Abro los ojos, y algo así como un pánico instantáneo me asalta. El mundo parece haber perdido fuerza, relieve, forma y sabor. De repente, los jazmines del patio tienen un aroma suave y ligeramente dulce, en lugar de la furia salvaje de mil flores amantes y abiertas al mundo. El césped apenas es perceptible, ahí abajo, en alguna parte, sin más identidad que la de una alfombra verde que ayer estaba viva, y hoy no suena, no sufre, no ama, no respira.
Y la lengua. La lengua ya no se siente como una manera de entender el mundo, el ímprobo apéndice mediante el cual puedo leer las formas, los sabores y el contorno poroso de un hueso bovino o de una pelota de goma. No es más que un pedazo de carne condenada a la prisión oscura y húmeda de una boca, en la que treinta y dos guardias cultivan saliva y sarro, esperando algo para triturar, soso y paupérrimo.
Cuando me levanto, descubro que el sol en la piel dejó de ser un placer calentito y amarillo, para transformarse en una agresión injustificada. Me duele, me pica, y entonces, solamente entonces, descubro que mi hermoso pelaje ovejero alemán, ha dejado su lugar a una piel rosada y fofa, como la de una lombriz, con apenas vello en los brazos y en las piernas.
Y mis patas, mis poderosas patas, ya no están. En su lugar encuentro dos manos humanas, inútiles para enterrar tesoros, débiles y suaves, de uñas romas; y dos pies grotescos y deformes, como dos racimos de salchichas desabridas. ¿Cómo voy a volver a correr? ¿Cómo voy a hacer, ahora, para perseguir al viento, para cazar a las olas del mar, para acompañar a las mariposas en sus aventuras al sol?
Miro por la ventana del comedor, y entonces una oleada de amor incondicional me nutre de adentro hacia afuera, una tremenda e irrefrenable necesidad de honrar la lealtad más absoluta. Por la ventana, veo al hombre. El que me dio de comer todos estos años, el que me llena el cuenco de agua. El mismo que me acompaña todas las mañanas y todas las tardes a dar dos vueltas a la manzana, sin las cuales la vida no tendría sentido.
Súbitamente, como sorprendido por su falta, busco mi collar, ese que me molestaba tanto al principio, y del que ahora la falta se siente como si me hubieran arrancado una uña. En su lugar, de una cadenita plateada cuelga una cruz pequeña, a la que no le veo más sentido que el de colgar. No es parte de mí, como lo era el collar.
Vuelvo a hacer contacto visual con el hombre, y la alegría que me invade se muere de golpe, cuando descubro que no tengo cola que agitar, que la única expresión de alegría y reconocimiento que soy capaz de ejecutar es un tristísimo levantar de la mano, extendiendo los cinco dedos, que no me produce el menor placer.
Decido entrar a la casa.
—¿Qué hacés desnudo, Rodolfo? ¿Qué hacías durmiendo en la cucha del perro? Subí a vestirte, haceme el favor.
—¿Rodolfo? Pensaba que me llamaba “Coqui”—. Se siente extraño hablar. Escucho mi propia voz retumbar como en otro universo, en una esfera de aire muerto, como si tuviese la cabeza sumergida en una pecera.
—¿Qué decís, pelotudo? Coqui es el perro. ¿Estuviste fumando porro toda la noche otra vez?
—¿Y vos cómo te llamás?
—¿No sabés el nombre de tu padre, tarado? ¡Alfonso me llamo! Subí a vestirte antes de que te cague a patadas, andá.
—Los perros no usamos ropa. ¿Dónde está mi collar?
Veo como su cara se transforma, y otra vez me asalta la zozobra cuando intento meter la cola entre las piernas y bajar las orejas, en señal de sumisión, y me doy cuenta de que es imposible. Y hablando de orejas, Alfonso me agarra fuerte de una, y empieza a subir las escaleras sin soltarme. Muerto de miedo, lo sigo, mientras siento como una tristeza enorme se apodera de mí, un dolor incomprensible y manifiesto, un sentimiento de culpa inabarcable mezclado con una profunda injusticia.
Me empuja a través de una puerta abierta, dentro de la habitación de su cachorro, y me grita instrucciones repitiendo que me vista, y dando un portazo, me deja solo.
Me acerco a la ventana, y junto a la cucha, me veo, veo al ser vivo que tiene la apariencia de la imagen mental que tengo de mí mismo. Y me dan ganas de jugar con él. Levanta la cabeza, para las orejas, y me mira con desolación, como queriendo explicarlo todo con esa mirada, como pidiendo disculpas por algo.
Y entonces comprendo.
Bajo rápidamente las escaleras, y sin hacer caso del grito del humano, corro hacia el comedor y orino el costado más lejano del sofá, la alfombra donde está la mesita de café y las dos macetas con helechos. Luego corro por la puerta hacia el jardín, me arrojo sobre el perro y ambos, con la lengua afuera, nos revolcamos por el césped, entre babas cálidas y jadeos y gruñidos, admirando cómo el sol rebota en los pétalos de los jazmines.
Veo al hombre que se acerca furioso, y sé que va a castigarnos, pero ya no me importa, porque una vez más he experimentado, en toda la piel, que no hay nada más profundo, ni más puro, que el amor que somos capaces de sentir los perros.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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