A veces la vida, porque sí nomás, se planta delante tuyo como un heraldo portador de una revelación onírica, un golpe de fortuna, un tropezón infortunado a remolque de un camión de hielo, o simplemente una verdad dolorosa que, empuñada por un esgrimista loco, se te clava en el costado como los aguijones impiadosos de mil avispas furiosas.
Y así fue esa mañana en el bar.
No necesité más que un segundo de tu imagen, recortada en la puerta contra el sol de febrero, para saber en toda mi piel, en los cien kilómetros del tubo rojo rojo de mi sangre paseandera, en las diez yemas de mis dedos y en el hambre ancestral de mi entrepierna, que tenía tres opciones, tres caminos imposibles, tres liturgias posibles para llegar a vos.
La primera de mis opciones, mi amor, era invocar al niño que me habita. Navegar tu mirada de hembra dulce, de mujer cálida, desde la inocencia espumosa de mis ojos infantiles. En ese escenario, sin duda, el sexo quedaba fuera de la hipótesis, pero en cambio podía trenzarte larga y lentamente el pelo, para después tirarte de las trenzas, reír frente a tu mirada reprobadora y agredirte con palabras mordidas, como hacen los niños cuando se enamoran estrepitosamente, y la niña de la que se enamoran es hermosa y altiva, y tiene la nariz respingona y la boca que parece un chupetín de frutilla, y los dientes que son como perlas de anís, y es tan linda que te hace temblar de rabia. El niño que me habita no sabe de mujeres, no conoce la seducción ni el arte de trabajar lo femenino. Simplemente es un niño que te desea más que a cualquier juguete, y te desea tanto que no puede controlarlo, y es muy desconcertante porque te desea brutalmente, pero no sabe para qué. Es tal el desconcierto y la furia que simplemente te insulta y te tira del pelo, porque es aún demasiado niño para saber que eso que le duele tanto en el pecho, que no le da tregua y que le impide respirar, no es más ni menos que morirse de amor.
La segunda opción, en cambio, me resultó más seductora. Se trataba, como no, de apelar a la bestia que los hombres albergamos en el vientre, de imponerte mi presencia física, de ofrecerte la cercanía salvaje de mi piel indómita. Entonces una de mis manos invadiría la cruz de tu cintura, sin permiso, saltándose los protocolos y los modales, faltándote cuidadosamente el respeto, lo justito para que, por educación, no pudieses quejarte. La otra mano, mi amor, hablaría directamente con tu nuca, jugando tibiamente con tu pelo, dejándote saber la fuerza de mis dedos, la presencia casi ósea de mis uñas, el dolor de mis falanges ante el deseo de cercar tu cuello, de traerte a mí, de morderte los labios, despacio y con ternura, pero sin aceptar la negativa, sin regateos, sin preguntas, solamente invadir tu boca con mi lengua y mis dientes, dejándote saber una promesa de desnudez primigenia, de encuentro animal, de saliva y semen, de brisa fresca en la espalda expuesta.
La tercera, claramente, era darle una oportunidad a mi sensibilidad letrada, besarte la mano con la galantería proverbial de un caballero errante, para, mirándote a los ojos y esgrimiendo la sonrisa más encantadora, ofrecerte mi corazón, entre palabras tiernas y dulces, invocando metáforas sublimes y parábolas voraces, irrumpiendo en tu mente antes que en tu cuerpo, para seducirte con imágenes de primaveras llenas de flores blancas, de estanques con peces naranjas y violetas, con ideas nobles e intenciones puras. Era esta tercera alternativa, mi amor, un camino largo y mucho más civilizado que los otros, que exigía de mí madurez para derrotar a la impaciencia, domesticar el impulso silvestre de desnudarte con gracia, la pulsión vital de recorrerte con mi boca, desde la tuya hasta el final, de probarte, de saborearte mientras te derramabas en mí. Por eso mismo, mi amor, esta tercera opción tampoco era viable.
Y entonces me quedé, como un cristo ateo crucificado contra un cielo sin nubes, mirándote, sin estar del todo seguro de si estaba dejando caer mi baba, si estaba hipnotizado por una hechicera del mundo de los vivos, o si simplemente estaba fantaseando otra vez con imposibles que nunca sucederían.
Y entonces, mi amor, me miraste por primera vez, y me regalaste una sonrisa que lo tenía todo, el chupetín de frutilla y la perversión oral de los labios rojos, la piel blanca y las trenzas flameando al viento, un chispazo del sol y el aleteo de una mariposa mágica, perdido en el vuelo errante de cien palomas blancas. Y supe, solamente entonces, que había una cuarta opción.
Y te amé.
No hacía falta nada más.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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