Nunca voy a estos lugares, Petunia, te lo juro. Y no es que no me inviten. Lo hacen todo el tiempo. Ya sabés, el gimnasio está lleno de testosterona, y los pibes son así. A la que se juntan ocho huevos en el mismo lugar se les pone dura la poronga entre ellos solos. Pero de verdad, Petunia, que no era mi intención.
Dejame que te explico desde el principio. Esperá, dame un pañuelo. No quiero llorar, pero por las dudas, que soy bien hombre pero a veces me da por ahí.
El Toto, lo ubicás, el que es bajito pero macizo. Vestido parece gordo, pero si lo ves en cueros es un toro el hijo de puta. Bueno, el caso es que él y Pancho, el del kiosco de la vuelta, se pusieron a boludear con que era un día perfecto para coger. Yo estaba por ahí nomás, haciendo mi rutina de brazos, sin meterme con nadie, como hago siempre, pero me hizo gracia la conversación.
En eso apareció el Marciano. No sé cómo se llama en verdad, pero viene siempre. Es uno ni bajo ni alto, que tiene un aro en la nariz. Y enseguida entró al trapo, que si ju ju, que si ja já. Y no sé cómo estamos todos en el coche del Pelado Ramos, encarando para la Panamericana.
En diez minutos nos plantamos en un puticlub. Esperá, no te enojés. Yo fui por hacer camaradería, y no pensaba hacer nada con nadie.
Era raro el lugar. Se llamaba Donde lo chiquito está tremendo. El nombre me pareció una grasada. Pensé que era un chiste malo con el tamaño de la chota. La cosa es que entramos y pedimos unos tragos.
Te juro que yo estaba tranqui, sobre todo escuchando las boludeces que decían, sin opinar ni nada. Me conocés, soy calladito. Si no es para mejorar el silencio, ni abro el pico.
Cuestión que el presentador anunció un nuevo pase, y de golpe, el local se llenó de enanos y enanas medio en pelotas. Y ahí, claro, se me despertó la curiosidad. Nunca había visto nada igual. Vos me conocés, yo no soy putero ni nada, pero de repente las enanas se empezaron a sacar la parte de arriba. ¿Podés creer que nunca me había planteado que las enanas tenían tetas?
Obvio que tienen. Se les hamacaban como cocos en una bolsa de compras, una locura. Ahora que lo pienso no sé si estaban operadas o no.
Nada, entonces las enanas empiezaron a bailarnos sensual al lado de la mesa. El Pelado, que se estaba cagando de risa, va y le pone un billete de dos lucas a una en el tanga. La petisa se le encaró enseguida, y el otro, ni lerdo ni perezoso, le puso las manos en el culo al toque.
Resulta que la enana sabía lo que hacía. Estábamos sentados como en un sofá, así que se subió y empezó a moverse adelante del Pelado, que se hacía el boludo, pero ya estaba caliente como un mono.
Y la verdad, Petu, yo estaba callado. Solo mirando y tratando de sacar tema de conversación con Pancho. Pero él también estaba caliente como chorizo a la parrilla.
Te la hago corta. Media hora después estábamos rodeados de enanos y enanas haciendo movimientos lascivos, y los otros cuatro gritando como mandriles. Yo no, ¿eh? Te lo prometo, Petunia.
Cuestión que se para la música, y viene el jefe del local a preguntarnos cómo estábamos y si nos hacía falta algo. Le pregunta al Pelado, que parecía un lobo de ésos de los dibujos animados. Charlan un toque, y le ofrece al Pelado pasar un rato distinto, guiño guiño.
El Pelado, caliente como una tetera china, le pregunta que cuánto por dos enanas. Y ahí va el cafisho y le dice que en cincuenta lucas le deja media hora con dos. Por setenta con tres. Al Pelado se le iban los ojos.
Yo le dije que no lo hiciera, Petunia, te juro, pero ya sabés cómo son los pibes. Empezaron con que no seas puto, que dale, que cuándo en tu vida te vas a coger a una enana, y esas cosas.
Al final me enroscaron. No quería injuriarte, de verdad. Pero me enroscaron, y lo siguiente que me acuerdo es que estoy entrando a una habitación medio sórdida, en la que me espera una enana en bolas en una cama de agua. Traté de no hacer nada, pero enseguida la enana me la empezó a chupar. Yo no quería, pero tenía oficio la piba. De verdad te lo digo. Me arrastraron.
Me empujó en la cama y me vendó los ojos. Y sentí que entraba alguien más a la habitación. Pregunté y la chica me dijo que no me preocupara, que me relajase. Me hizo acostar boca abajo y te juro, me empezó a hacer unas cosas con la lengua que me volvieron loco. Empezó… ¿cómo te lo digo? Me empezó a trabajar el culo. Me aflojé todo. Tanto que cuando empezó a empujar yo estaba entregado, y no protesté. Sentí un frío que después entendí que era lubricante de ese de gelatina. Cuando me quise dar cuenta la tenía adentro. Hasta el fondo.
Me saqué la venda, y en la esquina de la cama estaba la enana tocándose.
Y entonces me di cuenta… dame el pañuelo.
Me di cuenta, mi amor, de que estaba siendo sodomizado por un enano en un quilombo de Martínez. Y lo peor es que me estaba gustando.
Por eso te lo cuento, Petunia.
Es irreversible: soy nanosexual.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


