Los ochenta fueron los aรฑos de la cocaรญna. Y Buenos Aires no fue una excepciรณn. El otoรฑo del โ82 nos encontrรณ mรกs nevados que nunca, habitando una ciudad entregada a las discotecas, los clubs nocturnos, los bares de mala muerte y un desfile interminable de personajes tan entraรฑables como siniestros.
Cafishios, barmans y taxistas se llenaban los bolsillos a cuatro manos vendiendo polvo de รกngel, y yo merodeaba en un desierto extremo, plagado de moscas, quilombos, mรบsica disco, casadas infieles, esqueletos de biromes Bic y, ocasionalmente, alguna que otra profesora de piano. La dictadura agonizaba, las bolsas de cadรกveres volvรญan una tras otra desde Malvinas, llenas de carne de caรฑรณn, y nadie preguntaba nada, porque nadie querรญa ninguna respuesta.
Conocรญ a La Zarina (no de hornear pasteles, sino de reinar en Rusia) en mi garito de Boedo que se llamaba Al oeste de la zona. Allรก acudรญa todas las noches una mezcolanza de borrachos sin esperanza, traficantes de migas de pan, seductores derrumbados, putas de segunda mano y delincuentes comunes. Era un ambiente sรณrdido en el que nadie destacaba por nada, excepto por el olor de sus dientes podridos, lo pรกlido de su piel o la cantidad de noches que habรญa pasado en el calabozo el รบltimo mes. Por eso la llegada de La Zarina fue tan sorprendente.
Recuerdo que esa noche, tenรญa yo un par de gramos que habรญa apartado para mรญ, y un espejito de mano en el estante bajo la caja registradora, con tres rayas listas para el nariguetazo. Estaba parado detrรกs de la barra, haciendo tiempo mientras fingรญa secar un vaso que no lo necesitaba, dibujando cรญrculos en su interior con un trapo que no tenรญa nada que discutirle a un paรฑal sucio.
Ella entrรณ, deslumbrante, con un abrigo blanco con plumas falsas en el cuello, un gorro ruso con estampado de leopardo, fumando Virginia Slims y custodiada por un sรฉquito inverosรญmil de maleantes a sueldo, dos o tres mujeres de la noche y un perrito de mierda en brazos.
Sus secuaces entraron a paso rรกpido, relojeando el local con profesionalidad, sin intenciรณn de disimular los bultos metรกlicos bajo las axilas, y con muy malos modos desalojaron las dos mesas del fondo, justo las que estaban delante del espejo de media pared.
Hice ademรกn de protestar, genuinamente ofendido por el maltrato al que se sometรญa a mi distinguida clientela, pero entre la mirada de lobo feroz que me lanzรณ el pistolero mรกs grande โque cortรณ la leche que estaba en la jarrita de la cafeteraโ, y los pasos beodos de los desalojados que buscaban refugio sin protestar, decidรญ quedarme en el molde.
โLa cuenta de los caballeros la pago yo โanunciรณ un segundo pistolero, mรกs para la audiencia general que para mรญ, mientras los beneficiarios se ponรญan ya a una distancia prudente de la mesa de La Zarina, y levantaban la mano pidiendo una Quilmes bien frรญa.
Despuรฉs de servir a los desposeรญdos, y luego a la mesa presidencial, que sin reparar en gastos pidiรณ vino blanco, cerveza, ginebra con hielo y una picada especial de salame y queso, volvรญ a mi puesto vigรญa detrรกs de la caja registradora, anhelando un descuido ficticio que me permitiese ejercitar el resfrรญo boliviano.
No llegรณ.
En cambio, La Zarina me hizo un gesto con la mano.
โVenรญ, tenemos que hablar โexigiรณ, con la tranquilidad de quien acostumbra que sus รณrdenes se acaten sin chistar.
Me acerquรฉ a la mesa, mientras el sรฉquito real se abrรญa en abanico, para dejarme solo frente a ella.
