Cuando un perro te lame la cara, te pica la nariz. Es como una especie de mal olor dulce y húmedo, un aliento carnívoro y penetrante. Pacha mueve la cola, rápido, en un vaivén frenético y casi cómico, mientras sacude la lengua rosada, tirándose encima mío1La forma correcta es encima de mí, pero el narrador es un niño, y por eso hay algunas incorrecciones gramaticales..
Y me lame la cara. Yo intento apartarla sin mucho empeño, porque por alguna razón que no conozco el picor dulzón me hace reír, como cuando Papá me hace pedorretas en la barriga, y el bigote marrón me raspa sobre el ombligo. Una clase de risa que no puedo parar. A veces hasta lloro de esa risa.
Mamá, esta mañana, nos avisó que la teníamos que sacar a jugar a la plaza. A mí me gusta ir a la plaza, pero no siempre, porque a veces está Patricio, que es peleador y grandote, y siempre se mete conmigo y me insulta y me pega. La semana pasada lo hizo adelante de Gabriela. No creo que sepa que me gusta Gabriela, pero igual me hizo quedar como un boludo. Y encima estaba con amigas. Las vi reírse de mí. Pero me la re banqué y no lloré. Le dije a Patricio que es un forro y un taradúpido, y salí corriendo para la puerta de casa. Por suerte Pacha me perseguía. Creo que pensaba que estábamos jugando a las carreras.
A Pacha le encanta jugar a las carreras.
Cuando bajamos, a mí me cuesta un poco abrir la puerta del edificio, porque es de fierro negro con vidrios, y es muy pesada. Ella espera molestándome, justo entre mi pierna y la otra puerta. Y ni bien le pasa la cabeza, sale corriendo como loca, y ladra y pega saltitos con las patas de adelante, mientras la cola —el alegrómetro, como le dice Papá— se le agita como si tuviera cosquillas o tos.
Y yo corro detrás de ella.
Nunca la alcanzo, pero me gusta perseguirla. Ella mira hacia atrás, afloja el paso para dejar que la distancia se achique un poco, pero nunca mucho, y se mete donde los niños están jugando a la pelota.
Se meten conmigo porque no me gusta jugar a la pelota. No me gusta porque son muy bestias y se empujan y se dan patadas. Y además porque no me sale. Cuando pateo la pelota no va a donde estoy mirando. Sale para cualquier otro lado. Y eso que estoy seguro de que entiendo cómo se mueve una pelota. Si los miro jugar a ellos, puedo adivinar a dónde va a ir la pelota según cómo patee el jugador, pero si pateo yo la pelota hace cualquier cosa. Lo que quiere. Y me enojo y los otros chicos me putean y no quieren que juegue.
Cuando hay que armar equipos siempre nos eligen últimos, al gordo Bengoechea y a mí. Nadie nos quiere en su equipo. A veces me alegro porque Sergio, que es así cancherito como Patricio, me tiene un poco de pena y me elige antes que al gordo Bengoechea. Y será tonto, pero me gusta que lo haga, y lo miro con agradecimiento. Mamá siempre dice que es de bien nacido ser agradecido, y que esa es la verdad de la milanesa. No sé bien qué quiere decir, pero seguro que es que hay que agradecer las cosas, y lo de la milanesa no lo entiendo pero me hace reír.
Y Sergio no es malo conmigo. A pesar de que todas las chicas gustan de él o de Patricio, y que las maestras siempre lo están retando porque dice guarangadas en la clase, y está re bueno que te reten porque todas las chicas te miran. Aunque las chicas lo miren y yo no juegue bien a la pelota, Sergio es bueno conmigo.
No sé por qué pienso todo esto justo hoy. Abro la puerta del ascensor y en la planta baja está Héctor pasando el trapo de piso. Mamá dice que hay que ser respetuosos con los trabajadores, que nosotros también somos trabajadores, así que saludo a Héctor con una sonrisa, y él sonríe y me dice: “¿Cómo andás, gurí?” Dice “gurí” porque es uruguayo, como Mamá y Papá. A mí me gusta que sea uruguayo.
Pacha está toda impaciente y mueve un montón la cola, y se acerca a Héctor y le chupa las manos. Héctor se ríe y le hace un mimo en la cabeza. Me gusta Héctor porque es bueno con los niños y con los perros. Mamá dice que alguien que es bueno con los niños y los perros no puede ser nunca mala persona.
Tiro y tiro de la puerta, mientras Pacha se para en las patas de atrás y me rajuña2Igual que en el caso anterior, elijo rajuña en lugar de rasguña por mantener la voz infantil. las piernas y ladra.
Al final abro, y como siempre, ella sale como una bala.
Corro atrás de ella, como siempre, y aunque hago caso a Mamá, esta vez me olvidé de mirar, y no vi el taxi que venía por Caboto a toda velocidad. No lo vi, Mamá. No lo vi.
Y me acordé de todo esto porque Pacha me empuja la cabeza con el hocico, y me lame la nariz, y hace que me pique.
Tengo sueño, Mamá.
No sabes cómo la quiero a Pacha. Un montón la quiero. Me pica la nariz, Mamá.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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