Sus pulgares giran sobre los pรกrpados, intentando cรญrculos, pero sin lograr en realidad ninguna geometrรญa precisa.
Quizรกs porque los pรกrpados cerrados no dejan realmente adivinar la esfericidad completa de los globos oculares.
Tal vez porque el cuerpo desnudo, sobre la mesa de madera, tiembla bajo las correas de sujeciรณn como si se tratara de un perro mojado que, pacientemente, espera que su amo le ofrezca las sobras podridas pegadas al fondo del caldero.
O tal vez porque las salpicaduras decoran el suelo y la piel como un mosaico tenebroso, pinceladas rojas que, de a poco, se vuelven oscuras, casi negras.
Podrรญa ser, tambiรฉn, por lo amarillo de los dientes, que asoman sucios por la boca entreabierta, los labios agrietados por los golpes, el cuello perforado de quemaduras.
La miro nuevamente, mientras Monseรฑor continรบa el masaje ocular, suave, diciรฉndole a la bruja palabras tranquilizadoras, prometiรฉndole que, de confesar, conservarรก la vida.
Ella no hace mรกs que temblar.
La falta del pezรณn izquierdo es, quizรกs, lo menos geomรฉtrico de la escena. No me gusta cuando Monseรฑor me hace terminar el trabajo de otro. Los demรกs son torpes. Ese pezรณn no debรญa haberse arrancado. Parece amputado a mordiscos por alguien con mala dentadura. Hay jirones de carne en los bordes, y las moscas que revolotean en la sangre seca me distraen, molestan y zumban anticipando el disfrute de un cadรกver entero. Es lo que menos me gusta de mi trabajo, que hay demasiadas moscas. Se lo dije a Monseรฑor un montรณn de veces, pero parece que mi reclamo no es justo, o no importa. Quizรก bastarรญa con cerrar las ventanas, pero los otros se quejan del calor de la fragua, de lo sordo de los gritos, de los crujidos de los huesos al romperse, de los llantos, de los mocos, del olor cuando los torturados se cagan encima, de los vรณmitos. Se quejan de todo, y entonces parece que lo de las moscas es una tonterรญa, pero es importante porque no me concentro, no puedo compenetrarme con el dolor del cuerpo tendido en mi mesa de trabajo, ni encontrar la inspiraciรณn perdida en el zumbido, en el bullicio de la calle, en el rojo de la sangre fresca.
Monseรฑor nunca me escucha. Le digo que los otros son brutos, animales sin oficio, violadores y castigadores. Yo no. Yo soy un artista. Cada herida la dibujo con precisiรณn, la creo desde la piel a la carne. Cuando desgarro lo hago porque quiero, con belleza y con propรณsito. Lo de este pezรณn parece un trabajo del preboste, que cuando se cansa de los nรบmeros y las monedas baja a divertirse un rato. Sobre todo si sabe que hay brujas. Estรก casado con una panadera entrada en carnes, el muy necio, y le pide a los lamebotas de por aquรญ que lo dejen solazarse un poco. Ellos lo hacen porque saben que el preboste puede darles mรกs monedas.
Yo no.
Cuando me entregan un cuerpo es mรญo. Nadie mรกs puede tocarlo, excepto Monseรฑor, porque es el que trae la palabra de Dios. Ademรกs, Monseรฑor es duro pero justo. Nunca lo vi violar, y estableciรณ la veda de la lengua y los ojos, por caridad cristiana. En realidad, si lo pienso bien, nunca lo vi hacer ningรบn daรฑo. Solamente les habla durante mis descansos.
Causar dolor es un trabajo intenso. El cuerpo humano es mucho mรกs resistente de lo que parece. Sobre todo el de las mujeres. Dios las hizo para aguantar el dolor del parto, y por eso es un desafรญo mucho mayor. Obtener la verdad a travรฉs del dolor es mรกs difรญcil. Aguantan hasta desmayarse, hay que ser un verdadero artista para hacerlas hablar sin que se mueran antes de tiempo.
Pero volvamos a la bruja.
Monseรฑor le sigue hablando. Ella gimotea sin responder, y yo, sosteniendo con una mano las tenazas al fuego, espero impaciente. Calentar las tenazas en la fragua sirve para que las heridas sangren menos. Lo hago porque no me gusta limpiar.
Finalmente, Monseรฑor se harta.
Lo admiro porque ni siquiera se le nota en el semblante, ni en la forma de hablar.
โParece que no conseguimos nada, Persioโ me dice.
โDรฉjeme probar otra vez, Monseรฑor.
โClaro, adelante.
Porque lo tenรญa planeado, y para demostrarle que soy mucho mejor que los otros, recojo la tenaza del fuego, y le arranco el otro pezรณn de un corte limpio, que casi no sangra, gracias al elemento purificador del fuego. La bruja encorva la espalda. Grita. Aรบlla como un lobo, ulula y llora.
Pero no confiesa.
Monseรฑor, harto de los intentos fallidos, me increpa:
โยฟQuรฉ hace falta para que hable, Persio?
โPuedo hacerla hablar, pero necesito hacer una de las cosas que estรกn prohibidas, Monseรฑor.
โยฟQuรฉ quieres, Persio?
โQuiero sus ojos, seรฑor.
Aprueba con un gesto de la barbilla, y se gira para retirarse. No puede presenciarlo.
Vuelvo a poner las tenazas al fuego.
Soy la justicia de Dios.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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