No sรฉ cรณmo llegamos ahรญ. Puede que ninguno de ustedes me crea, pero lo que me dispongo a narrar no es otra cosa que la pura verdad.
Fue un sรกbado a la tarde. Emilia y yo paseรกbamos por el Moll de la fusta, bajo los rebotes dorados de un sol invernal, pรกlido y medio bobo, contemplando las crestas blancas de las olas lejanas con la expresiรณn estรบpida de los enamorados moldeada en los mรบsculos faciales, mediante el cincel perverso y ambiguo que tiene el amor cuando los aรฑos lo golpean sin miramientos, y a pesar de eso la pareja sobrevive. Que nos amรกbamos estaba fuera de toda duda, y no me corresponde a mรญ explicar por quรฉ pendejo sortilegio absurdo continuรกbamos una relaciรณn que, probablemente, estaba agotada desde hacรญa varios aรฑos.
Al llegar al final de La Rambla, casi sin hablar, mano con mano, como por decreto, nos encaminamos hacia Plaรงa Catalunya, por la acera derecha. Escasos cien metros despuรฉs, vimos la emblemรกtica entrada del Museo de Cera.
Emilia me mirรณ, con algo indescifrable en la media sonrisa, en las mejillas rojas por el frรญo, en un temblor casi imperceptible del labio inferior. Pensรฉ que iba a reprocharme el silencio, o a volver sobre alguno de sus reclamos habituales, la basura en casa sin sacar, el lavavajillas sin vaciar, la inminencia de la comida del domingo, la visita que hay que hacer, las cuentas por pagar, el amor por rescatar, pero no. Simplemente sonriรณ como solamente sabe sonreรญr ella: con la mirada en lugar de la boca, y con su dicciรณn catalana, me dijo:
โยฟTe apetece visitar el museo?
Iba a decir que no, pero pensรฉ en todas las veces que me propone cosas y le digo que no, en las noches entre semana en las que se me insinรบa con el camisรณn de florcitas lilas que tan lindo culo le hace, y yo me hago el distraรญdo, en las tardes de domingo, despuรฉs de la siesta, cuando dice de ir juntos a pasear al perro, y le digo โandรก vos, corazรณn, que estoy con la depre del lunesโ, o cuando hornea palmeritas de hojaldre que hace con la masa que yo tenรญa comprada para una tarta de espinacas, y no me puedo enojar porque le quedan deliciosas, porque lo hace con ilusiรณn, con las miguitas del amor que nos tenรญamos, con una sonrisa que se desvanece dรญa a dรญa.
Entonces dije que sรญ.
Pagamos, y al entrar al museo un aire inmรณvil me poblรณ de silencio. Las luces parecieron atenuarse, y la temperatura de la mano de Emilia descendiรณ varios grados. La pรฉrdida de calor me distrajo por un instante, y reciรฉn entonces reparรฉ en las figuras estรกticas, en los rostros que, por intento de ser iguales a alguien, terminan por parecer una mueca terrorรญfica ensayada por un payaso diabรณlico, en las partรญculas de polvo suspendidas en el aire, que inmovilizan el tiempo, colรกndose por la nariz y los ojos y la boca.
โVoy al baรฑoโ, susurrรณ Emilia, casi con vergรผenza por romper un silencio sacro. โAndรกโ, murmurรฉ, fascinado por la quietud de la locura, por los ojos vidriosos, por la secuencia de maniquรญes sin esperanza que, uno detrรกs de otro, custodiaban los pasillos vacรญos.
Doblรฉ a la izquierda, y entonces empezรณ todo. Sentรญ un frรญo criminal en la nuca cuando, por pura casualidad, me encontrรฉ cara a cara con una estatua de cera de mi madre. Tenรญa una expresiรณn de espanto y un vestido verde, y si bien su rictus soviรฉtico y sus manos pรกlidas eran casi irreconocibles, se trataba indudablemente de ella, de sus reproches silenciosos, de su presencia รกrida. Quise moverme, y sentรญ que su mirada me seguรญa. Apurรฉ entonces el paso, y casi me choco con Malena, mi novia de la adolescencia, que se suicidรณ apenas dos meses despuรฉs de que la dejara. Malena estaba de rodillas, mirรกndome implorante, con la tristeza pintada en la mirada vacua, y su minifalda de jean dejaba ver dos rodillas lastimadas, ensangrentadas sobre un lecho de grava gris en el que una mancha oscura se extendรญa, acusadora.
El pulso se me disparรณ. Girรฉ sobre mis pies, intentando deshacer mis pasos para buscar a Emilia, y en su lugar, el Seรฑor Cabrales, mi maestro de primaria, me miraba con enojo, con su รบnico diente brillando en la boca negra, que me transportรณ inmediatamente a su aliento fรฉtido, a sus humillaciones constantes, a sus clases eternas, al sopor del aburrimiento entre las explicaciones sobre el hรญgado y el pรกncreas y los adjetivos y los predicados y la divisiรณn por dos cifras.
Corrรญ.
Los maniquรญes se volvieron borrosos entre la angustia, o quizรก fuera el sudor que me caรญa sobre los ojos, pero lo cierto es que dejรฉ de reconocerlos, concentrado en escapar.
Resbalรฉ sobre un charco encerado, y me di un golpe fuerte en el codo, intentando evitar aterrizar con la nuca. Al levantarme, me encontrรฉ de nuevo cara a cara con Emilia.
Estaba inmรณvil.
Con el camisรณn de florcitas lilas.
Con una tristeza infinita en la mirada.
Con una mano sobre el corazรณn, la otra sobre el pubis.
Me latรญan las sienes.
Levantรฉ el รญndice y le toquรฉ una mejilla.
El tacto resbaladizo de la cera me sembrรณ en mi centro, me sacudiรณ el alma, me invadiรณ el sistema nervioso.
El cristal impรกvido de sus ojos pardos me helรณ la sangre, me transformรณ en cemento el aire en los pulmones, me llenรณ los intestinos de espuma blanca.
Vomitรฉ.
Vomitรฉ sobre sus pies.
Levantรฉ la vista, secรกndome el sudor frรญo de la frente con el dorso de la mano.
De sus pestaรฑas infinitas, por absurdo que parezca, colgaba una lรกgrima gorda, grande.
Nunca supe cรณmo abandonรฉ el museo, ni quรฉ pasรณ con mi vรณmito, ni cรณmo lleguรฉ a casa.
Nunca supe nada mรกs de Emilia.
Nunca volvรญ a visitar el Museo de Cera.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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ยฟCรณmo te atreves a hacerte el distraรญdo? ยกยกยกCamisรณn de florecitas, por Dios!!!
Si fueran rosas quizรก… ๐