No somos nosotros, mis amores. No. Son los otros. Son los demás los que nos ven como si fuéramos bichos raros, como si acabáramos de aterrizar provenientes de Andrómeda, como si en nuestros rostros gobernara un helado de banana en lugar de una vulgar nariz.
Vamos de la mano, mis amores.
Y todos nos miran, mis amores.
Nos miran porque caminamos por un sendero flanqueado por cerezos, como si fuese primavera en Japón, pero en realidad es el centro de Buenos Aires una tarde soleada de abril, en la que las escuelas no vomitaron aún sus centenares de niños con las rodillas sucias y los mocos secos pegados en el borde de las narinas.
De mi mano derecha camina Pablo, dando pasitos respingones y con las ondas de pelo rojo flameando al viento, mientras hace preguntas, y al finalizar cada pregunta, repregunta: “¿A que sí, papá?”.
En la otra mano, Daniel apura sus pasitos y abre todavía más sus ojos sorprendidos, con los que parece beberse el mundo entero. Señala las cosas con el índice, en el que una uñita diminuta corona toda su ternura, y también hace preguntas. Y también necesita respuestas. Y también me mira y remata: “¿A que sí, papá?”
Las nubes cambian de forma, ejecutando una coreografía coordinada y rítmica, y tan pronto tapan el sol como se dejan atravesar por sus rayos fulgurantes, iluminando nuestro camino en el que, de pronto, como si fuera un Minotauro guardando un laberinto, un perro negro y grande nos cierra el paso.
Mueve la cola, mis amores.
Mueve la cola y yo, trastornado, lo miro a los ojos, y con mucha amabilidad le pido permiso para seguir nuestro rumbo.
El animal, sin más explicaciones, se para en dos patas, y es tan alto como yo o más. Hace una reverencia británica, y con un gesto de la mano, haciéndose a un lado, nos permite continuar el camino.
Siento las dos manitos apretar las mías, mis amores, y al cruzar el Arc de Triomf puedo saber, sin necesidad de más indicios, que estamos en Barcelona y que estoy soñando.
Miro a izquierda y derecha, y entonces mis amores son dos hombres, más altos que yo, bellos, bien plantados, que me miran con curiosidad de niños desde su hombría recién conquistada. Sonríen.
“¿Quieren seguir soñando conmigo?”, pregunto.
Ambos dicen que sí, papá, que queremos.
Seguimos de la mano, y por alguna razón no me resulta extraño ir de la mano de dos hombres, sino reconfortante. A pesar de que una vieja nos lanza una mirada de reojo, como si estuviésemos violentando una moralidad ridícula en la que los hombres siguen sin poder tocarse, sin poder amarse, a menos que den explicaciones.
Le hago una mueca de burla a la vieja, y cuando lo hago me sorprende que mi lengua sea bífida, y escuchar un siseo ofidio que proviene de mi garganta.
Y ustedes ríen, mis amores.
Ríen a carcajadas, así que me giro para ofrecerles mi sonrisa como premio a la gracia. Pero cuando lo hago, bajo las carcajadas ambos lloran.
Y no es de risa.
Es de tristeza.
“No hay razón para estar tristes, mis amores”, me escucho decir, ya sin acento de serpiente. “El amor duele, pero ese dolor no es más que otra manifestación del mismo amor”. Los veo dejar de llorar, y entonces cada uno de mis hijos pone en mis brazos un bebé.
Tengo cuatro nietos.
Las nubes, que nos acompañaron desde Buenos Aires, bajan hasta los balcones de los edificios.
Llueve con sol, mis amores.
Los nietos me miran con los ojos desbordados, curiosidad y admiración.
Son niños y hacen preguntas, y todos, cada uno de ellos, al terminar una pregunta dice: “¿A que sí, abuelo?”
Se me bloquea la garganta.
Soy feliz, mis amores.
Abro los ojos.
La luz blanca, de hospital, me ciega, y los tubos y el suero no me permiten, ni por un segundo, creer que voy a llegar siquiera a empezar a decirles cuánto los amo y lo agradecido que estoy a la vida por su simple existencia.
Abandono mi cuerpo, con la serena certeza de haber hecho bien mi trabajo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Insisto. A la vieja, ¡que le den!
¿A que si? 😉