La sensación de la planta del pie desnuda sobre el musgo de las rocas era siempre ambivalente. Una mezcla poderosa de suavidad y un asco ancestral a lo viscoso, una de mis debilidades de niño, motivo de burlas de los chicos del sexto y de mis hermanos y primos.
Y en seguida llegaba una ola, fría y arrastrando una espuma tímida. No había vez que no me preguntase cómo podía ser que el agua marrón de la playa de Malvín fuese, de repente, transparente entre las rocas, cuando cubría mis pies en un vaivén casi amoroso, un ir y venir del carajo en un mundo que apenas se desperezaba, haciendo reverberar los rayos del sol contra la uña de mi dedo pulgar, mientras hacía una visera con la mano para ver al Tío Ramiro.
Me es imposible no recordar, como hombre, la plenitud de la admiración que sentía de niño. Mi padre era el representante en la tierra de toda la sabiduría del mundo, el faro que marcaba lo que está bien y lo que está mal, el escudo protector contra el peligro, el abrazo que espantaba los fantasmas nocturnos y los monstruos callejeros. Y el Tío Ramiro era la encarnación de las travesuras, el paladín de lo intrépido, el líder de una manada torpe y petisita que estaba todavía descubriendo la diferencia entre los hombres y los héroes. “Hoy van a aprender a pescar la encandilada”, dijo un día, entrecerrando los ojos para conjurar los rebotes del sol en la espuma. “¿Y eso que es, Tío?”, preguntamos todos. Pancho hacía de mini líder, de mariscal de campo y también de rompehuevos incombustible. Era el mayor de todos los primos, y siempre perdía en El Bancario por su obsesión irrenunciable de comprar La Gruta de los Cuervos, más por el nombre que por su posición en el tablero, que era poco menos que inútil.
“Vamos a venir a pescar de noche”, nos adelantó, enigmático, el Tío Ramiro.
La Abuela Marina fingió escandalizarse ante nuestro entusiasmo. “¿Cómo que van a ir a la playa de noche?”, gritó, mirando al cielorraso, los ojos abiertísimos, en una pantomima de invocación desesperada al dios de los ateos. “¡Qué peligro, dios mío! ¡No lo puedo permitir!”. Nosotros dejábamos que las risotadas estallaran entre salpicaduras de saliva y cosquillas en la panza. Ramiro pretendía discutir con ella, y defender nuestra causa. “Son valientes, lo van a hacer bien”.
El sol, en verano, caía a las nueve de la noche. Poco antes, protegidos por un crepúsculo de rojos y naranjas furiosos, salimos de la casita de la calle Bolivia, con las patitas flacas asomando por los pantalones cortos, llevando a rastras los mediomundos de pesca, el farol de gas, las toallas y los baldes para poner los peces.
La playa, de noche, era un portal abierto a los peligros del océano. El susurro impasible de las olas, el viento que hacía imposible al Tío Ramiro la simple tarea de encender un La Paz sin filtro, y los recuerdos de krakens, tiburones, ballenas y toda clase de monstruos marinos parecían acechar al borde mismo del agua.
Estaba helada.
Sin ningún esfuerzo puedo revivir el instante de contacto de la superficie con mis huevitos de niño, y un frío eléctrico recorriéndome a toda velocidad.
Ramiro lideraba, con el farol en alto, a toda la tribu que, con el agua a la cintura, no podía creer cómo el simple truco de la luz amarilla atraía a cientos de peces pequeños, encandilados, estúpidos y fascinantes. Era tan sencillo como sumergir la red en el centro del cardumen y levantarla, pesada. Salían de a cuatro o cinco, agitando desesperados las colas que, como flechas plateadas, repetían para nadie la luz mortecina del farol de gas. Entonces corríamos hasta la arena a vaciar el medio mundo en los baldes, y volvíamos a entrar, temblando de frío, a atrapar más.
Al día siguiente, la Abuela Marina organizaba una fritanga que olía a aceite de motor, y alrededor de la mesa de la cocina, nuestras voces agudas narraban a los gritos nuestras hazañas de pesca, haciéndonos sentir como Neptunos y Sirenas, donde la osadía marítima se elevaba casi a luchas cuerpo a cuerpo con peces espada de carácter esquivo.
La Abuela se escandalizaba, y prometía castigar a Ramiro por su imprudencia y por arriesgarnos a semejante peligro.
“Mirá, Abuela, me lo como con cabeza y todo”, decía yo, teatralizando el gesto de meterme un pescadito frío en la boca. Porque cuando se regresa de una gesta, cuando volvés de realizar una hazaña de la mano de tus héroes, hasta el simple hecho de comerse un pececito de seis centímetros parece épico.
“Así me gusta. ¡Que no quede nada!”, decía la Abuela.
El Tío Ramiro sonreía detrás de otro La Paz sin filtro.
Mis hermanos comían peces y reían.
Y yo, ocultando el asco que me daba el pringue en las yemas de los dedos, comía con voracidad, sin saber que cuando uno es feliz, cualquier comida es un banquete.
Nunca me acostumbré a la sensación de musgo tierno en la planta de los pies, y nunca volví a comer pececitos con cabeza. Aún hoy, no me es posible ver el mar rompiendo contra las rocas sin recordar el temor de la cacería, el pecho desbordándose de felicidad, y la brasa brillante que, al fumar en la oscuridad, iluminaba el rostro del Tío Ramiro.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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