El ascensor parece que no va a detenerse nunca. Su zumbido sordo se deshace en gruñidos tóxicos que se difuminan en las venas de hormigón del edificio dormido.
Planta 4.
No sé cuándo empezó la subida, ni por qué mierda empecé a subir. Sé que subir, aunque parezca obvio, es lo contrario a bajar. De eso deduzco que, en un pasado reciente debo haber bajado. O quizás —solo quizás— estuve siempre abajo. ¿Nací en una planta baja? Eso determinaría cuándo estoy en el estado cero. Si arriba o abajo. La ordenada al origen de mi vida determina, para siempre, la línea base de altura para mi estado natural.
No importa.
La pregunta, lo que me convoca a la palabra es, hoy, para qué carajo estoy subiendo.
Planta 7.
Mi corazón late, y casi puedo sentir cómo la grasa negra unta los rieles que sirven de sujeción y soporte para que el ascensor se deslice, suba y baje. Es sábado, veintiuno de septiembre, y por arbitrio de algún jerarca idiota, hoy empieza la primavera para mí, y para todos los sudacas. Acá no. Acá empieza el otoño, pero yo, como todos los años, lo ignoro y les deseo feliz primavera a personas que están lejos, que siguieron con su vida, que seguramente ni hoy ni mañana pensarán en mí. Y, sin embargo, cada año es como florecer, cada septiembre desgajo una parte de mí, siento tambores de guerra en el vientre y picor en los ojos, mientras el ascensor sube, sube y sube.
Planta 13.
No tiene por qué dar mala suerte. Yo lo veo como un eslabón fundamental en la secuencia de Fibonacci, un número denostado e incomprendido, agredido con frecuencia por una imparidad que puede —por qué no admitirlo— resultar poco elegante. A medida que esta bestia de cables de acero, cemento y rieles gime, y que los números rojos aumentan, de a uno, implacablemente, mi pulso se acelera. Lo hace porque voy a tu encuentro, porque todos los años, el 21 de septiembre, sin falta, tomamos un té y nos evitamos la mirada, respetando lo incómodo de un silencio voraz, pero sin valor para dejar pasar la fecha.
Planta 15.
No es que no te quiera, no. Te quiero, y no me avergüenza decírtelo. Te quiero, pero no me queda nada por decirte. Somos como este ascensor que sube, un continuo sin esperanza, que sabe exactamente lo que pasará, cada planta que dejará abajo, cada palabra que se dirá, cada pequeño reproche disfrazado de nostalgia, cada agresión minúscula sugerida con la mirada, con un gesto de tocarse que muere en el viaje hacia mi hombro, cuando tu mano se arrepiente, se congela, y tus dedos miran a la cara a mi clavícula, con desprecio, diciéndole que no merezco tu tacto, tu mimo, tu perdón, tu indulgencia.
Y vos.
Vos tampoco merecés la mía.
Planta 22.
Aún así, no sé negarme a venir.
No sé decirte que, aunque me importa, aunque me duele, aunque te extraño, las flores de mi primavera individual se fueron decapitando una a una por el camino, y sus pétalos no son más que una alfombra marrón de sustancia biológica podrida. En mis manos prosperan tallos desnudos, en los que solamente florecen las espinas, una promesa de sangre y desgarro, cien silencios otoñales en los que los pétalos se suicidan sin razón, solo por el placer de morir, por renunciar al polen y a la fotosíntesis.
Planta 26.
Ya casi.
Imagino que vas a abrir la puerta y vas a fingir sorpresa, como todos los 21 de septiembre, como cada vez que toco tu puerta. Te gusta fingir que, a pesar de que no hay razón para que te visite, te gusta verme. Pretendés recibirme con alegría, me hacés pasar como si fuese un extraño, me ofrecés té como si fuese una visita de cortesía, y unas galletitas danesas de esas que yo sé que guardás para cuando viene alguien importante. Me las ofrecés con condescendencia, dejándome claro que, a pesar de no ser importante, me estás proporcionando el trato que le das a los importantes.
Planta 32.
El motor del ascensor está arriba, en un cuartito de máquinas que hay en la planta 35, y por eso ahora se escucha más fuerte.
La doble hoja de acero inoxidable se separa con un siseo ofidio, de rieles bien engrasados, de maquinaria precisa y operacional, y mi corazón late más fuerte, golpea y bombea sangre sucia y limpia. Cuando la puerta se abre, ya antes de salir de la cabina de acero, puedo ver el parque, siempre en esa transición melancólica del verde al ocre, y pienso: “primavera, primavera, primavera”.
Pasillo.
Cuando doblo el recodo aparece tu puerta, que curiosamente tiene una letra jota. Podrían ser números, pero en este edificio enorme son letras. No sé por qué, ni quién lo decidió, pero es imposible no pensar en Julián, que el corazón no se vuelque aún más, y una tristeza negra y profunda me llene los pulmones.
Timbre.
Cada vez que vengo, cuando presiono el timbre, escucho la misma secuencia: el televisor que enmudece. Tus pasos lentos. Tu respiración que trae un viento de flores muertas, los cerrojos que se abren, las bisagras que se quejan.
—Hola, mamá —, digo, después de unos segundos de silencio, mientras vos reescribís tu fingida sorpresa.
—Hola, hijo— respondés, invariablemente, mientras los dos recitamos un guion predecible, ridículo e inmutable.
Mesa del salón.
Pero por alguna razón, esta vez hiciste algo diferente.
—¿Querés un café, Ricardito?
Te miro con asombro. En todo este tiempo es la primera vez que me ofrecés café. Entonces te bajás los lentes a la punta de la nariz, y me mirás, con hielo en el alma.
—Hoy hace ya doce años que murió Julián, es hora de terminar con este luto.
Revuelvo el café, conteniendo lágrimas y respirando ruidosamente.
Ahora sé que no nos unía nada más que la culpa.
Sobre la mesa no hay galletas danesas ni té.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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