En la oficina casi podía palparse el tufo de aire viciado, por otra parte habitual los viernes por la tarde, después de cinco días de frenética actividad bursátil.
Palomares, con el mismo traje azul que había usado toda la semana, se movía con un montón de papeles bajo el brazo, dándose importancia. Igual que el lunes, el martes y el miércoles.
Jacubovich, el jefe, miraba cada dos minutos por encima de los cristales de las gafas de cerca, para vigilar que hasta los suspiros agobiados de los helechos de plástico se mantuviesen dentro de lo previsible, porque nada, nada les gusta más a los agentes de bolsa que lo previsible, a pesar de vender lo improbable, muchas veces prometiendo lo imposible.
El viernes, como decía, estaba siendo igual al jueves, hasta el agobio. Y el jueves al miércoles, y el miércoles al martes. El lunes tiene siempre ese momento cálido de las caras largas de vuelta al yugo, y la evidencia ausente de que alguien sin nombre ni cara estuvo limpiando la oficina durante el fin de semana. Para el martes, todo huele a criadero de conejos. Mis compañeros hacen las mismas cosas, todos los días a la misma hora, sospecho que sin darse cuenta. Gómez, hacia las doce y cuarto, se levanta a buscar un café. En el camino se detiene en el escritorio de Carámbula, y le hace un chiste procaz en rima con su apellido. Luego, segunda parada en el recibidor, para hacerle comentarios reprobables a Rosalía, la recepcionista que, invariablemente se sonroja, sin valor para decirle a Gómez que es un cretino.
A las diez y veinte, el jefe va a cagar con el diario bajo el brazo. Va a las diez y veinte porque el pibe del quiosquito de abajo trae las cosas a las diez y diez, y entonces espera otros diez minutos, para que no se note que va más para leer en paz que para evacuar los intestinos.
Absolutamente todo es soporíferamente igual, calcado y aburrido, como un deja vù en bucle infinito.
Pero el viernes había algo distinto. Yo tenía una sensación de algo distinto, y no podía encontrar la razón. Quizá algo en la frialdad de las luces. La temperatura del color, el transcurso lumínico no era igual que siempre. A las tres y veinte de la tarde, como todos los días, me levanté para servirme un vaso de agua y bromear con Traub, de NASDAQ, que es el único que no me cae como una patada en los dientes. Y entonces me di cuenta.
Era mi sombra.
Se quedó sentada, con los dedos entrelazados detrás de la nuca, y presumiendo de un lenguaje corporal que exhalaba un halo de insolencia desde toda ella.
Me asusté. Miré a mi alrededor, temiendo que se dieran cuenta. Evidentemente, no puedo ser bueno como asesor de finanzas internacionales si no soy capaz de mantener a mi sombra cumpliendo su función natural que, dicho sea de paso, no tengo ni idea de cuál es ni para qué sirve una sombra, más que para oponerse a la luz.
Mirando sobre mis pasos, me acerqué sigilosamente al dispensador de agua con gas. Intentaba no llamar la atención de nadie. Intentaba disimular la falta de sombra, que a mis ojos era como un teléfono sonando, una anomalía bestial que no podía dejar de percibirse con una simple mirada.
La hija de puta de mi sombra se quedó en el escritorio, mordiéndose las uñas de una mano, y juraría que la vi sonreír con burla, con escarnio. Se inclinó sobre el teclado, mirándome descaradamente, y alcancé a pensar que por fortuna, las sombras no son corpóreas, así que no había riesgo. No obstante, desmintiendo mi error deductivo, en ese preciso momento mi teléfono vibró, notificándome que la orden de compra de seis millones de acciones de un fabricante de corchos de Samoa se había emitido correctamente. Mi sombra era, efectivamente, corpórea.
Inmediatamente giré la cabeza hacia el despacho del jefe. Lo vi levantarse, con la cara desfigurada de furia. Me escondí detrás de una planta de plástico, intentando ganar tiempo para pensar.
Mi sombra escupió en el suelo, haciéndose la canchera.
El jefe salió de su oficina invocando tempestades a gritos.
—¡Locelso! ¿Me explicás qué carajo compraste? ¿Una mierda de fábrica de corchos? ¡Te mato! —bramó, inundándose de saliva las comisuras de los labios entre escupitajos espolvoreados bajo los tubos de neón.
Comencé a caminar hacia él, intentando pensar a toda velocidad una explicación. Mientras caminaba, vi a mi sombra levantarse rápidamente, y pude sentir cómo mi pulso se desbocaba, alcanzando fácilmente las ciento cuarenta pulsaciones.
Al acercarme, me dispuse a balbucear una excusa, pero mi sombra se movió como una serpiente oscura y veloz, y empujó con las dos manos a mi jefe en el centro del pecho, derribándolo como a una morsa sobre hielo delgado.
Me lancé sobre ella, pero se escapó con un giro de cintura, imitando a los jugadores de la NBA que solíamos ver juntos por la tele, y corrió a abofetear a Gómez con el dorso sombrío de la mano derecha. Luego de un sonoro ¡plaf!, Gómez empezó a sangrar por la nariz, mientras mi sombra se golpeaba el pecho con ambas manos como un gorila macho.
—¡Sombra! —grité— ¡Vení para acá inmediatamente!
Volteó la cabeza hacia mí, y se llevó ostentosamente una mano a los testículos, haciendo un gesto grosero de sacudir arriba y abajo la sombra de mi bolsa escrotal.
Empecé a caminar hacia ella, pero entonces huyó hacia recepción, aferró a Rosalía por los hombros y la besó a lo Humphrey Bogart, dejándola desparramada en su silla de recepcionista, pero con cara de contenta, para luego desaparecer por la puerta escaleras abajo, a todo lo que le daba su peso inexistente.
Mi jefe me llevó de una oreja hasta su despacho, rumiando insultos ininteligibles mientras se limpiaba la sangre con la manga de la camisa blanca.
Luego del despido, recogí como pude mis cosas, y bajé corriendo las escaleras en pos de mi Sombra.
La muy quilombera me esperaba apoyada en un coche, fumando un cigarrillo sin fuego ni humo, y riéndose sin piedad de mi cara de pasmado.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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