“¡Pará!”. Tu voz sonó y retumbó como un silencio en medio de un carnaval carioca. Las hojas ocres, ráfagas de otoño permeables, llovían lentamente sobre Buenos Aires, arañándolo todo con sus puntas quebradizas, imprimiendo al aire un silencio sobrenatural, un marco perfecto para ejercer la soledad, para examinar el corazón, para escuchar latidos, suspiros y susurros.
Mi cuerpo estaba alterado. Los besos y algunas caricias mal disimuladas me habían puesto en pie de guerra. Podía sentir el relieve de mis venas trazando rutas sobre la piel. Podía contar mis latidos sin necesidad de prestarles atención. Podía adivinar el tamaño y forma de mis vísceras, el silbido imperceptible de mis pulmones. Podía saber, sin usar un espejo, la amplitud de mis paneles auditivos, el tamaño de la semiesfera de mi campo de visión, la intensidad gris y opaca de la luz. Podía saborear el ozono en el aire y calcular la velocidad del viento, y también intuir el volumen de las nubes, la aspereza del asfalto, la aridez de las baldosas, la métrica dispar de los pasos ajenos, la honestidad de las sonrisas, la veracidad de las miradas, la salvaguarda imposible de los amores encerrados en cada pecho, en cada estómago, en cada piel.
Recuerdo que alcancé a pensar que no quería obedecer la orden. Sin darme vuelta, podía visualizarte, podía saber la posición de tus manos, transmitiendo el gesto imperativo, la orden suplicada, las dos lágrimas a punto de divorciarse de tus pestañas, el rojo rojo rojo de tus labios pintados, las cejas delineadas, los párpados soñadores, las mil agujas de acero de tu aliento helado, tu desafío al otoño y al invierno, la soledad de tus certezas, la virtud de tus defectos.
Y, sin embargo, algo en ese instante me detuvo. Quizá los amores e ilusiones compartidas, quizá la nostalgia del sol incendiando tus mejillas, o la remembranza de tu abrazo, de tu aliento en mi boca, de tu pecho erguido, de tus nalgas dispuestas.
Pude seguir un pulso eléctrico que nació en mi cintura, expandiéndose como los trozos elásticos de un globo que acaba de explotar, recorriendo mis cables con un viento del sur, con un silencio de cuatro tiempos, una vocal con eco en la oquedad de mi tristeza. Y llegó a mis rodillas, a mis gemelos, a las plantas de los pies que, acostumbradas a la cosquilla de tu pierna, sufrieron a gritos tu ausencia y lo metálico de la orden, afirmándose sobre los dedos, a los que también un escalofrío los sacudió con la piedad gélida de los fantasmas. Y llegó a mis manos, que, angustiadas, detuvieron en seco el bambolear rítmico que, imperceptiblemente, balancea cada paso, equilibra cada error, compensa las imperfecciones del suelo, el vibrar del tonelaje saurópodo del tránsito automotor, la fuerza simbólica de un viento pampero, húmedo de agua de abril.
Entonces, un escuadrón de arañas asustadas anidó en mi vientre. Los movimientos espasmódicos de mi estómago atormentado me hicieron revivir el sabor cárnico de las albóndigas del almuerzo, el reflujo ácido de los tomates triturados, las burbujas erráticas de una Coca Cola que no terminé.
Un mareo sorpresivo me atacó desde el suelo, haciendo girar mi mundo, estremeciendo mis sentidos, emitiendo alertas concéntricas desde el centro del cerebro hasta las falanges más remotas.
Respiré hondo.
En un segundo eterno, pude ver cómo el mundo se ponía nuevamente en movimiento, las palomas reanudaban su vuelo y los semáforos retomaban su rutina tricolor, mientras dos ancianas agredían las líneas blancas y negras del asfalto con sus bastones despintados por el tiempo.
Me dí vuelta y te miré.
Y a pesar de todo, de la profunda sensación de desamparo, de tu pintura de ojos desparramada por tu rostro, de las lágrimas embarradas, muertas sobre tus mejillas, y de un temor que me nacía en algún lugar del pecho, estabas más hermosa que nunca, iluminada por un resplandor plateado, una ilusión vivaz y pasajera de otro otoño impar.
“¿Ahora qué pasa?”, te pregunté con amargura. Bajaste los ojos. Sorbiste la nariz. Diste un paso hacia mí, y luego otro, y otro más.
Me rodeaste el cuello con los brazos, dejándome sentir la tibieza de tu piel, el relieve perturbador de tu pecho guerrero, la cercanía inevitable de tu pelvis y la estocada de tus uñas.
“No te vayas”, me dijiste. El semáforo se enrojeció. El mundo entero bajó la voz. Una lágrima mía se dejó morir sobre tu hombro.
El resto, ya lo sabés.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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