas de agua con fuerza, porque, aunque les duela un poco el impacto, el agua fresca tendría que ser un alivio instantáneo para el dolor, y así aprenden quién es el más fuerte, quién tiene el brazo más largo, quién lanza con más potencia.
A la vuelta nomás, la China Pérez y su amiga Juliana salían, recién duchadas, después de un magnífico chapuzón en la pileta. Tenían quince años, y, para su desgracia, eran chicas lindas. Lindísimas. La China había cepillado, orgullosa, su espléndida melena negra, que cayendo en ondas voluptuosas y seductoras recorría su espada, casi hasta besar la cintura. Un vestido amarillo, planchado con ayuda de su amiga, le ajustaba la silueta, tanto que los pájaros alteraban su vuelo, solamente para verla mejor. Juliana no se quedaba atrás, con una media melena castaña que enmarcaba unas pestañas voladoras, agitando el aire alrededor de sus ojos verdes. Iban riendo, hablando cosas de chicas lindas. A su paso, los charcos se evaporaban del asfalto, solamente porque las partículas de agua en suspenso querían acariciarles los brazos.
Y entonces los vieron. El Apache, alto, imponente y con una bombita de agua en cada mano, les cerraba el paso a casi cien metros.
Se miraron. Sin decir una palabra, giraron ciento ochenta grados, para curiosidad de los pájaros y tristeza de los charcos. Enfilaron una calle lateral, intentando evitar el grupo de chicos que, como cada carnaval, buscaba desahogar pasiones aún sin traducir en el simple y brutal ejercicio de su derecho dinástico a mojar a las chicas lindas.
Apuraron el paso.
Pero no hubo suerte. En la otra esquina, la banda del Negro Atila esperaba, con los mismos pertrechos que los del Apache, listos para asustar, para mojar sin permiso, para lanzar bombitas sin piedad.
Volvieron a girar sobre sus pies. Los dos grupos de muchachos caminaban hacia ellas, cerrándoles el paso por ambos extremos de la cuadra.
La China, abrumada por el exceso de cortesía masculina, resopló. Miró a su amiga, intentó leer el vuelo de los pájaros que, curiosos, describían círculos sobre las cabezas de los atacantes.
Los dos grupos de valientes se acercaban a las presas, cerrando un círculo de pánico instantáneo, un tam tam incipiente de tambores castigados, el corazón golpeando fuerte.
Juliana amagó con empezar a correr, pero la China sabía que correr era peor. Los chicos eran más rápidos, y el simple hecho de correr implicaba reconocer que estaban jugando al mismo juego, que por alguna razón incomprensible les gustaba ser acorraladas, agredidas y empapadas, que disfrutaban el impacto de los globos de agua en el pecho y las caderas, que, naturalmente, era lo más divertido del verano. Así que la China, veloz en la reacción, contuvo a Juliana con la mano derecha. Exhaló un suspiro resignado, y tomando el liderazgo de la situación, ordenó a su amiga:
– Son muchos. Nos van a agarrar. Poné cara de fea.
Juliana la miró sin comprender del todo, mientras la China, inflando las mejillas, contraía el gesto en una mueca inverosímil, que a pesar de ser extravagante no conseguía disimular su belleza. Sin dudarlo un segundo, su amiga la imitó.
Se tomaron del brazo, y con toda la dignidad de su condición de chicas lindas en carnaval, caminaron sin vacilar, sosteniendo la cara de fea con valentía y orgullo, hacia el grupo del Apache, que era el menos numeroso.
Los chicos, desconcertados ante el gesto, solamente atinaron a dejarlas pasar, mirándolas con asombro. Riendo algunos y otros, confusos, mirando al Apache en espera de instrucciones.
La China y Juliana cruzaron la avenida, y sintiéndose a salvo, estallaron en una carcajada feliz, que desafortunadamente les quitó la cara de fea. En ese instante se rompió el hechizo protector. Inmediatamente, el Apache gritó algo incomprensible, y los chicos emprendieron la persecución.
Pero la China y Juliana, por esa vez, habían eludido el castigo de Momo a las chicas lindas, y consiguieron escapar al vituperio del carnaval, simplemente por haber tenido el valor de poner cara de fea.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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