Interrumpió la felación sin dar explicaciones, con una cara de asco que me hizo pensar rápidamente cuándo me había duchado por última vez. El estacionamiento de la discoteca estaba oscuro, pero no lo suficiente, y ella tenía una mamúa de camionero, producto de los catorce vodkas que, entre besos, se había clavado a mi cuenta y cargo, con todo el morro del mundo.
Iba a asegurarle que estaba limpito —recordé que me había duchado, como corresponde, antes de salir de casa—, pero su grito y posterior huida no me dieron tiempo a razones. Y quedé como un pingüino idiota, el culo al aire apoyado contra la puerta helada de mi Clio dos mil tres, los pantalones enrollados hasta los tobillos y los calzoncillos de Batman manchados de líquido preseminal, producto de un rato de apasionado franeleo antes de “salir a tomar aire”.
Se la veía bastante ridícula, corriendo a saltitos para no torcerse un tobillo con los zapatos de taco. Controlé como pude mi pedo legendario, y recién entonces miré hacia abajo, con intención de devolver la dignidad a mi pelvis, cuando el susto se apoderó de mí. Mis huevos colgaban excesivamente, y se habían multiplicado, tomando el aspecto equívoco de un racimo de uvas negras —que, paradójicamente, son rojas cuando están verdes—, y podía ver cómo nuevas esferas se abrían, una tras otra, como el maíz pisingallo cuando se transforma en pochoclo, haciendo pop, pop, pop y generando nuevas bolas rojas del tamaño de un kinoto. A esa altura, ya mi zona pélvica se veía como una vid pesada y madura.
Grité.
Y grité otra vez, intentando que el aire se colara en mis pulmones para no ahogarme en mi propio grito.
Entonces, como si no hubiera sido suficiente lo ocurrido hasta el momento, el racimo de kinotos uváceos se desprendió de mi pubis, y contra mi primera intuición, permaneció unido en lugar de rodar esparciéndose por el asfalto. La ausencia de dolor y la sorpresa bastaron para conjurar mis gritos. Procedí a examinarme las pelotas, que estaban misteriosamente en su sitio, y luego a subirme calzoncillos y pantalones a toda velocidad.
—¿Qué apuro tenés?
La voz vino del suelo, así que volví a mirar. Mi desprendimiento testicular se había transformado en una especie de gnomo, con la forma del emoji de la mierda con ojos que hay en WhatsApp, dos patitas escuálidas y brazos de fantasía. Un par de los globos se habían abierto como ojos, y un tercero se había desgajado en una boca de labios crueles.
—Ninguno —repliqué—. Es sólo que no me gusta andar con las bolas al viento.
—Ah, no podés ser más pelotudo —respondió el bichito.
—¿Y vos, de dónde saliste?
—De tus huevos. ¿No te diste cuenta?
—Claro me di cuenta. No soy tan gil. Pregunto qué carajo hacés acá.
—Es que hacía tanto que nadie te la chupaba, que tenías las bolas muy cargadas de frustración. Un par de lengüetazos y todo eso afloró con fuerza, y acá estoy.
—¿Y ahora que hago, entonces?
—Lo mejor sería que fueras un hombre, por una vez, y encontraras a la chica, la lleváramos a casa y nos echáramos un buen polvo, que vengo pasando un hambre que ni te cuento.
—No es una oveja. No puedo “llevarla”. Tiene que querer venir, y como que le pegaste un susto del orto.
—Claro, vos no cogés ni equivocado y ahora la culpa es mía, ¿no?
Mi gnomohuevo se cruzó de brazos, bajando los ojos y enfurruñándose. Parecía uno de los siete enanitos después de tomarse un barril de vino tinto.
De repente, el estacionamiento ya no parecía tan buena idea. Más parejas salían de la disco y se camuflaban entre los coches para manotearse la genitalidad en un apuro alcohólico. Sentí vergüenza de mi masculinidad emancipada.
—Está bien. Perdoname —pedí—. Decime una cosa… ¿Ahora que saliste soy menos hombre?
—No entiendo.
—Que si se me va a volver a parar. No quiero enterarme con una chica delante.
—No seas cagón. Claro que se te va a volver a parar. Eso es más probable que volver a tener una chica delante.
—¿Por qué sos tan agresivo?
—Soy tus huevos, ¿qué querés que te diga? ¿Querés que te consuele? Tranquilo, ahora se abren las puertas y quince pibas más salen corriendo para acá, peleándose entre ellas por chupártela.
—Sos un forro. Me dan ganas de mandarte a la mierda.
Mis huevos comenzaron a patearme la espinilla, así que corrí alrededor del Clio mientras me perseguían a las patadas e insultándome con términos hasta entonces desconocidos para mí, pero que estimo que deben ser comunes en el mundo de la testosterona.
Finalmente conseguí abrir la puerta, ponerme al volante y arrancar el coche, pero el huevamen estaba de pie frente a la trompa, y cuando encendí las luces lo pude ver, piernas separadas y brazos abiertos, mientras con cara de vikingo en sangre me decía:
—Para irte de acá sin una minita vas a tener que atropellarme.
—Correte, que te hago vino —amenacé, poniendo primera.
—Ni flácido —respondió.
Aceleré.
Pude sentir como cada una de las esferas reventaba bajo los neumáticos. Quizá debería llevar el auto a que le revisen los amortiguadores.
Puse segunda y enfilé para casa.
Me dolían un huevo los huevos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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