Él pensó que la belleza, en realidad, suele significar poco más que un estándar ISO9000, un canon absurdo acordado tácitamente por una mayoría social que, sometida poco a poco a la mediocridad general, encuentra más fácil tener una línea base de admiración común que decidir qué le gusta y qué no. Y, de todas maneras, pensó, ella es bellísima. Según cualquier estándar con que la mire, es hermosa. Las ondas caprichosas de su pelo, sobre la mejilla, rebelde, coronando un entrevero de mechones claros y oscuros, y las pequeñas líneas que custodian un ancestro salvaje oculto en su mirada. La línea lánguida del cuello, que se deshace en dos hombros perfectos, con la proporción justa de hueso, carne y el huequito entre la clavícula y el músculo. La línea suave de su cintura, una función senoidal de proporción áurea, el algodón de azúcar en sus labios, las pestañas derrochando delineado negro betún, las manos repletas de mensajes, las uñas pintadas con orejitas de conejo, las piernas infinitas, que tan pronto se cruzan una sobre otra como se descubren agitadas, en un movimiento nervioso, un sin parar que demanda una mano en la rodilla, un silencio de negra, una promesa secreta. Y a pesar de todo, la invitó a salir.
Ella pensó que lo correcto sería decir que no. Apenas lo conocía, pero había algo escandalosamente atractivo en las mejillas mal afeitadas, en las uñas planas y grandes que coronaban sus nueve dedos activos, en el muñoncito del meñique izquierdo, que, cercenado, hablaba en silencio de una historia de dolor. Los ojos, glaucos, casi grises de tan celestes, disponían de una abismalidad absurda, profunda, poseedora de una verdad última y poderosa. Definitivamente, lo correcto sería decir que no, pero le salió decir que sí.
Él pensó que pocas veces un sí lo había conmovido tanto. Un remolino centrifugado desde el estómago lo sembró en su centro, y le ofreció el brazo para caminar pegados, bajo un cielo que amenazaba con romperse en un aguacero de desastre. La conversación discurría más rápida que los pasos, más densa, menos fugaz. Y pensó entonces, con recurrencia, en las convenciones. Debía preguntarle por sus hijos, por su trabajo, por su familia, por sus aficiones, pero deseaba preguntarle por su ternura, por su sexo, por el abrazo de sus piernas, por su vientre voraz, por lo indómito de su sangre. La ciudad se desarmaba en quietud, dejándose acariciar por un viento con olor de agua, mientras los turistas rezagados corrían a refugiarse en sus hoteles, y los enamorados ocultaban bajo los portales sus pasiones a los curiosos. Deseó en secreto acomodarle el pelo sobre la oreja, y no pudo evitar detener la mirada en sus labios, en sus dientes, en sus hombros. Abrió la boca para invitarla a cenar, pero le salió preguntarle si podía besarla.
Ella pensó que lo correcto sería decir que no. Aún en el mundo de hoy, más moderno, menos censor, la mirada masculina solía equivocar las razones femeninas, y sintió que era demasiado pronto para ofrecer la soberanía de su boca. Mientras ordenaba sus argumentos, detuvo la mirada en los labios de él, cómodos, gruesos, rodeados de barba de tres días, carceleros involuntarios de una lengua sensual, custodios de treinta y dos piezas dentales blancas. Recorrió con la mirada el cuello fuerte, el pecho amplio, los hombros altivos, la nariz, que definitivamente daba sentido a todo su rostro. Se preparó para decir que no, pero en cuanto separó los labios le salió decir que sí.
Él, subyugado por la otra boca, por la otra lengua que, como un molusco juguetón le atacaba la suya, por el beso activo, protagónico, de ella, por sus manos que, sin esperar un momento se le colgaron del cuello, por la sensación terrenal de la presión de sus pechos, por el tacto de sus caderas, por el baile perverso de su vientre inquieto, pensó entonces en la ropa, en las fibras de tela, en los botones, los cierres, los broches, los cinturones, los pliegues, los encajes, los tirantes, y la atrajo hacia sí, la besó más fuerte, atrapó los labios de ella entre sus dientes, y acercando luego la boca a su oído derecho, con intención de decirle algo lindo, no encontró nada lindo que decir, y le propuso pasar la noche juntos.
Ella pensó que lo correcto sería decir que no, pero por alguna razón se concentró en los graves de la voz masculina, en el vello de la nuca, que se erizó de golpe, en la descarga eléctrica que nació en su cuello, bajó por su espalda, se precipitó por sus nalgas, para finalmente suicidarse en las uñas de sus pies. Percibió la humedad repentina que la invadió, el temblor de las manos, la sed de los labios. Lo miró a los ojos, con intención de decir que no, pero le salió decir que si.
Los destellos de luz rompieron el techo, quebrando la oscuridad y anunciando el alba. Ella mantenía los ojos abiertos, recorriendo con la mirada el magnífico animal dormido a su lado, su respiración pacífica, el cuerpo en reposo, los músculos relajados, la desnudez irrenunciable. Pensó que la noche había sido hermosa, el sexo intenso, la pasión auténtica, y no pudo evitar sentirse un poco vacía, un poco menos ella, alguien que hoy, en este momento, al romper la mañana, no debería haber estado allí.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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¡Ay! Los moluscos juguetones…