Las luces de Navidad hicieron su apariciรณn, como todos los aรฑos, a mitad de noviembre. Era uno de esos sรกbados en los que ambos tenรญamos los hijos en casa, y por lo tanto un impedimento fรญsico para desatar lo lรบdico festivo en una relaciรณn incipiente. Comimos en un restaurante entre coqueto y casolร , como le llaman los catalanes a lo casero.
Ella estaba hermosa, como cada vez que nos habรญamos visto. Sus labios, abrillantados por el tacto de la carne asada, se hacรญan aรบn mรกs apetitosos que de costumbre.
Salimos a una ciudad que anochecรญa sin vergรผenza, luciendo el enjaezado navideรฑo como una yegua orgullosa que acaba de ganar la segunda carrera del domingo en el hipรณdromo de San Isidro.
Caminamos de la mano, riรฉndonos de tonterรญas y desafiando al cielo abierto con los pelos al viento, esquivando el gentรญo e ignorando por completo al resto de la humanidad. A pesar de estar ambos muy cerca de los cincuenta (ella por debajo y yo por encima), nos comportรกbamos como esos enamorados tontos que se besan bajo el alumbrado, interrumpiendo el paso de personas muy ocupadas que tienen que gastar mucho dinero en muchos regalos inรบtiles.
No era lo suficientemente tarde como para irnos cada uno por su lado, pero tampoco era cuestiรณn de seguir besรกndonos y tocรกndonos por la calle como si fuรฉsemos dos cachorros en celo. Nos detuvimos, uno frente a otro, abrazados en un entrevero de extremidades en acciรณn que lo confundรญa todo. Me mirรณ con los ojitos llenos de chispas, y una sonrisa que calentaba el pecho. โยฟQuรฉ quieres hacer?โ, preguntรณ, pronunciando las ces como si fuesen zetas, con ese acento que, por alguna razรณn, a los argentinos nos resulta tan seductor. โTengo una ideaโ, dije. โยฟY si nos vamos a tu coche y nos damos unos cuantos besos?โ.
Habรญamos fijado como punto de encuentro un parking cรฉntrico, y ella, que padece de una patolรณgica aversiรณn a las maniobras de volante, habรญa estacionado en la รบltima planta, en la terraza del edificio, a cielo descubierto, donde su coche era, sin exagerar, el รบnico en los mรกs de mil quinientos metros cuadrados de superficie disponible.
La propuesta la hizo reรญr. Al ver que yo solamente sonreรญa, con la mirada cargada de sugerencias, se dejรณ vencer un segundo por la estupefacciรณn, pero en seguida se repuso, y tras un beso fugaz en los labios, me respondiรณ: โVamosโ.
Volvimos a entrelazar los dedos, y enfilamos al estacionamiento con paso decidido, ya sin parecer dos perros borrachos rascรกndose el lomo sin intenciรณn de disimular un placer que deberรญa ser รญntimo.
Nunca supe por quรฉ, pero los parkings tienen un ambiente que me sitรบa inmediatamente en guardia. Quizรก es esa alerta casi dogmรกtica que tenemos los que crecimos en el tercer mundo en los lugares solitarios, o tal vez sea una desconfianza a la luz frรญa del neรณn, al eco de los pasos, al acecho potencial de un enemigo entre los coches. Llegamos a la terraza, y allรญ estaba su auto, solo como un camello perdido, hocicando a la noche con una calma proverbial. Abriรณ la puerta e hizo ademรกn de subirse al asiento del conductor.
La detuve con mi brazo izquierdo, y me mirรณ, inquisitiva. โMejor sentรฉmonos atrรกsโ, propuse. Se riรณ, no sin cierto escepticismo.
Nos sentamos bien juntitos, riendo tonterรญas y besรกndonos frugalmente, hasta que un roce casual, una fantasรญa escondida, o el susurro perverso de un espectro sensual nos despertรณ la piel, las manos y las bocas, y la frugalidad mutรณ en avidez, en urgencia, en saliva y palabras dulces. En seguida me asaltรณ. Se acaballรณ sobre mรญ, y como por suerte es petisa, la posiciรณn en el asiento trasero era cรณmoda y natural. La temperatura subiรณ, mientras nos besรกbamos, mordรญamos, tocรกbamos, mirรกbamos y reรญamos casi dentro de la boca del otro. No hay nada mejor que la risa dentro de la boca que te apasiona.
Las ventanillas se empaรฑaron, y nos precipitรกbamos en un deseo irracional y desvergonzado cuando la doble llama de los faros de otro coche proyectรณ un resplandor argentino en el interior del nuestro.
Ella se quedรณ quietita como una ardilla asustada, mientras yo recuperaba el aliento. โSon como los dinosauriosโ, dije. โTienen la visiรณn basada en el movimiento.โ Reรญmos quedamente, con intenciรณn de esperar que, quien fuera que venรญa en el coche, estacionara y saliera sin advertir lo que ocurrรญa en el otro รบnico automรณvil de la planta.
Sorpresivamente, el otro conductor enfilรณ hacia nosotros, y estacionรณ en paralelo, pegado al nuestro. โSon los del parking que nos vienen a reรฑirโ, se asustรณ ella.
Pero no.
Era una familia. Un matrimonio con un niรฑo de unos cinco aรฑos y un bebรฉ de gรฉnero difuso.
El hombre bajรณ primero, y le abriรณ la puerta al niรฑo. Pasaron entre ambos coches, al lado de la ventanilla detrรกs de la cual nosotros nos mantenรญamos inmรณviles, ella aรบn a horcajadas sobre mรญ. Nos mirรกbamos entre pรญcaros y asustados.
โAcรก, Oriolโ. Dijo el hombre. Estaban, padre e hijo, al lado de la rueda delantera izquierda de nuestro vehรญculo. El hombre se bajรณ la bragueta. โHaz como yoโ, ordenรณ. El niรฑo hizo lo propio. โยฟEstรกn meando?โ, preguntรณ ella. โEso parece. ยฟHacemos algo?โ. El desconcierto se apoderรณ de ambos. Nos reรญamos nerviosos, mientras el hombre y el niรฑo vaciaban la vejiga sin ningรบn pudor. Pulsรฉ la bocina. El hombre ni se inmutรณ, pero el niรฑo dejรณ de hacer pis instantรกneamente.
โCreo que hay genteโ, dijo la esposa. Con parsimonia, el hombre finalizรณ su micciรณn sin el menor indicio de vergรผenza, civismo o arrepentimiento, y los cuatro se fueron, caminando hacia la rampa.
Una vez solos, bajamos del coche, para descubrir que no habรญan bautizado con orines nuestra rueda, como pensamos al principio, sino que habรญa una pequeรฑa rejilla de desagรผe en el suelo, junto al neumรกtico. Nos dio asco, pero nos reรญmos una vez mรกs, y volvimos a abrazarnos y a besarnos, mientras la pequeรฑa laguna de vapores amonรญacos se escurrรญa tuberรญas abajo.
Nos despedimos a lengรผetazos, prometiรฉndonos un prรณximo encuentro en instalaciones civilizadas, sin necesidad de contener los deseos. El รบltimo beso fue largo y profundo, y nos separamos encantados, con la sensaciรณn de haber fundado un recuerdo, de conquistar una anรฉcdota en comรบn, de habernos encontrado, sin buscarnos, bajo la luna de noviembre.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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