La primera vez que nos acostamos me puso el condรณn con la boca. No es gran cosa, pero el gesto mismo contiene una carga de amor e intimidad tan sobrecogedora que me conmoviรณ. Creo que es mucho mรกs agradable el sabor de los genitales humanos que el del lรกtex untuoso de lubricante.
Y empezamos una historia de amor, de esas con unicornios voladores y geranios en flor. El sexo se transformรณ en el lenguaje bรกsico del amor, y por las ventanas parecรญan colarse mariposas y arcoรญris de tarde en tarde.
Y ocurriรณ lo que ocurre en estos casos. Borrachos de lujuria y saturados de oxitocina, nos fuimos a vivir juntos. El primer aรฑo transcurriรณ sin turbulencias, mรกs allรก de una discusiรณn que casi nos separa porque un dรญa cualquiera nos cortaron la luz por falta de pago. Superada esa tormenta domรฉstica, continuamos amรกndonos sin que nada alterase la paz.
Fue mediado el segundo aรฑo cuando ocurriรณ.
Un domingo de agosto me levantรฉ perro, perezoso y rascรกndome los huevos con placer. Le ladrรฉ al techo, sin รกnimo de que me respondiese, y eso la despertรณ. Ella amaneciรณ serpiente de cascabel, con una mala leche que llenaba la habitaciรณn. Yo saquรฉ la lengua jadeando, y cautivado por una enorme necesidad de complacerla, de hacerla jugar, de sentirla, de lamerle la cara y agitar para ella mi cola peluda. Ella siseaba con malos modos, y me dijo con voz sibilina: โSi seguรญs molestรกndome te arranco las bolas a mordiscosโ. Lloriqueรฉ un poco, y me echรฉ una siesta en la alfombra del recibidor, mientras ella, en el patio, se enroscaba en la higuera para sentir el sol en la piel frรญa.
A la maรฑana siguiente estรกbamos bien. Tanto que echamos un polvo intenso antes de irnos a la oficina. El sexo fue salvaje: un rastro animal en la sangre nos convocaba a la oralidad. Me hizo una felaciรณn, y casi pude sentir su lengua bรญfida recorrerme longitudinalmente. Tuve un orgasmo furioso, y ella, todavรญa manchada de mi simiente, entrecerrรณ los ojos y dijo: โsssssssssโ. Se levantรณ, regalona, y antes de meterse en la ducha, me advirtiรณ con una sola mirada brutal que no volverรญamos a hablar del tema.
Transcurrieron cuatro o cinco semanas de rutina, en las que el sexo volviรณ a su lugar habitual, sin grandes proezas, con amor y con deseo.
El invierno se agotaba cuando un sรกbado de septiembre nos dio por hacer una siesta fuera de guiรณn. Retozamos un poco en la cama, sin llegar a la penetraciรณn, pero tocรกndonos con dulzura antes de quedarnos dormidos. Cuando abrรญ los ojos habรญa anochecido. Sentรญa las articulaciones totalmente anquilosadas, como si el sueรฑo me hubiera arrebatado los codos y las rodillas. Ella encendiรณ la luz: se habรญa despertado Barbie. En el espejo que habรญa detrรกs de ella, pude ver que yo estaba totalmente Ken, con una expresiรณn imbรฉcil en el rostro, como si fuera un espectador de la vida de otro. Ella me besรณ, con un movimiento rรญgido del cuello y sin abrir la boca. Le devolvรญ el beso, haciendo con la cabeza un movimiento esperpรฉntico y antinatural.
Se acostรณ sobre mรญ, intentando mover sus caderas, como suele hacer cuando me quiere calentar, pero algo iba muy mal. Bajamos la vista, y descubrimos que las entrepiernas de ambos estaban planas: no habรญa genitalidad. Nos miramos, pero nada en los rostros permitiรณ que nos transmitiรฉramos ninguna emociรณn. Ella se levantรณ, poniรฉndose un conjunto de ropa muy sexy en la gama de rosas, rojos y diversos tonos de naranja, y yo una camisa hawaiana con unas bermudas nรกuticas de color blanco.
Al despertar el dรญa siguiente, nos sentimos vacรญos, sin nada que decirnos. La vida parecรญa perfecta, pero aburrida, todos los detalles estaban en su sitio, las flores frescas arriba de la cรณmoda, el retrato de sus padres colgado en el recibidor, la alfombra de piel de vaca presidiendo la sala, la cafetera humeando con olor a Colombia. Pero el alma de ambos, vacรญa.
Otra vez me despertรฉ televisor, pletรณrico de cosas para contarle, pero ella se habรญa levantado refrigerador, y el sexo fue muy frรญo. A mediados de verano, abrรญ los ojos un dรญa para descubrirla impersonada en un hada de cuento, y al mirar al costado de la cama encontrรฉ las piezas de mi armadura, la espada bastarda en el suelo y el escudo con mi blasรณn de dragones sobre campo de amapolas pintado a mano. Fue un encuentro sexual romรกntico y dulce, durante el cual los pรกjaros se acercaron a cantar a nuestra ventana, y los rayos del sol decoraron el perfil de su melena hermosa.
Durante el otoรฑo, amanecimos secador de pelo y rizador de pestaรฑas, y tuvimos un sexo hรบmedo y sucio. Otra maรฑana yo fui nube y ella paraguas, y no me enorgullezco de haber practicado una lluvia dorada, aunque ella fue impermeable a mis requiebros.
Pero no fue hasta esta maรฑana de junio, cuando ella se despertรณ zombi, y yo no habรญa cambiado. Empezรณ a dar vueltas a la cama, con las manos extendidas y murmurando gruรฑidos, babeรกndose.
Yo me levantรฉ, desnudo, con la virilidad balanceรกndose como un colgajo inerte, intentando llegar a la puerta. Cada vez, ella me cerraba el paso.
Reciรฉn ahora, mientras siento sus dientes hundirse una y otra vez en la carne de mi cuello y mi pecho, y veo las sรกbanas ensoparse de sangre, el techo salpicado y las cortinas meciรฉndose al viento, comprendo dos cosas. La primera es que este juego de roles no ha sido mรกs que una manera retorcida y perversa de alejarse poco a poco de mรญ, de revocar mis derechos sobre su sexo, de renunciar a su potestad sobre el mรญo, de dejarme de a poco, porque no es capaz de decir en voz alta que se le terminรณ el amor. Y la segunda, que me muero, sin haber podido decirle cuรกnto la amo.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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