Quizá fuera la acumulación sin ton ni son de malos recuerdos, que cuando se apilan son como platos sucios: cada vez afean más la casa entera, y con cada nuevo elemento la dificultad de atacar la pila se duplica. O tal vez, mi vida, no fuera más que el exceso de paciencia que tu amor demanda. Amarte es como labrar madera, hacer un bajorrelieve de un mandala fractal, infinito y exquisito, o como tejer crochet, y de a nudos minúsculos transformar un hilo simple y bobo en orfebrería textil.
Lo cierto, mi amor, es que me cansé de esperar.
Te esperé cuando dudabas entre recibirte o entregarte, cuando los círculos y equis de tus pasiones, agotados entre sí, buscaban infructuosamente alinear tres elementos iguales, para que alguien, de alguna forma, en alguna parte, pudiera sentir que ganaba una partida.
Te esperé cuando decidiste que viajar era la respuesta, y mientras patrullabas el continente como un mastín gendarme, intentando desenterrar de tus emociones mustias una vivencia genuina, un despertar epifánico o una revelación clarividente que te hiciera saber que la vida no trata del resultado final de las grandes gestas, sino de lo que estás haciendo, de ahora mismo, de cada ratito vivido, de cada interacción humana, de ese ademán torcido, ese mohín con la nariz, esa mirada ofrecida, ese gesto cautivo.
Te esperé, también, mi amor, cuando pensaste que el sexo no se trataba de nosotros dos, de tu cuerpo y el mío, de los encuentros con la boca y con las manos, de besos y de abrazos, de expresar el amor con la lengua y los dientes. Entonces saliste a buscar el amante perfecto. Probaste con hombres y mujeres, con ternura y con violencia, con accesorios y sin ellos, con cuerdas, en público y en peligro. Probaste dominar y herir, entregarte sin pudor y en grupo. Probaste morder y ser mordida. Y tu cuerpo, mi amor, que se deshizo en girones, no quedó ni por asomo tan lastimado como tu alma, que se quebró en cien mil partes como una capa de hielo sobre el parabrisas de un coche que duerme su inutilidad nocturna un invierno cualquiera.
Cuando pensaste que el camino era la introspección, te esperé mientras recitabas mantras babilónicos, mientras confiabas tu destino a chamanes impostados en lugares ignotos, recorriendo un camino solitario y sin eco. Escuché, durante horas, tus silencios, intentando leer en ellos el futuro que jamás empieza, la paciencia de la araña que teje por la promesa improbable de un festín pantagruélico, la perseverancia de la tortuga que ve cómo, paso a paso, esa hoja de lechuga se marchita esperando ser deglutida.
Después creíste que el amor no tenía fórmulas, que era un constructo social sin sentido ni razón, y que todo consistía en un transcurrir a la deriva que denominaste “fluir”. Y yo te esperé, observando cómo te vinculabas con ancianos solitarios en los parques, cómo te ofrecías a músicos callejeros que sólo ofrecían melodías solitarias y compases de tres tiempos. Te vi naufragar en las emociones laberínticas de un boxeador mediocre retirado, que sólo hablaba de la única vez que peleó frente a cinco mil personas, y besó la lona. Te vi perderte en la mirada simple de una enfermera de noche, que vagaba de paciente en paciente, comprobando lo ya comprobado, midiendo lo ya medido y adivinando el amanecer por las ventanas del hospital, solo para volver a casa a comprobar y medir al gato y al perro, mientras los peces se compadecían de su soledad líquida a través de un vidrio barato.
Te esperé, mi amor, cuando abrazaste la idea de un nosotros obsesivo, demandante y total. Cuando no te despegabas de mí, y me hablabas del amor mientras cagabas con la puerta abierta, y seguías hablando del amor mientras me hacías felaciones sin amor, o me pedías que te asfixiara durante la penetración, sin parar de hablar del amor. Hablaste tanto del amor, que cuando por fin callaste, del amor ya no quedaba ni el eco.
Me cansé de esperar, mi amor. Me toca a mí, ahora, preguntarle al mundo de qué sirvió tanta espera, gritarle a la lluvia que vaya a mojarle la cara a la puta que lo parió, pelearme a dentelladas con un viento frío en una ciudad de calles empedradas, y amar a otras mujeres sin pánico, sin espera, sin el vértigo instantáneo que produce la incertidumbre.
Me voy, sí. Pero antes, para ser libre, tengo que romper el maleficio, necesito borrarte, eliminarte, desaparecerte, anularte, para poder siquiera encarar el camino del olvido. Y todo eso, mi amor, empieza ahora, por permitirme el alivio inmenso de orinar sobre tu tumba.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


