—Fijate si ya está descongelada la leche —pregunta Miriam—. Píter debe estar por llegar.
—Le falta un poquito —responde Alicia.
Miriam resopla un poco. Debía haberse acordado antes, cuando Píter, como todos los días, salió a correr sus veinte minutos rituales.
—Bueno, no pasa nada.
Miriam pasa un trapo por la mesada, con el gesto contrito. Ve de reojo como Alicia la mira con devoción. Es lo más parecido a una mirada de amor que puede pedirse. Píter entra, arrastrando a su alrededor el aire tibio de la primavera. Lleva puesta una camiseta sin mangas de los Chicago Bulls, y unos pantaloncitos cortos rojos, que dejan adivinar la silueta de su hombría. Gotas de transpiración hacen rappel por sus bíceps, provocando que su piel, blanca, brille. Huele a sudor fresco y a bosque. «¡Qué bien hecho está!», piensa Miriam. Pero no lo dice. Píter bebe agua de la botella, y luego se seca el cuello con un repasador.
—¿Podemos hablar un momento, chicas? No estoy bien. Ni siquiera salir a correr me despejó la cabeza.
—Ahora hablamos —dice Miriam—. Sentate en el sofá.
Píter se sienta, recuperando todavía el aliento, y aún con el repasador en la parte trasera del cuello.
Miriam se pone a su lado.
—Ya sé que vos decís que somos una «trieja», y que no tengo por qué sentirme menos. Pero ¿qué querés que te diga? Sigo sintiendo que ustedes dos tienen una conexión de la que yo me quedo afuera.
—No seas tonto —dice Miriam—. Vivimos los tres juntos, comemos juntos, cogemos juntos. ¿Qué más querés?
—Si, tenés razón, pero sigo sintiéndome menos, como afuera de algo. Ustedes ya estaban juntas cuando nos conocimos. Supongo que eso me hace sentir tercera rueda, de alguna forma.
Píter la mira a los ojos. Miriam, al ver que se le humedecen, se le acerca, sosteniéndole la mirada, le pone los dedos en la nuca y dice, con dulzura.
—Aflojá, dale.
Comienza, por encima del pantalón, a acariciarle el pene con movimientos lentos, haciendo presión. Píter le toma la muñeca, deteniéndola.
—Pará, te estoy hablando. ¿Ves que solamente me querés para el sexo?
—No seas mufa, dale, que es sábado.
Miriam le regalonea el cuello, lo besa despacio y sensual, le restriega las tetas en el pecho, mientras retoma las caricias. Píter se relaja ligeramente.
—Mirá cómo estás —le dice, sonriendo y mirándolo a los ojos—. Alicia, vení, mirá esto.
Alicia, que continuaba secando los platos del desayuno, los mira por encima del hombro, y sonríe al ver que Miriam masturba suavemente a Píter. Los pantaloncitos rojos ya están en el suelo.
Miriam se acomoda sobre el sofá, estirándose hacia el costado, y se mete el pene en la boca, casi con glotonería.
Píter gime.
—Así no se puede hablar —dice, con la respiración entrecortada.
Miriam ríe, lo mira a los ojos.
—Después hablamos. Ali, vení, ayúdame, dale.
Alicia se acerca por el otro lado del sofá, y se aovilla al lado de Píter. Miriam continúa con la felación, y Alicia se suma. Se besan entre ellas, con el pene de Píter entre ambas lenguas, rodeándolo para encontrarse al otro lado, ensalivándolo con una mixtura de ambas. Píter reclina la cabeza hacia atrás, y pone una mano en la nuca de cada una de las chicas.
Después de unos minutos, lo sienten tensarse, apretar las nalgas en medio de un gemido, y con mini convulsiones pulsantes, tener un orgasmo exiguo. Apenas unas gotas de semen acuoso salen por el glande.
Miriam, satisfecha, retira la boca y mira a Alicia.
—Tragá eso, que no quiero manchar el sofá— ordena, señalando el glande con el dedo índice.
