—¡Cracovia!
—¿Qué te pasa, carajo? —Cracovia sale de la cocina, frotándose las manos en el delantal de osos panda, ese que le marca el pecho y la cintura.
—Hoy estoy del orto. Pero mucho.
—¿Por qué?
La miro, sintiendo mis mejillas explotar. Las venitas se agrupan a los costados de la nariz, y la temperatura de mi piel sube, mientras, avergonzado, admito para mí mismo que no puedo intentar controlar el rubor. Con la mano derecha, le acaricio suavemente la mejilla.
—Los pendejos estos de mierda. Todo el día quejándose. Que si la empresa no nos deja trabajar desde casa, que si el papel higiénico es berreta, que el café es feo. ¿Y yo que carajo tengo que ver? Andá, pendejo de mierda, peleate con compras, con recursos humanos, con quien puta sea, pero a mí dejame en paz, que me paso por el forro del orto tus quejas de milenial de mierda.
—¿Eso les dijiste?
—No, ojalá pudiera. Tengo que poner mi mejor cara de pelotudo y escuchar las pajas mentales y las pequeñeces que piensan todos, uno tras otro. Al ejército los mandaba. Dos o tres años de servicio militar en Sierra Leona, y a ver con qué pendejada me venís después de cagar en letrinas y comer rancho.
Cracovia sonríe. Cuando la veo sonreír pienso que tiene cara de polaca. Y no es raro, porque es polaca. También pienso que, hasta que la conocí, yo no tenía ni la más puta idea de qué cara tienen las polacas. Ni los polacos. Hace seis años ya, y todavía no sé escribir la mierda de apellido que tiene, lleno de doble ves y zetas y consonantes que le sobran por todos lados. ¡Estos polacos! Alguien les robó las vocales de chiquitos.
—¿Querés té? —pregunta, con su acento rugoso y dulce.
—No, dejá. No hace falta. Quiero quedarme en calzoncillos y mirar la puta tele a ver si se me va el mal humor de mierda que tengo.
Me siento en el sofá, y no sin esfuerzo, me saco los mocasines y las medias. Los de mi generación sabemos qué ponernos para ir a la oficina medio decentes, no como estos desgraciados que vienen con los pelos de colores, tatuajes asquerosos y chancletas. “Hay que ser inclusivos”, dice la empresa. Mierda de inclusividad te voy a dar. No se puede confiar en estos tarados.
Prendo la tele, y otra vez la misma basura. La subnormal de la reina Letizia presentando una poronga de acto benéfico de qué se yo qué carajo. Cambio de canal. El control remoto de la tele es mucho más poderoso que el mango de la sartén.
Cracovia entra. Trae dos cervezas frescas y unas papitas.
Se sienta a mi lado, y sonríe con una sonrisa polaca. Hace seis años tampoco sabía cómo son las sonrisas polacas, pero resulta que son como abrir la ventana y dejar que el viento te limpie el pecho por adentro, que el aire de la noche entre cabeceando como un cachorro que juega, mordiendo el viento, haciendo flamear la lengua y goteando saliva de puro feliz.
—Qué buenas que están estas papas, mi amor. ¿De qué marca son?
—Son las Prrrringles de siempre, bicho. Las que te gustan, de cebolla y ajo.
—Gracias, mi vida.
Le pongo la mano izquierda en el muslo, mientras con la otra voy pescando papas, tratando de usarlas como escudo vivo contra la anestesia televisada.
Cracovia, sin venir a cuento, me besa en la mejilla.
Distraído, intento un gesto de beso frunciendo los labios y haciendo el ruidito ese de mierda que se hace para comunicarle al otro que el beso ocurrió, y tarde me doy cuenta de que acabo de besar un fantasma.
A Cracovia no le importa, la veo volver a apoyar la espalda en el sofá, con la sonrisa polaca en los labios.
Me río.
—¿De qué te reís, vida?
—Pensaba que tampoco sabía cómo son las sonrisas polacas— me giro hacia ella. La miro a los ojos. Sonríe.
—¿Y cómo son las sonrisas polacas?
—Como la tuya. Llenas de dientes blancos.
—¿Y qué más?
—Y con los labios carnositos y jugosos.
—Entonces me hace feliz tener una sonrisa polaca.
Dejamos de hablar, sonriendo ambos, cómplices en un juego sin reglas ni vencedores, que empieza y termina cada tarde, y culmina algunas noches en su piel polaca, en sus pechos polacos, en sus manos polacas, mucho más atrevidas que sus palabras, o simplemente en una mirada pícara.
Me quita la mano de su muslo, y entrelaza sus dedos con los míos.
Están calentitos, y puedo sentir como el calor se propaga por el brazo, hasta el centro del pecho.
Sé que ya no tengo la cara colorada.
En la tele, una niña dorada salta a la cuerda porque las toallitas femeninas con alas son la llave a la libertad y a un mundo feliz.
La busco con los ojos.
—Polaca, ya no estoy del orto. ¡Cómo se nota que sos sicóloga! ¿Qué me hiciste?
Se ríe.
La risa también es polaca.
—No te hice nada —baja la vista y en seguida vuelve a hacer contacto visual.
—Algo me hiciste. Un truco sicológico. ¿Qué es?
—No es nada —replica—. Solamente un poco de amor.
Seguimos viendo la tele.
Mañana le pido a los de compras que cambien la marca de papel higiénico.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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