Empujo. Aguanto. Siempre pensé que, sexualmente hablando, soy un tipo común. No necesito un escándalo de gemidos ni que me peguen o me insulten. No me hace falta una liturgia hecha de látex y silicona para disfrutar de un encuentro íntimo. Ni siquiera me hace falta decir groserías en susurros, aunque con frecuencia sentí que mis compañeras ocasionales lo pedían, pero creo que es algo que tiene que ver con un costado femenino de la sexualidad que no siempre es transparente para los hombres.
Pero Micaela es una pelea aparte.
Ahora mismo estamos haciendo perrito, y aunque tiene una vista posterior que es sumamente inspiradora, y es una de mis posiciones preferidas, me está costando horrores mantener mi erección, y no puedo parar de pensar en la conversación durante la cena.
Hoy fue nuestra primera cita. La invité a cenar en un restaurante coqueto de Puerto Madero. Nos sentaron en una mesa para dos junto a la ventana, desde la que podía verse la presencia sombría de los antiguos diques, y más allá, en los diques actuales, el perfil, recortado contra una luna boba y blanca, de los buques de pasajeros que hacen la ruta Buenos Aires-Montevideo de forma regular.
Nos sirvieron un tiramisú con demasiado mascarpone para mi gusto, y la verdad es que la cosa estaba yendo muy bien. Ella me reía las gracias con un gesto muy sensual de la boca, y yo desplegaba mis chistes malos cada vez con más audacia.
De golpe, se puso seria.
“Si esto va a pasar, hay algo que tenés que saber”, me dijo, con su voz grave y abriendo mucho los ojos marrones.
“¿Qué pasa?”, pregunté asustado, empezando a imaginar a toda velocidad que estaba casada, que era ludópata perdida o que la perseguía la interpol por desmembrar amantes ocasionales y guardarlos en el congelador.
“Te lo digo sin vueltas”. Calló durante unos segundos, precisamente dando vueltas, y esa es la imagen que me cuesta alejar de mi mente mientras la empujo una y otra vez desde atrás, y mi erección amenaza con morirse definitivamente, a pesar de lo sobreactuado de sus gemidos.
“No me asustes”. “No te asusto, no es nada”, dijo, “pero es algo que tenés que saber”.
Me cubrió la mano con la suya, acariciando mi dedo pulgar con su índice, muy suavecito.
“Me falta una pierna”, dijo, fijando la vista en la mesa.
Supongo que mi sorpresa fue imposible de disimular. Había imaginado trescientas diecisiete cosas, pero justo justo esa, no.
“¿Es joda?”, pregunté.
“No, no es joda. Es verdad”. Tiró de mi pulgar, llevando mi mano hasta debajo de la mesa, y la puso sobre su gemelo izquierdo. Sobre lo que debería haber sido su gemelo izquierdo. Un pulso vertiginoso se disparó desde mi estómago, propagándose por mi sistema nervioso. Aquello era plástico. Duro y frío.
“¿Ves?”, dijo. “Estás a tiempo de echarte atrás”. Levantó la barbilla, y me miró con orgullo, acomodando el gesto al desafío, personificando de pronto a una sirena de hielo, que aguanta lo que le digan, dispuesta a aceptar mi renuncia en ese mismo momento.
“¿Qué pasó?”, pregunté. “Un accidente en moto. Todavía tengo la rodilla, pero de ahí para abajo me lo tuvieron que cortar”. “¿Y por qué me iba a echar atrás?”, sonreí. En seguida mi sonrisa se replicó en su cara. “No sé. Hay tipos a los que les corta el mambo”.
“No tiene porqué”, dije, y la besé con toda la ternura de la que fui capaz.
Respondió a mi beso con entusiasmo. Liquidamos el tiramisú y nos vinimos a casa, dejando que la pasión se instale entre nosotros con naturalidad, con ganas, con humedad, con impaciencia.
Todo fue bien hasta ahora.
Hasta que ella, incorporándose en cuatro patas, pidió perrito.
Ahora la veo desde arriba, y con cada embestida de mis caderas, puedo notar como la prótesis va separándose de la rodilla. Si miro un poco hacia el costado puedo ver el pie de plástico en un ángulo completamente antinatural. La prótesis tiene una especie de tela para amortiguar el roce de la piel en donde la pierna fue amputada, que entra en una oquedad de plástico y alambre en la que el muñón encaja, y dispone de tiras de sujeción que se desprendieron ya del todo.
Ella no se da cuenta, pero yo no puedo seguir empujando mientras la mitad inferior de la pierna se aleja de la superior.
Es como tratar de comer comida china sosteniendo dos lombrices en lugar de palitos. No puedo. Mi hombría se entrega finalmente, y puedo escuchar un pop patético cuando su cuerpo me expulsa por falta de turgencia.
Apoyo el pecho sobre su espalda, con la respiración agitada, y apenas consigo murmurar un “perdón” vacío, triste y sin sustancia.
Ella, despacito, se deja caer sobre la cama semi deshecha, boca abajo. Mi cuerpo la acompaña, la sigue en una inercia flácida y casi involuntaria.
Le acaricio una mejilla. Ella resopla.
“Perdón”, repito. No entiendo muy bien por qué, pero me siento extremadamente culpable, como si el respeto por ella misma, como persona y como mujer, tuviera que reflejarse en la capacidad de ignorar esa pierna que falta, el muñón calloso que asoma impávido, la pierna plástica que yace en un ángulo inverosímil, enredada en la frazada de cuadros escoceses que mi madre me regaló hace doce años.
Su silencio tiene algo de atroz. Hay un demonio en mí que de alguna manera espera que ella me diga que no pasa nada, que es normal, que a todos les pasa la primera vez que están con ella. Pero no lo hace. No dice nada. Solamente respira, y en su respiración pesada puedo adivinar que está aguantando las lágrimas, que quiere llorar, pero no va a hacerlo.
Me dejo caer hacia su derecha. Una vez a su lado, vuelvo a acariciarle la mejilla, la beso en los labios y busco su mirada, que me esquiva.
Paso las yemas de mis dedos por la base de su espalda, deteniéndome en la cruz de su cintura.
Transcurren un par de minutos durante los que siento cómo el silencio se instala entre nosotros, cómo nos aleja, creando un abismo de soledad entre los dos, en el que ella lucha contra la mutilación de su cuerpo y su alma, y yo contra el desconcierto y la culpa.
“¿Querés que hablemos de lo que pasa?”, pregunto, intentando sonar comprensivo y empático.
Ella endurece el gesto, y me mira con dos aguijones crudos, marrones, oscuros y crueles.
“A mí no me pasa nada”, dice, con indiferencia. “Sos vos, que no se te para”.
Se da vuelta, dejándome naufragar en una profunda sensación de desamparo, asomado a lo que promete ser una larguísima noche de insomnio, a solas con su espalda.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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