El poder tiene algo espeluznante. La cincuentena larga, bien llevada, puede combinar el aplomo de la experiencia con la energía de nueve horas semanales de gimnasio. Hay momentos en los que, a solas con mi corazón, me miro al espejo y ni siquiera recuerdo que ese hombre de ojos glaucos y profundas patas de gallo dirige una multinacional con ciento siete mil trabajadores, tiene una esposa quince años menor, y dos amantes aún más jóvenes. Me cuesta sentir que ese hombre soy yo. Me interpelo con el gesto de la boca, con un rictus inconfundible de sabor acre, y siento vértigo al comprobar que la imagen mental de mí mismo no se parece en nada a la de este león herbívoro, desdentado y sin apetitos vitales, que me devuelve la mirada desde la superficie reflectante —y que, por alguna razón, identifico como plateada— del espejo.
Todas las mañanas bajo del helicóptero antes de las ocho. El piloto me saluda, respetuoso, y puedo sentir el rugido sordo del aparato al despegar a mis espaldas. Estoy tan acostumbrado que ni siquiera me vuelvo a verlo elevarse, estable y majestuoso; aunque una cosquilla en el estómago me pide a gritos que lo derribe a pedradas, que desparrame el maletín que llevo siempre conmigo, y que insulte a los guardias que, rígidos, me hacen una suerte de imperceptible reverencia con la cabeza, imitando con una mueca deforme lo que creen que interpreto como una sonrisa, pero que en realidad sé que es puro y simple odio.
Entonces me reúno con mis colaboradores cercanos. Puedo leer el servilismo en sus rostros, el filtro intelectual mediante el cual, todo lo que digo es una genialidad. Puedo ver cómo intentan que parezca que las ideas que aportan se me ocurrieron a mí. A veces, no necesito más que pensar una orden para que la ejecuten, y eso me produce vértigo. Me pregunto qué harán si los mando despedir a cincuenta mil trabajadores, a asesinar, a traficar armas o personas.
Tengo era clase de poder.
La que podría permitirme un amplísimo catálogo de deshonestidades con total impunidad.
Y para qué negarlo, hago algunas de ellas.
De lunes a viernes siento una barra de metal atravesada en el estómago, una vigilancia impávida que, con la misma eficacia que cumple hasta mis menores deseos, sé que no toleraría una mínima vacilación, un gesto humano, una sonrisa genuina, una disculpa sincera.
Estoy obligado a estar muerto.
A no sentir.
A no reír.
A no llorar.
A no vacilar.
Es el altísimo precio que pago por ser uno de los cien hombres más poderosos del mundo.
Por eso, cuando llega el fin de semana, defiendo a capa y espada mi silencio digital, y me escapo al rancho con mis siete nietos, y sus padres y madres, claro está. Entonces, a la hora de la siesta, cuando mis hijos y sus parejas se van a dormir, convoco a todos mis nietos, en una ronda ritual alrededor del ceibo enorme que hay en el jardín. El menor tiene cuatro años. La mayor dieciséis.
Empezamos, siempre, prometiendo que todo lo que ocurrirá a continuación es un secreto entre abuelo y nietos. Entonces, les cuento un chiste malo por cada día de la semana laboral. Nos reímos a carcajadas. Después, me quito sin ceremonias los zapatos carísimos. Ellos me imitan y, descalzos, corremos por el césped hasta el lindero del bosque. Nos organizamos en fila india, y capitaneados por la nieta mayor, que se llama Elena, y buscamos barro para hundir los pies descalzos al ritmo sincopado de tam tams imaginarios. Intentamos llegar hasta la laguna caminando por el barro, sintiendo como se escurre entre los dedos, viéndolo rebalsar el metatarso, inundar el empeine con su tacto frío y viscoso, bajo el piar insistente de los pájaros y las hojas de los árboles que nos acarician las mejillas. Cuando llegamos a la laguna, hacemos el torneo de quién escupe más lejos. Siempre hay diferencias de opinión, y nos peleamos a gritos hasta establecer un ganador. El que gana, elige el siguiente juego, que puede ser pasear a caballo, o ir a revolcarnos por el suelo con los perros, o hacer sapitos tirando piedras planas sobre la superficie del lago, o ver quién escupe más alto, quién se saca el moco más grande, quién se tira el pedo más largo o quién eructa más fuerte.
Para cuando los padres se levantan, yo ya estoy lavado y cambiado, pero los nietos tienen todos la cara sucia, las rodillas arañadas y la felicidad marcada en el rostro con dedos de barro. Sus padres me reprenden, argumentando que para qué me quedo a cuidarlos, si al final no los vigilo y acaban hechos una mugre.
No se imaginan que diez minutos antes estaba yo igual que ellos.
Y me aterra que lo hagan, porque siento que esa es la frontera final entre mi yo verdadero y la cara que ofrezco al mundo. Temo que, si se descubriese que juego esos juegos, el miedo animal que me mantiene en la cima se desmorone como el relleno de una piñata que explota, y entonces el pecho se me llena de pánico abstracto, y siento unas enormes ganas de llorar.
Pero hay veces que me divierto tanto, tanto, que se me pasa por la cabeza la idea absurda de renunciar a todo, y adoptar cien niños de todos los colores, y dedicarme a rodar por la ladera de la loma, embarrado y sucio del verde apagado del césped.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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