Te parecerá triste. A mí también me lo parece. Evoco tu imagen y me da vértigo. Me retrocede, inerme, hasta la tarde de agosto en la que me hiciste sentar en el escaloncito de la puerta gris, la de la casa de la vieja loca, al lado del colegio, y me pintaste los ojos por primera vez. “Quieto, tonto”, me dijiste. “No duele nada”. Entonces eras toda sonrisa y lengua. Recuerdo que me impresionó la movilidad, como si invadiera mi boca un molusco que al mismo tiempo sufre un ataque de pánico, pero con la suavidad lubricada de la saliva y la dulzura. Después me soplaste los ojos.
Y si no te parece triste, entonces decime qué te parece. Pasaron treinta y pico años, Daniela.
A final de ese año dejamos de vernos, y algo de vos se quedó en mí. Hoy no sé si así se define el amor, con artificios de besos y sexo, o mejor aún, con ausencia y silencio.
Apareciste, o te convoqué de vuelta, casi veinte años después. Ya sabés cómo pasó. Arañamos a nuestros matrimonios semanas de chat y llamadas furtivas, silencios culpables y mentiras piadosas. Se hizo brutalmente real en el aeropuerto de Santiago, cuando segundos después de un abrazo tembloroso, me empujaste con urgencia a la capilla, blanca y aséptica, y me besaste sentada en el mismo banco en el que diez minutos antes alguien había conversado con su dios —que no es el mío ni el tuyo— acerca de sus dolores de cadera, quizá el precio de la leche, o tal vez su miedo a morir.
Escapados, nos refugiamos en un bolichito sucio en el centro de Buenos Aires —el sucuchito, lo llamaste—, donde una vez más me enfrentaste a un espejo deslucido en el que mi hombría se reflejaba poco, porque tus caderas la tapaban.
Te destripaste sobre mí, una vez, y dos, y veinte, abriéndote desde el esternón a la pelvis, como un pajarito para el que ya terminó el viaje.
La última tarde de esa semana de locura, cuando yo empezaba a pensar que quizá —solo quizá— todo no era más que calentura, que vos habías cruzado los Andes y yo el Atlántico para recrearnos en la sombra de un amor quinceañero, pero ya asomándonos al principio de la madurez, cuando comenzaba a preguntarme qué había de real detrás de los gemidos y las felaciones y las piruetas de cama, algo en vos lo cambió todo. Charlábamos desnudos sobre la cama, y recuerdo aún hoy cómo los rayos del sol, filtrados a través de las persianas bajas del aguantadero del centro, atigraban tu piel, dándote el aspecto inverosímil de una gata lamiéndose, acicalándose bajo mi mirada. Tus ojos, como siempre, me golpeaban el hígado con cada parpadeo. Hablábamos de tu hijo, de los míos, de la distancia. Era un momento, quizás, más íntimo que el sexo. Sentía esa picazón que provoca en la entrepierna el ejercicio del amor, y de alguna manera me visualizaba a mí mismo como un Marlon Brando de segunda, filmando Último Tango en París con bajo presupuesto.
Y entonces un estornudo traicionero me robó la dignidad, haciendo que un moco importante asomara a mi nariz, medio sólido, y se quedara colgando.
Me puse rojo.
Vos conjuraste, sin esfuerzo, una sonrisa solar, una ternura infinita en la mirada. Sin decir nada, me pusiste una mano detrás de la nuca, te acercaste despacito, y con un gesto sensual de tu lengua recogiste delicadamente el moco de mi nariz, y sin dejar de interpelarme con tus ojos verdes, te lo tragaste, como habías hecho poco antes con mi semen, como hacés con la saliva y con el hambre.
En ese momento, Daniela, supe que estaba enamorado de vos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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No es moco de pavo…
Sería una historia pava si lo fuese 😉