Mi trabajo no es demasiado sexy. No le gusta a nadie, pero a mí me da paz. Es solitario, y el titilar somnoliento de los tubos de neón marca un ritmo casi imperceptible, un parpadeo teatral, que me sitúa siempre en el terreno de la reflexión, un páramo yermo en el que no me cuesta aferrarme al cliché desértico de los cactus y las bolas de pasto rodando.
Casi siempre, mi pensamiento se va con los amores fallidos. Supongo que sería justo decir que soy raro, tímido, retraído y reservado. No puedo evitar vestirme de una forma que resulta, como mínimo, anacrónica, y para muchas mujeres ridícula. Y como me cuesta hablar con ellas, soy un usuario crónico de las aplicaciones de citas. Tengo una sola foto, en la que se me ve con el pelo negro, engominado, de raya al costado, severa y unos lentes de carey cuyo marco marrón y amarillo perteneció a mi padre, y sólo después de su muerte me atreví a llevarlo a la óptica y encargar mis cristales bifocales de joven miope, o hipermétrope, nunca sé. Se ve que algo en esa foto, un aire romántico de desamparo, la mirada intensa, los labios carnosos o la sonrisa tímida, despierta compasión en cierto tipo de mujeres, así que termino teniendo una o dos citas al mes, que en general no van más allá de una cena repleta de silencios incómodos, miradas alternando entre los ojos y la mesa. Soy como una sopa fría, de la que muchas quieren beber, pero una vez servida no le abre el apetito a nadie.
Por eso me refugio en el trabajo, y es paradójico, porque es a la vez la gran salvación de mi vida, y la principal razón por la que las hadas de Tinder desaparecen sin portazos ni lágrimas, simplemente con un rastro de perfume de supermercado, o en el mejor de los casos, agua de colonia del Duty Free.
Quizá mi carácter hermético se deba a que, después de la muerte temprana de mi padre —que era relojero, un hombre paciente—, mi madre encontró consuelo en brazos de múltiples parejas ocasionales, que traía a casa sin ninguna reserva. Compartieron su cama profesores de rodilleras en los codos, borrachos sin sombra que se iban tambaleando apenas salía el sol, agentes de la ley que dejaban el arma respirando insomne en la mesa del comedor, corredores de seguros de portafolios de cuero de imitación, marineros de lengua eslava y afilada, y hasta un luchador de catch entrado en carnes, venido a menos, avejentado y grosero. Yo pasaba esas noches acurrucado en mi cama, en nuestro departamentito de dos ambientes de La Paternal, con frío y pensando en cualquier cosa con tal de no escuchar los susurros, jadeos, gemidos y a veces bofetadas que provenían de la habitación de mi madre. Rolo, mi hermano menor, dormía a pata suelta, babeándose y sibilando por la nariz, sin ofrecer compañía ni consuelo, para que a la mañana siguiente me tocara a mí vestirlo, prepararle el desayuno y llevarlo a la escuela.
En invierno, por alguna razón nuestro hogar se hacía más visitable para esos hombres. Quizá fuese la lluvia, quizá mi madre se pusiera más cariñosa. No lo sé.
Mamá murió de cirrosis a los cuarenta y cuatro años, y Rolo se alistó en una fuerza de paz internacional que opera en Oriente Medio.
Yo me quedé en el departamentito, y nunca fui capaz de mudarme a la habitación principal, en la que mi madre había dado amor y soledad a tantos hombres. Sigo durmiendo en mi cama de niño, y acosado por el crucifijo mugriento que me vigila desde la pared.
Por eso mi clienta de hoy me afecta tanto. Tiene el pelo castaño, que le cae en bucles turgentes sobre los hombros, y dos clavículas aterradoramente simétricas, perfectas, que hacen un huequito donde se podría acurrucar un cachorrito de labrador.
La nariz también es una oda a la simetría, dividiendo en dos el rostro más hermoso que vi en mi vida. Los labios son como espuma de azúcar, rosada y pálida, apetitosa y suave, y los senos le caen un poco a los lados.
Fue cuando le levanté ligeramente los párpados que reparé en los ojos azules y profundos, y pude sentir la misma emoción que siento cuando en Tinder salta un match, pero mucho, muchísimo más intensa, profunda y real.
Le deslizo suavemente el pulgar por la mejilla, sin poder contener un suspiro. La miro en toda su longitud sobre la mesa metálica, y no puedo reprimir una lagrimita en el momento de hundir la sierra a lo largo del esternón, que cede con un crujido óseo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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