Ya no me duelen las rodillas, y está bueno porque me daba vergüenza decirle a papá que me dolían. Es muy feo ser varón y que no te guste jugar al fútbol. A mí no me gusta. Se pegan patadas y se empujan y siempre te caés al suelo y te raspás las rodillas. Pero no sé cómo decirle a papá que no me gusta, así que todos los sábados venimos a la canchita y juego hasta que me tiran al suelo y el director técnico me saca de la cancha poniendo cara de culo. A mamá no le gusta que diga “culo”, pero papá se ríe y eso me hace mucha gracia.
Ahora estoy sentado en el banco de suplentes, y el sol me molesta en los ojos y el partido me aburre, pero tengo que quedarme porque papá dice que hay que ser solidario con el equipo. No sé bien qué quiere decir “solidario”, pero me parece que es ser bueno con los demás.
—Hola—. Me dice una chica que está sentada a mi lado. Estoy seguro de que hace un segundo no estaba ahí. Es de piel oscura, como las chicas de los pósters que tenemos en la escuela, de los indios esos que estaban en Formosa y Jujuy, que no me acuerdo el nombre de la tribu. La señorita Mariela dice que hay que decir “pueblos originarios”, pero a mí me gusta indios, como en las películas viejas que ve papá los domingos a la tarde. Tiene los ojos negros y los dientes muy blancos, y creo que me gusta un poquito, pero no estoy seguro. Me ofrece un cucurucho de papel de diario en el que hay unas bolas que no alcanzo a ver bien, pero que son rojas, azules, negras, amarillas, verdes y violetas.
—Me llamo Zulma. ¿Querés?
El cucurucho tiene manchas como cuando mi mamá me daba almejas fritas en Mar de Ajó. Me asomo por el borde del papel y elijo con cuidado. No como cosas azules ni negras, porque me parecen colores venenosos, pero justo justo veo uno azul, del tamaño de los dados que usamos para jugar a la generala, que tiene una cabecita chiquita y seis patas que se agitan. Y entonces me doy cuenta de que todos tienen patas y están vivos.
—Yo me llamo Matías. ¿Qué son? —pregunto.
—Son bichitos que guardan el alma.
—¿El alma de quién?
—De los viejitos cuando se mueren. En mi familia se sabe. Acá están tres abuelos míos, y todos sus papás y mamás, y algunos de mis tíos y unos guerreros que hace mucho pelearon contra los españoles.
Detengo mi mano en el aire, antes de agarrar la bolita azul. Me da un poco de asquito.
—¿Y por qué nos los comemos?
—Mi abuela dice que es la forma de recibir el espíritu de los mayores. Dice que, cuando se mueren, nos dejan en estos cascarudos todo lo que saben, todo lo que los asusta y todo lo que les da fuerza.
Me parece que es importante para ella. Me da mucha cosa meterme un cascarudo azul en la boca, pero me hace sentir triste no hacerlo. El cascarudo agita las patitas, y creo que mucho más que todos los otros que hay en el cucurucho.
—¿Son feos?
—No, es como comer almendras garrapiñadas, solo que se mueven un poquito antes de morderlos. Te hace cosquillas en la lengua y te raspa un poquito la garganta. Probá.
Con dos dedos atrapo el cascarudo azul, lo levanto frente a mis ojos y se le ven las pincitas de la boca y cómo agita las patitas. Me da un poco de miedo, pero al mirarlo más de cerca siento un calorcito en el pecho, y la sonrisa de Zulma que me mira y sí que me gusta un poco, porque tiene los labios del color del Nesquik, y una ceja partida.
—Ese es mi tío Juancho. Sabía los nombres de todas las plantas y el nombre verdadero de los animales. Si lo comés, vas a poder mirar con los ojos de todos los animales y hablar el idioma secreto de las plantas.
—¿Cómo es el idioma secreto?
—No se sabe. Pero mi tío lo sabía, y lo vas a saber vos también. Comé.
Abro la boca con bastante asco, y al acercarlo a mis labios agita las patas como loco, medio desesperado. Detengo la mano.
—Me da pena. No quiere que me lo coma.
—Sí que quiere. No seas tonto. Los cascarudos se despiertan cada un montón de años, y solamente te los podés comer cuando están despiertos. Se van a dormir a la tardecita de hoy.
—¿Y por qué se despiertan?
—Para ver si alguien necesita ayuda.
—¿Y yo necesito ayuda?
—Vos necesitás ayuda para decirle a tu papá que no te gusta el fútbol.
—Tenés razón.
Tiene razón. No quiero seguir viniendo a la canchita.
El cascarudo en la lengua mueve las patitas y hace cosquillas. Como me da pena morderlo porque me parece que le va a doler, me lo trago sin masticar. Siento cómo me araña la garganta por adentro, y cómo sacude las patas, haciéndome cosquillas en la panza.
—Tengo miedo. Se sigue moviendo.
—Eso es que te está enseñando los secretos. No seas cagón.
Me da vergüenza que una nena me diga eso. No soy cagón, nada más no me gustan los juegos fuertes. Mi mamá dice que “juego de mano, juego de villano”, y tiene toda la razón del mundo.
El cascarudo se deja de mover, justo cuando una bandada de pájaros sobrevuela la canchita. Siento un mareo cortito, y entonces veo desde arriba al Zurdo López meterle el hombro a García, y en seguida reventar la pelota en un pase largo. Sigo de cerca a la pelota que se estrella en la frente del Rengo Tenembaum, y vuela a mi lado hacia el ángulo del arco de José, el Vinchita, que se tira en palomita con las dos manos, y pasa justo por abajo de mi panza, pero la pelota se le pierde y me asusto mucho porque todo el estadio grita gol, así que doy una vuelta hacia el medio del campo, subiendo, y puedo ver a toda mi bandada seguirme. Sobrevolamos la grada de hormigón, donde los papás de los jugadores gritan y se insultan, haciendo mucho ruido, y nos desviamos hacia el sur porque tenemos que ir a hacer nidos y poner huevos.
Mientras nos alejamos, con el viento en la cara y agitando las alas todo lo fuerte que podemos, escuchamos el sonido horrible del pito del árbitro, y me parece que es porque se termina el partido, pero ya no estoy seguro.
—¿Con quién hablabas? —pregunta mi papá, que de repente está al lado mío, en el asiento de Zulma, y tiene una botella de agua en la mano.
—Con Zulma. ¿Te puedo decir algo, papá?
—Claro mi amor. Lo que quieras.
—No te enojes, pero no me gusta el fútbol.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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