—Si no es nada —dice Alicia.
—Dale, no me hagas rogártelo— un destello de miedo nubla los ojos de Miriam, pero es tan fugaz que Alicia, presa del momento, no consigue advertirlo.
Alicia lo rebaña suavemente con la lengua, y se traga lo poco que Píter expulsó.
Se miran a los ojos, entre ellas, de esa manera tan íntima que —lo saben—, causa que una y otra vez Píter se sienta excluido.
—Ahora —dice Miriam.
Las dos ponen al mismo tiempo una mano sobre el escroto de Píter, y con la otra atrapan, entre el índice y el pulgar, cada una un pezón.
—Uno, dos, tres —dice Miriam.
Pellizcan, presionan el escroto, y giran los pezones un cuarto de vuelta en sentido horario.
Se oye un chasquido seco, y Píter pone los ojos en blanco, relaja los brazos y yergue la cabeza.
—Sistema en modo mantenimiento —dice—. Para editar parámetros de configuración, diga “parámetros”. Para vaciar el estómago, diga “limpieza”. Para reponer insumos, diga “insumos”. Para elegir orientación sexual…
Con un toque rápido en el pezón izquierdo, Miriam interrumpe la locución con premura, evitando sumergirse en una opción inquietante.
—Insumos —ordena Miriam, interrumpiendo la locución—. Ali, traé la lechita.
Píter vuelve a endurecer la erección, al tiempo que dos compuertas se abren bajo las mandíbulas, una sobre el estómago y otra, pequeña, en la base del pene, justo encima del escroto.
—Dame —dice Miriam, recibiendo en la mano derecha un cartucho con líquido blanco—. Y ya que estamos revisale los niveles de saliva y el tanque de sudor.
Mientras Alicia comprueba los depósitos, Miriam remueve el cartucho vacío, y lo reemplaza por el que acaban de descongelar.
—Cartucho seminal instalado correctamente —dice Píter, con los ojos en blanco—. Nivel restablecido al 98 por ciento. Para configurar los mililitros por eyaculación, diga “volumen”. Para finalizar, diga “finalizar”.
Miriam se levanta, arreglándose la ropa.
—Esperá. No lo actives todavía —pide Alicia.
—¿Qué pasa?
—No sé. Que extraño cuando estábamos solas. ¿Lo tenemos que tener activo siempre?
—Ya sabés que sí, mi amor. Yo también me lo planteo, a veces. Y extraño cuando estábamos solas. Hagamos algo. Te prometo que en cuanto me quede embarazada lo decomisionamos.
—Es que no me gusta. Vos sos bi, pero yo no. No me gusta tener que chupársela y esas cosas.
—Había que vaciarlo, ¿qué querés? —se defiende Miriam.
—Siempre me toca a mí.
—No es verdad. Vení, tonta. Dame un beso.
Miriam la atrae hacia sí. Alicia la besa, profundamente. Se abrazan con pasión. Miriam, sintiendo la respuesta física de Alicia, y cómo ella empieza a acariciarle la espalda y las nalgas, le hunde los dedos en el pelo, y comienza a acariciarle la nuca.
Se oye otro chasquido.
Alicia deja caer los brazos al costado del cuerpo, y pone los ojos en blanco.
—Sistema en modo mantenimiento —dice.
Abrazada al pecho de Alicia, Miriam no escucha el menú que ya sabe de memoria. Permanece un par de minutos abrazada, con la mejilla sobre el pecho de Alicia, y la mirada fija en las sandalias que lleva, llorando en silencio, con sollozos ahogados. Luego revisa los niveles de líquidos de Alicia.
Se acomoda en la ventana y enciende un cigarrillo.
Se pregunta, con cierto temor, si no sería mejor comprar un bebé artificial.
El círculo rojo dibujado sobre el calendario en la pared no admite demoras. Es hoy. Está ovulando.
Se seca las lágrimas.
Apaga el cigarrillo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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