En 1987 La Coronilla era poco más que una ranchería con ínfulas de ciudad de vacaciones. Allí fuimos a parar con mi entonces esposa, Gabriela Cecilia. Era un verano atípico, en el que las sombras de los árboles parecían atentar contra el calor, y los veraneantes ocasionales nos movíamos como renacuajos buscando el afluente que nos llevase al mar, sin pensar siquiera que el salitre nos mataría.
La pura verdad es que, para entonces, Gabriela Cecilia y yo ya no teníamos nada que decirnos, y excepto por la práctica regular de unos encuentros sexuales excesivamente pautados, no disfrutábamos el tiempo de ocio juntos.
Así que, con el transcurrir miasmático de los días, me fui aficionando a dar largos paseos por la avenida principal, que no era de tierra por un error de cálculo de algún intendente menos amigo de lo ajeno que lo habitual; y solía pararme en un diminuto quiosco desvencijado, que evidenciaba haber sido pintado de colores chillones, dentro del cual apenas si cabía, acomodada en un taburete, una anciana búlgara de facciones soviéticas y acento eslavo. Parecía el espectro vivo de un sapo moribundo, pero los ojos eran distintos. Tenía una mirada vivaz y encendida, y parecía sonreír con el fondo de los globos oculares cuando me entregaba los Coronado Light y la caja de fósforos que solía comprarle, junto a alguna golosina o un chocolate con el que aplacar la soledad de Gabriela Cecilia.
Una tarde de la segunda quincena, mi paseo arrancó con el augurio gris de una tormenta de verano. Podía adivinar, sin esfuerzo, la carga de azufre en el aire. Decidí ignorar el presagio de agua, y emprendí de todas formas el paseo que diariamente me llevaba a recorrer, a lo largo, la avenida. En ambos sentidos. Varias veces.
Como todos los días, me detuve en el quiosco y compré los Coronado y un alfajor de maicena, que parecía llevar envuelto en un plástico infame desde la década del treinta. Me lo comí en medio de una sequedad bucal antológica, y empezaba a mirar a mi alrededor buscando un alma caritativa que me liberase la tráquea de una patada en el pecho, cuando el cielo se rompió en un aguacero de desastre.
Quiso la casualidad que, siendo ya mi segunda iteración por la avenida, estuviese nuevamente frente al quiosco. Me detuve bajo el toldo metálico en el que el azul y amarillo se descascaraban como un pirulín de hojalata, intentando esquivar los goterones fríos que escapaban al refugio por los numerosos orificios que distintas granizadas habían provocado, y sin ningún apuro, abrí mi paquete de cigarrillos, me puse uno en los labios, y casi de manera ritual, saboreé la combustión de fósforo con pólvora de los petardos que vendía la búlgara.
La miré de reojo mientas chupaba el filtro del cigarrillo, y emití como pude una sonrisa tímida.
—Va a llover rato —dijo la señora.
—Eso parece —respondí—. ¿Hace mucho que vive acá?
Sonrió con poco más de una docena de dientes manchados por el tabaco y la amargura. Recién en ese momento caí en la cuenta de mi error: lo peor que se puede hacer es preguntarle a alguien que se siente solo los pormenores de su miseria. Hablará hasta caerse de agotamiento. Sin embargo, ella pareció desmentir mis temores con una sonrisa taimada. Encendió a su vez un La Paz sin filtro, y comenzó a hablar, pero sin el apetito de escucha que yo le auguraba. En cambio, actuaba como si estuviese ofreciéndome un regalo.
—Llegamos con el circo —dijo, con nostalgia en el timbre de su acento áspero—. Los enanos, la mujer de barba, dos payasos, mi marido, que era el presentador, y yo, que bailaba sobre una yegua disfrazada de lentejuelas —no sé si por su construcción forzada del español o porque la lluvia marcaba un ritmo errático, pero no me quedó claro si la disfrazada era ella o la yegua. Decidí no preguntar.
—¿Un circo?
—El Espectacular Circo de la Maravillosa y Enigmática Ciudad de Sofía —hizo un gesto circular y amplio con la mano izquierda, mostrándome el extinto esplendor circense—. Al menos eso decía mi marido cuando nos presentaba. Hasta que murió de neumonía. Mire.
Fue hasta la trastienda, y volvió con un volumen polvoriento y grueso, de aspecto deteriorado. Me lo pasó por encima de los exhibidores de golosinas y galletas. Lo abrí, y en la primera página, como una memoria ajena y espeluznante, estaba ella, casi un milenio más joven, con un tutú y montada en un velocípedo. La imagen estaba muy dañada, pero podía adivinarse que había sido esbelta y bella. A su lado, un hombre de hombros anchos hacía una reverencia, ataviado con levita y sosteniendo una galera en la mano derecha.
—Hermosas fotos —dije—. ¿Y qué pasó?
Ella pareció soñar por un momento. Sonrió con amargura y dijo.
—Fue un día como hoy, en el verano del cuarenta y seis. Vino la lluvia, así como hoy, y mucho viento. Se canceló la función, y nos refugiamos en el circo, tratando de calmar a los animales.
Hizo silencio. Yo ya estaba intrigado, así que la insté a seguir.
—¿Y entonces?
—Entonces se nos voló la carpa. Se fue, detrás de la tormenta.
—¿Y entonces?
—Nos quedamos. Los enanos abrieron una barbería y no les fue mal, solamente tuvieron mandar a hacer un sillón bajito, para no terminar clavándole la tijera en la nuca a los clientes. La mujer barbuda se hizo amante del cura y tuvo seis hijos. A los payasos los perdí de vista en seguida, creo que se fueron a vivir a Rocha. Y el imbécil de Boris, mi marido, se murió en el sesenta y uno. Y entonces ya dejé de soñar con volver a Sofía.
Le devolví el tomo de fotografías, disimulando una emoción profunda que no sabía bien de dónde venía. Le hice un adiós con la mano, y empecé a caminar bajo la lluvia, sintiendo repicar las gotas gordas sobre mi cabeza mientras, con la mano, protegía con dudosa eficacia la brasa humeante de mi Coronado Light.
Al fin tenía algo de qué hablar con Gabriela Cecilia.
Nos separamos al volver a Buenos Aires. Sin querer, sin saberlo ni pretenderlo, la quiosquera búlgara nos regaló una última tarde de carcajadas bajo la furia de un aguacero inolvidable.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Que bueno es este !!! Sutil y sin estruendo verbal a pesar de la tormenta. Nostálgico y triste, gris ellos, sepia los otros, dos historias muertas con una última despedida en carcajada.
Gracias Alfredo! La verdad es que también me gusta este relato! 😉