¡Serás hijo de puta! No me canso de decírtelo, ni de quejarme, o de intentar que apagues tu propia voz en mi cabeza. Quisiera ser capaz de volver a tus veinte años, a los míos, aunque me queje de mí —de vos— en segunda persona. Si pudiese, imagino que aparecería un sábado de mañana a los pies de tu cama, mientras intentás espantar otra resaca, y te diría que es mal negocio sobrepensar las cosas, que la introspección en exceso no es más que un camino de piedras afiladas, en el que lo mínimo son ampollas reventadas, y lo normal son tajos sangrantes en las plantas de los pies, un dolor animal que no acepta dejar de ser percibido, el zumbido atroz de cien avispas hambrientas, el quejido agudo y molesto de un bebé cagado hasta la frente. Te diría, si pudiera, que cien, doscientos millones de horas declamando las injusticias del mundo no van a repararlas, que la mirada del otro es, a veces, un espejo mucho más preciso que tus propias retinas. Te diría que la sensación de desgarro en las tripas, la de los tejidos heridos, las raíces desnudas y sedientas, llega para quedarse la primera vez que abandonás tu casa, y se queda para siempre, que es imposible medir el tamaño de lo que se deja atrás cuando te vas a la aventura, cuando reemplazás un mundo nuevo por uno viejo, cuando explicás a tus amigos que la felicidad está en otra parte. Te diría que no, que no está. La felicidad no está en ninguna parte. La felicidad no es un estado de la materia, ni un avión solamente de ida. No es dejar atrás a los fantasmas de siempre para abrazar a los espectros del futuro, ni olvidar el génesis de las heridas que no cicatrizan. La felicidad es la mirada lánguida de tu perro cuando te ve salir, la boca entreabierta de tu primera novia, el berrido estridente de tu primer hijo, el abrazo material de tus amigos más amigos. Y no se queda. La felicidad es el viajero más huidizo, el que se arrima al fuego para secarse las botas, toma dos mates, escupe de costado, fuma un cigarro y sigue su viaje.
Lo otro, lo que confundiste con felicidad, no es más que modorra, un espejismo estrábico que abrazaste para hacer las paces con el alma, para olvidar el reclamo hepático del cuerpo, para respirar el aire viciado de siempre, pero creyendo que es una brisa fresca.
Te diría, también, que la ilusión de estar yendo hacia alguna parte, de estar alcanzando una meta ignota, es lo que nos distrae de la vida, que hizo un alto en la panadería para decirle a la panadera, con una sonrisa, que hoy los churros con dulce de leche están mejor que nunca. La misma vida que te pone imbécil cuando llueve, y hace que contemples a las gotas suicidarse en tu ventana, en lugar de salir corriendo a saltar en los charcos, la que te ahoga en nostalgias de cartón mojado, en lugar de tirar todo, de hacer una fogata gigante con los pesares dormidos, los malos recuerdos, los gritos que no se callan, y empujarte a que empieces a vivir el hoy, el ahora y el mientras tanto.
Y si pudiera, te daría dos bofetadas, y entonces te suplicaría que silenciaras la otra voz. Escribí. Cogé. Eso la apaga. Te diría que el sexo no es un fin sino el quinto elemento, el octavo arte, el poder de parar el tiempo. Y de las dos bofetadas no te escaparías.
Te diría, pedazo de imbécil, que no es negocio renunciar a una tarde de juegos con tus hijos para bajar un milímetro la pila de pendientes, que los bracitos de ellos un día serán más largos que los tuyos, y entonces te vas a dar cuenta de que ya pasó, que son hombres, que ya no te miran con esa admiración de niño, sino con una camaradería de compadres, que ya no se tocan, ni se besan, ni se abrazan.
Y lo más importante que te diría es que me mates, que no me dejes crecer en tu cabeza, que no me escuches, que me destierres de tu cuerpo, de tu piel y de tu vida. Te diría que soy tu condena, tu cruz y el maleficio que va a impedírtelo todo.
Te diría que sonrías un poco más. Que sueñes con menos vergüenza, que ames con menos miedo, que juegues con menos filtros, que grites con más pasión, que cantes sin mirar quién está escuchando, que escribas sin pensar en quién leerá, que te revuelques en toda la mierda que haga falta, sin pensar en que el olor va a espantar a los que te rodean. Te diría que el olor a mierda fresca es saludable, que habla de vida y de un banquete entre amigos, y que es la podredumbre de lo que se te queda dentro la que emana fetidez y te aísla.
Te diría, pelotudo, que debería ser tan fácil como hacer lo que uno siente.
No pienses más.
Hablamos cuando se apague la luz.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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