Era de una belleza insultante. Los ojos eran de un azul de mentira, profundos, enmarcados por pestaรฑas empastadas por exceso de rรญmel. Los labios pintados de rojo furia endiosaban un rostro de una palidez desconcertante, sin duda patrocinada por Avon.
โยฟCรณmo te llamรกs, tesoro? โpreguntรณ. En ese instante me di cuenta de que era mayor de lo que parecรญa. Yo mediaba por entonces una treintena desfavorecida y mal llevada. Ella, estimรฉ, andarรญa araรฑando los cincuenta, por la parte baja.
โMe dicen Beto.
โAlberto entonces.
โAlberto estรก bien.
โAlberto, tengo que decirte que me encanta cรณmo tenรฉs este lugar. Parece Europa.
Mentรญa, y los dos lo sabรญamos. Cualquier persona que la oyese sabrรญa que mentรญa. Mi bar se caรญa a pedazos. Se lo alquilaba a un armenio mafioso que, adicionalmente, me pasaba la coca y se llevaba su parte.
โGracias โrespondรญ. No sabรญa bien con quรฉ me iba a salir.
โNecesito que me hagas un favor, Alberto.
La mirรฉ en silencio. Ella, dueรฑa y seรฑora de la situaciรณn, esperรณ un instante devolviรฉndome la mirada. Se llevรณ el cigarrillo a los labios, y hablรณ nuevamente detrรกs de una nube de humo.
โVas a cambiar de proveedor de blanca.
โNo puedo โrespondรญ inmediatamente.
โTe lo pido como un favor por ser amable โme mirรณ intensamente, bajando el mentรณn para acentuar el azul de la mirada.
โEl armenio me mata.
โYa hablรฉ con รฉl. No te va a molestar. Te prometo que cuando salga del hospital va a venir derecho a decirte que todo bien. Quizรก hasta te rebaje un poco el alquiler, que estรก caro, teniendo en cuenta lo impecable que le mantenรฉs el boliche.
En ese momento me asustรฉ. Ella volviรณ a fumar, y seรฑalรณ a los maleantes que la acompaรฑaban.
โTodos los martes estos dos te van a traer merca, y te van a cobrar lo que tenga que ser. ยฟEstamos?
โยฟPuedo decir que no?
โNo.
Nos dimos la mano, y me sirviรณ un trago de la botella de ginebra que les habรญa dejado en la mesa.
Me hablรณ de su pueblo natal, llamado Diamante, y de su posiciรณn creciente en el comercio local. Cuando por fin creรญa que se irรญan, me dijo que los tratos se deben cerrar entre amigos. Me hizo cerrar el bar, y me llevaron con ellos a un edificio del Once, viejo pero esplรฉndido.
Amanecรญ en su cama.
Desde esa noche, fue mi proveedora y amante durante mรกs de seis aรฑos. Seis veranos y seis inviernos entre volutas de humo, vapores de ginebra y polvo blanco. Hasta que una banda rival la secuestrรณ, la violรณ por turnos durante horas, y abandonรณ su cuerpo desnudo en Plaza Miserere, con un agujero de nueve milรญmetros en la frente.
Entonces decidรญ cerrar el bar, y pasรฉ los siguientes cuarenta aรฑos recordando su boca y su cocaรญna, su risa poderosa y los Virginia Slims.
Por eso hoy, aunque me haya extendido un poco, tengo el placer y el honor de darles la bienvenida a La Zarina, mi nuevo Resto Bar, aquรญ, en Palermo Soho, donde podrรกn ustedes disfrutar de cรณcteles de autor y exquisitos aperitivos. Como comprenderรกn, y debido a la legalidad vigente, no se permiten drogas en los baรฑos ni fumar en el local.
Brindo por ella, y sepan disculpar las lรกgrimas de un hombre viejo.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Virginia Slim… quรฉ despropรณsito… yo le robaba los More mentolados a mi madre…