Paré el motor en la puerta, como me gusta hacer cuando voy a zonas en las que se puede. Me sentía nervioso, ilusionado y un poco abrumado por la situación. El local era un sucucho infame en avenida Warnes, con los vidrios sucios y una marquesina penosa en la que, por gracia del óxido y las telarañas, aún podía leerse el nombre del establecimiento: “Sin piezas no hay paraíso”.
Al abrir la puerta, una campanita de esas de tubitos de metal tintineó ridículamente sobre mi cabeza, mientras yo asomaba la nariz a un mostrador repleto de porquerías. No se veía a nadie, así que tímidamente pregunté lo obvio.
—¿Hay alguien?
A los pocos segundos, un hombre de mi edad apareció, proveniente de la trastienda, limpiándose las manos en la pechera del delantal.
—Buenas —saludó— ¿Qué recambio andás buscando?
—Hola. Estaba queriendo una cabeza nueva.
—¡Uf! Ta difícil. La semana pasada me entraron como veinte rodillas izquierdas y un montón de meñiques, pero ando corto de cabezas. ¿Qué le pasa a la que tenés? Yo la veo bien, no está abollada ni nada.
—Es una mierda. No piensa en otra cosa.
—Claro. Me imagino. Modelo setenta y tres o setenta y cuatro, ¿verdad? Salieron así, rebeldes. Hacen lo que se les canta el culo.
—Sí, modelo setenta y cinco, en realidad.
—Son las peores. Mi primo tiene una, y no para de darle vueltas a la mejora del agujero del mate. La muy hija de puta está convencida de que puede hacer que el mate sea más práctico cambiando la forma del agujero, y no hay caso, che. No la puede sacar de ahí. ¿La tuya qué hace?
—La mía tiene un berretín filosófico. Está todo el día pensando en las implicaciones éticas de la medicina moderna en relación al alargamiento de la esperanza de vida.
—Mirá vos. ¿Sos médico?
—No.
—¿Filósofo?
—Tampoco. Soy cerrajero, pero a la muy puta le dio por ahí.
—¿Tiene tema de descanso?
—Sí. Cuando descansa piensa en mujeres. Sexo todo el día. Pero eso creo que no es por el modelo, sino parte de la funcionalidad. Está en el diseño de las cabezas de hombre, me parece. Las de ahora vienen mucho peor.
Piensa un rato. Me cae bien. Tiene un bigote ancho, en el que empiezan a notarse las canas. Mi cabeza se pregunta si estaría bien que hiciera un tratamiento contra la alopecia, pero intento mantener el foco.
—De verdad me gustaría ayudarte. ¿Cómo te llamás?
—Mariano.
—Mirá, Mariano, te puedo ofrecer codos nuevos.
—Ni a palos. Los que tengo doblan perfecto.
—Tengo una cosa que es robada, iría sin factura ni papeles, pero te va a alegrar la vida. ¿Te interesa?
—Puede ser. ¿Qué es?
—Una poronga de veinticuatro por siete. Se pone dura como el garrote de un mamporrero. Ya sé, tu cabeza no va a dejar de pensar lo mismo todo el rato, pero te juro que es material de primera.
—Nooo. ¿Adónde vas con ese trabuco? Con esa grosería no hago un culo nunca más. A mí dejame con mis catorce por cuatro que me va bastante bien, que la mayoría de las minas se asustan si ven un narguile de ese calibre. Y sé de lo que te hablo. En una época tuve una de veintidós por seis. La mitad de las veces que me iba con alguien de un boliche, nomás verla me mandaba para casa con los pantalones por los tobillos, haciendo el pingüino y con la calentura encima.
—¿Sabés que no lo había pensado? Tenés razón.
—¿Qué más me podés ofrecer?
—Tengo otra cosa que es la pomada, pero es todavía más ilegal.
—¿Qué es?
—Un corazón de mujer. Está nuevito. Veintiséis años de uso. No más de ochenta pulsaciones al minuto en alto rendimiento. Era deportista, la piba. La reventó un camión.
—¿Y por qué decís que es cosa fina?
—Porque con un corazón así ves el mundo de otra manera. Vas a soñar con un futuro mejor, a ser más sensible… dice el Chino, el de la ferretería de acá a la vuelta, que un pinta de la hinchada de Vélez se puso uno y dejó de ser barrabrava para aficionarse a la cerámica. Paró de romper cráneos y empezó a hacer poesía y esas mierdas de artistas. Dice que ahora es mucho más feliz, pero claro, se emociona con frecuencia, así que de fútbol nada.
—¿Vos decís? Es que me preocupan un poco los efectos secundarios. ¿Se puede graduar? No es por nada, pero me imagino ahí nomás con el corazón de la pibita latiendo como loco por cualquier boludez, y qué querés que te diga, da un poco de cagazo.
—Noooo, no seas boludo. Si te lo ponés, fijo que te vas a enamorar.
—Todo bien con enamorarme. Pero es que esta cabeza de mierda no sabe qué hacer con el amor. Es lo que pasa cuando se mezclan piezas clave de distinto origen. Me parece que mejor me quedo con cabeza y corazón de serie.
Asiente con la cabeza, mostrando silenciosamente su acuerdo, mientras mira unos cajones que están arriba en la estantería.
—Tengo unas cuantas tetas por ahí, pero están todas desemparejadas, por eso las tengo baratas.
—No, ¿de qué me sirven si no tengo una mujer donde instalarlas?
—Tenés razón. Pará. No te vayas. Te ofrezco lo mejor que tengo. Lo que tengo guardado para la gente exigente de verdad.
Sonreí torcido. Al final siempre es igual, hay que negociar mucho para conseguir lo bueno.
—¿Qué tenés?
—Una espalda. Perfecta, derechita, sin nada de escoliosis. Impecable. Este nunca cargó una bolsa de arena, te lo juro.
—¿Y para qué la quiero? Ya tengo una y funciona bastante bien.
—Acá está el secreto. No es para que te la cambies. Es para que tengas dos, y esta te queda al alcance de la mano.
—¿Y?
—Y entonces te la rascás vos mismo, exactamente dónde te pica, sin ayuda de nadie. Y si estás triste la abrazás y le das palmaditas. Le podés hacer masajes y todo. Te volvés independiente. No vas a necesitar más a nadie.
Pensé unos momentos. Me visualicé frente a la chimenea, reflexionando sobre la ética de la autosatisfacción, y me decidí.
—¿Cuánto?
—Baratita te la puedo dejar.
Regateamos casi una hora más, hasta que nos pusimos de acuerdo. Me la envolvió con mucho cuidado, y me la puse bajo el brazo, donde estaba calentito. Me despedí desde la puerta.
—Gracias, Pedro. Me salvaste el día.
Salí a una tarde ventosa y gris, rascándome suavemente la nueva espalda. Por primera vez en mi vida, sentí que no dependía de nadie para nada. Me dio vértigo, pero supe, sin dramatismo alguno, que por fin estaba preparado para la verdadera soledad.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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