Un día, sin ninguna clase de aviso, sin razones aparentes ni causas identificables, perdí la capacidad de silbar.
Aprendí a hacerlo a los seis años, en las lentas tardes de domingo con mi viejo. “Cerrá los labios, como el culito de una gallina”, me decía. “Ahora soplá despacito, como si quisieras que la vela tiemble, pero que no se apague”. Jugando a la sombra de los naranjos, con el perfume de los azahares horadándonos la nariz en primavera y las lágrimas ocres de los sauces en otoño, solazándonos al calor y protegiéndonos del frío, me fue transfiriendo una sabiduría inútil. Entre los dos, como quien templa las lonjas de un tambor, la esculpimos en un arte sin gremio ni propósito, un pasatiempos privado y nostálgico. La boca de mi viejo tejía melodías con la facilidad con la que un malabarista hace maromas en un monociclo, y yo lo admiraba con la candidez genuina de los niños, y años más tarde, con el amor enternecido de los hombres que, poco a poco, ven a sus padres volverse hijos de sus propios hijos, encorvando la espalda, abrazando su otoño particular, perdiendo poco a poco velocidad, reflejos y memoria. Ver envejecer a mi padre fue un proceso a la vez entrañable y doloroso. Estando yo ya casado, aún iba a verlo todos los domingos, y nos poníamos a silbar bajo los naranjos, improvisando juntos la banda sonora de una infinidad de atardeceres, bajo el rayo del sol y también contra la inclemencia de la lluvia. En treinta y dos años, apenas hubo diez o doce domingos que no nos vieran silbar.
Despedí a mi viejo con muchísimo dolor, en una tarde ventosa en el cementerio de La Tablada, donde vamos a descansar los judíos cuando se acaban las ferias del Once, cuando no quedan psiquiatras a los que leer ni hijos a los que, entre culpas y orgullo, amar hasta la locura. Éramos pocos, no más de quince o veinte, contando amigos, familia y algún que otro vecino que solamente buscaba matar el tiempo, sin darse cuenta de que, mientras tanto, el tiempo lo mataba a él.
Salí del cementerio solo, con las manos hundidas en los bolsillos, silbando a todo el volumen que pude la melodía de Naranjo en flor, más por el patio de mi viejo que por Homero Expósito, que ya había alcanzado la inmortalidad.
Meses después, me encontré a mí mismo en el balcón de mi departamento de Villa Luzuriaga, con mis hijos sentados cada uno en una rodilla, enseñándoles a silbar mientras, por encima de las copas de los árboles, las palomas se espantaban o competían con sus arrullos y gorjeos.
Los cuatro ojazos me miraban como si fuese yo la fuente final de toda sabiduría humana, desbordando amor y admiración, y en cada uno de ellos podía intuir la sombra de mi viejo, su genética ancestral, sus manos de gorrión de los últimos días, su espíritu de curiosidad y asombro, su corazón tierno, su amor sin condiciones.
Ellos empezaron a crecer, y poco a poco, fueron saltándose las tardes de silbar juntos, cambiándolas por el banco de una plaza con amigos, por una tarde furtiva de la mano de una novia ocasional, o por un par de auriculares tronando melodías modernas en sus orejas inocentes. Y no me pareció mal. Todo cambia, aunque nos ponga tristes, aunque nos duela.
Hace unos meses, un día Sonia me mandó a la feria a comprar verduras. Disfruté palpando los aguacates, frotando las manzanas como una lámpara de Aladino, examinando las espinacas en busca de gusanos, interrogando a las bananas para conocer su espíritu secreto, profanando los racimos de uva con una probada culpable, saludando a los tomates como si fuera una nueva mañana, y finalmente, comprando sin regatear y pagando con justicia.
Volvía, con la cesta de bambú colgando del codo y rebosante de hojas y frutos, cuando pensé que llevaba ya un par de años largos sin silbar. Me dispuse a soplar la melodía de El día que me quieras, poniendo los labios apretaditos como me enseñó mi papá.
Y no sonó nada.
Soplé más fuerte.
Y no sonó nada.
Llené los pulmones, sentí el oxígeno intercambiarse en mis alveolos, espumando mi sangre, salvándome de una muerte instantánea que acecha en cada sístole y en cada diástole, y soplé aún más fuerte.
Y no sonó nada.
Cuando llegué a casa, el vado del garaje estaba ocupado por el Ford Fiesta de uno de mis hijos, y creo que eso me hizo sonreír.
La llave entró en la cerradura con un quejido de óxido de hierro, y crucé el umbral un poco sonámbulo, como saliendo de un recuerdo ajeno.
Alejandro estaba con su madre, y los dos reían. Cuando entré, se volvió a mirarme y vino hacia mí, abriendo los brazos.
—Papá —dijo, antes de detenerse para mirarme bien — ¿Estás llorando? ¿Pasa algo?
—No es nada, gurí —le respondí— me habrá entrado algo en el ojo, hay mucho viento.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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