Verónica empujó la puerta de no sabía dónde. Un pub de estilo irlandés, en un barrio de una ciudad de casas bajas, de esas que hay en los países anglosajones, y en ese contexto —pensó—, tenía todo el sentido del mundo que el pub fuese irlandés.
Richard, por su parte, bajaba de un taxi frente a una cafetería refinada cerca de la Puerta de Alcalá, en Madrid. Sentía una emoción profunda, casi aterradora. “Fuck”, pensó, en inglés, antes de percibir cómo todas las personas que pasaban por ahí carecían de rostro, y por alguna razón extraña, no podía verles los pies. Un perro, como a treinta metros, cagaba generosamente en el cordón de la vereda, mientras su dueña fingía no darse cuenta de la abundancia fecal que el cánido regalaba a la sociedad.
El pub irlandés estaba, como todos los pubs irlandeses del mundo, hecho de madera oscura. Todo era de madera oscura, repleto de tréboles verdes y banderines de instituciones deportivas que Verónica desconocía meticulosamente. El fútbol siempre le había parecido embrutecedor y aburrido. Sin embargo, había un rincón de su alma que necesitaba desesperadamente saber si el Chelsea había ganado contra el Barcelona, en el partido de Champions League que, la noche anterior, se había disputado en el estadio del equipo inglés. Se sintió rara, y no fue hasta el momento de fútbol cuando cayó en la cuenta de estar pensando y sintiendo en inglés, idioma que, por su trabajo de camarera, chapurreaba apenas con más voluntarismo que acierto. Pensó en su padre. Se sentó en un taburete en la barra, que sin razón aparente transmutó en una mesa, en la que, frente a ella, se sentaba un hombre envuelto en llamas, que no emanaba calor.
Richard insultó a la propietaria del perro, y con mal humor empujó la puerta de la cafetería. No había mucha gente a esa hora. No pudo evitar, sin embargo, notar que todos los clientes eran hombres, que todos llevaban una chaqueta blanca arremangada, y que continuaba sin poder percibir los rostros. Algo le decía que todos esos hombres eran más atractivos que él, mejores hombres, mejores personas. La única mujer era una preciosa joven de rizos oscuros, que detrás de la barra pasaba un trapo con desgana por la superficie de mármol.
Las llamas se apagaron. Tras un simple parpadeo, Verónica se encontró en un parque soleado, que recordaba, vagamente, a sus primeros años en Liverpool. Un hombre carbonizado la lanzaba al aire, y ella reía plenamente, con esa clase de risa que solamente experimentan los niños pequeños. Podía sentir la risa entre las costillas, propagándose por el abdomen, subiendo hasta rasparle la garganta.
Richard ocupó una mesa demasiado pequeña, demasiado femenina para su gusto. Se encontró incómodo en la butaca minimalista y evidentemente cara, y experimentó un acceso de esperanza que no supo identificar. Miró a la chica que continuaba en la barra, y la esperanza se deshizo en una tristeza profunda y un sentimiento de abandono. Chasqueó los dedos, llamándola. Ella levantó la vista, e hicieron el primer contacto visual.
El parque se desvaneció en un remolino de felicidad, y en seguida Verónica sostenía un helado de limón, que chorreaba pegajoso por el dorso de su mano izquierda. El hombre carbonizado la llevaba de la mano derecha, tenía una sensación de zozobra que no era suya. Ella estaba feliz con el helado, feliz con el hombre carbonizado, con los reflejos del sol en los autobuses rojos, con el corazón latiendo, con la textura del limón manchándole los labios. De alguna manera, supo que el hombre carbonizado estaba conteniendo el llanto. Creyó recordar muchas tardes de helados de limón, el tacto de la misma mano grande y masculina, protectora, pero nunca antes la sombra de un llanto contenido.
“¿Qué le sirvo, señor?”, preguntó la camarera, con una sonrisa que pobló la confitería de alas de mariposas azules. “She doesn’t know me”, pensó Richard. “She can’t remember me”. Se aclaró la garganta, y le rozó apenas el brazo al decirle: “Just a cup of coffee, please”. Ella sonrió, y respondió en un muy mal inglés: “Shuer. Ráit nau”. Richard la contempló caminar hacia detrás de la barra, y experimentó una sensación de ausencia, de desconocimiento, de ignorancia pacífica. La chica sacó el portafiltro de la cafetera, para golpearlo contra el borde del cajón al que iba a parar el café apelmazado, y se detuvo en seco, sosteniéndolo sin saberlo. Lo miró a los ojos. Su cara se transformó.
Entonces Verónica se vio a sí misma adulta. Mujer. El hombre carbonizado continuaba aferrándole la mano. Con la otra le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. “Love you, baby. I’ll see you soon. I promise”, dijo, con la voz cargada de angustia, justo antes de deshacerse en una tormenta de cenizas.
La chica de la barra, después de sostener su mirada durante casi treinta segundos, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. “¿Papá?”, preguntó, con la voz temblando. “Fuck”, alcanzó a pensar Richard, antes de deshacerse en una tormenta de cenizas.
Despertó en su cama, con el pulso desbocado y una angustia punzante en el centro del pecho, solamente un segundo antes de darse cuenta de que ese día, su hija Verónica cumplía veinte años, donde sea que estuviera. “Fuck”, pensó, secándose una lágrima con el dorso de la mano.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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