No soy un narrador. Ni siquiera un escriba. Soy poco más que un trovador, un escupidor de historias. Alguien que cuenta cosas. Me paso el día relatando. Escribo notas en papeles inconexos que sistemáticamente extravío, y al encontrarlos después, revivo sus palabras como si fuese nuevas, las replico en otros papeles, con diferente tinta y pulso. Tengo decenas de cuadernos marca “Meridiano”. Son todos iguales, con un espiral y tapa dura a cuadritos, y en ellos me derramo día tras día, con tinta violeta y azul, mientras me despellejo las yemas de los dedos al redactar permanentemente textos en el teléfono móvil.
A veces es agotador, porque mi propia disquisición está tan al día de mi vida que sepulta el concepto: narro tanto que ya no tengo nada que decir. Entonces todo se vuelve trivial, y la realidad misma alcanza a la ficción. Me sorprendo narrando el acto de narrar, contándolo con palabras sencillas, de las de todos los días. No las de salir, ni las de gustarle a las chicas, sino las de ir al supermercado, las de explicarle al peluquero que así no, que me gusta más corto en la nuca y los rizos sueltos sobre la frente. Mi pluma se vuelve, en esos momentos, fugaz, como una sensación leve de estar demasiado lleno, un eructo agrio que invade la garganta y, con un andar paquidérmico, abandona mi cavidad bucal como un viento que inevitablemente morirá en la siguiente pared, o el berrido incontrolable de un pedo inoportuno.
No es algo que me preocupe, de todas formas. Siempre lo viví mucho más como una demanda de mi carácter que como una expresión artística. No busco gustar, instruir ni legislar, sino más bien drenar pacientemente un torrente de garabatos que se producen en alguna zona indeterminada entre los pezones y el agujero del culo, al que suelo decirle “ojete”, pero sé que se llama “esfínter anal”.
Hace un tiempo, sin embargo, vengo notando cosas extrañas. Lo que escribo en papeles sueltos, servilletas, papel higiénico o esquinas de panfletos sobrescritos, se ha vuelto romántico. No por palabras cursis ni por ganas de llegar al corazón de una damisela desprevenida —que las chicas de mi edad se pasan la poesía por ahí mismísimo—, sino por desaguar un río inesperado, un manantial de belleza que me invade y me sobrecoge, me asusta a veces.
Cuando eso pasa, mis pasiones se desorientan, la realidad pierde sentido, y experimento una profunda zozobra. Me enamoro de nadie y de todos. Por amor sufro y por amor muero, y es maldición y redención el caudal incontenible de desamor que mi verbo destila, para los oídos ingratos de nadie, que nadie me lee y nadie me escucha. Para los labios que, desprovistos de besos, cierran para siempre, conjurando castidad y silencio. No me importa confesarlo: cuando la lírica acude a mis nudillos, se vuelve una tortura el hecho simple de estar vivo.
Lo que escribo en mis cuadernos, no obstante, ha sufrido una transmutación metódica. La prosa comienza por el principio, desgrana argumentos y razona razones. Aplasta filosofías enteras y pelea batallas perdidas con la gallardía precisa de quien, armado del don de la palabra, se parapeta detrás de una armadura gramatical poderosa y brutal. No paro de explicar el mundo, y a la vez dejo de encontrar razonables todas las explicaciones. Argumento tan pronto que Darwin fue un majadero insoportable obsesionado con los monos, como que la alineación de los astros no es más que una casualidad cósmica, matemáticamente predecible y patéticamente adoptada por los seres humanos como explicación ridícula de sus debilidades emocionales. Los cuadernos “Meridiano” se apilan sobre la mesa de mi cuarto, y mi madre, día tras día, intenta tirarlos a la basura, mientras mi retórica impecable los defiende y le explica a esa señora —por demás germen y origen de mi vida y existencia— que no, que no puede privar a la humanidad de tal poderosa clarividencia, que el pensamiento es, quiera o no, la herramienta final de la verdad, el azote implacable de la ignorancia, y la abstracción necesaria del amor.
Pero lo que de verdad me sorprendió, lo que me trae de cabeza, me llena de asombro y me produce una ruptura de consciencia, es cómo está cambiando lo que escribo en el móvil.
La tontería rascada con ambos pulgares sobre la pantallita se está volviendo adolescente y malcriada. Mis propias palabras se ponen pendejas y me discuten mierdas, llamándome “bro” o “payo”. El otro día, un texto mío no dejaba de mascar chicle y mirarme con desdén, mientras por la ventana del bondi descubría que la chica que me gusta se pintó el pelo de verde. Traté de poner firme al texto, pero me sacó el dedo del medio y empezó la cacería bestial de un moco que le asomaba por la nariz, al que atrapó entre la uña sucia y el dedo, y procedió a fusionar con el chicle desabrido que tenía en la boca.
Todos los días camino por la avenida de la vuelta de casa, esa que no sé cómo se llama. Doy vueltas para tardar más en llegar, y no tener que soportar a mi mamá, y mientras tanto relato las desventuras sufridas esa misma mañana en la escuela, durante el trayecto de vuelta o cuando fui al baño.
Pero ya no es simple rebeldía. Escribo esto antes de sucumbir al pánico, porque ahora mismo, mientras esquivo la mierda de perro que hace peligrar las suelas de mis zapatos, acabo de descubrir, muerto de asombro, que al texto que estoy escribiendo en mi teléfono le está empezando a salir pelo en los huevos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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