El ofidio, siseando levemente, estiró su cabeza hacia adelante, con un parpadeo apenas perceptible en sus pupilas.
–Sssiempre es igual. Sssiempre fallásss al final.
–¿Por qué tengo que darte explicaciones?
–Porque hace añossss que te escucho, que te aconssssejo.
–Nadie te lo pidió. Por mí podés irte ahora mismo y no volver más.
Samuel, hastiado de la conversación, giró la cabeza hacia la ventana. La presencia de la serpiente siempre lo incomodaba. Ofelia, sabedora de la incomodidad, reptó hasta ponerse a su lado, y se irguió, en posición de periscopio, sobre su propio cuerpo, hasta tener la boca a la altura de la oreja de él. Mostró y ocultó su lengua varias veces, como gustan hacer los ofidios.
–Perdón. Me ayudás mucho, ya lo sé. No quise ofenderte.
–No me ofendéssssss. Aunque quissssierass. Pero te recuerdo que sssoss huérfano, essstásss ssssolo, y a nadie másss que a mí le importan tus boludecesssss.
–A veces no sé si me querés ayudar o si querés hundirme.
–¿Por qué iba a querer hundirte?
Samuel volvió la cara, para encontrar los ojos del reptil. Le sostuvo la mirada. Había algo familiar en el contorno de los ojos, en los tonos negros y amarillos de su piel brillosa, en la forma en la que, escuchando, ladeaba la cabeza, en el gesto réprobo que solía poner.
–No digo que quieras. Digo que a veces lo siento.
–Bassssta. ¿Qué vas a hacer ahora?
–Todavía no lo sé. Son dieciocho años de investigación. Se suponía que el Director iba a dar luz verde. Tengo ganas de llorar.
–Sssserá por algo. Essse hombre essstá ahí por una razón. Tenéssss que aprender de la realidad.
–Hay momentos en los que pienso terminar con todo.
–¿No essss tu propia investigación la que afirma que no hay manera de terminar con todo? Sssssss.
–¿Cuántas horas hablamos sobre esto, la puta madre que lo parió? Cientos. Miles. No recuerdo ya el día exacto de tu primera aparición, Ofelia. Y para el caso, dónde vas cuando no estás, dónde dormís, qué comés.
–No importa –dijo ella–. Lo importante esssss lo que digo, no lo que hago. Vosssss haceme caso, que ssssssé de lo que hablo.
Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales Samuel se miró las uñas, miró por la ventana, a la serpiente, y otra vez las uñas.
–Fue después del accidente, si no recuerdo mal.
–No recordásss mal. No importa ahora. ¿Qué vas a hacer mañana?
–No lo sé. No sé si aún tengo trabajo o no. No sé si volver al laboratorio o no. Ya te dije que el Director me acusó de malgastar los recursos del laboratorio en una investigación no autorizada. Y no lo vio. Le mostré mis resultados, la tabulación de datos, los grafos, todo. ¿Cómo puede estar tan ciego?
–Por brillante que ssseas, nunca sssupiste defender tusss ideasss.
–¿Por qué decís eso? Desde el accidente me defendí solo.
–Sssssssí y no. Esssstuve con vosss. Todo el tiempo. Te ayudé con las becasssss, con losss orfanatosssss.
–Las becas las conseguí yo. ¿No lo ves, acaso?
–Lo vi. Lo veo. Essstaba ahí. Pero un poco pusilánime ssssi que sossss. Reconocelo.
Samuel sintió como una lágrima se asomaba en alguna parte de su ojo izquierdo. Lo cierto es que la serpiente había sido su única aliada desde el accidente. Lo había ayudado a sobrevivir al orfanato.
–Tenía diez años cuando llegaste, ¿no?
–¿Qué importa essso ahora?
–Importa porque sos la única con la que hablé del accidente. Importa porque el Director me hizo acordar cómo me trataba Papá. Era distante, ya te lo conté. Nunca le interesó nada de lo que yo le decía. Le quería mostrar mis libros de dinosaurios, las revistas de divulgación científica, los muñecos de Star Wars. Él trabajaba y me decía “ajá”, sin apenas prestar atención.
–Lo hablamossss un montón de vecessssss.
Samuel ignoró el tono hastiado de la serpiente.
–Mamá, en cambio, me escuchaba. Pero no entendía. Me hacía sentir que estaba loco. Me decía que la ciencia era para los más inteligentes, que yo tenía que ser contable o dentista.
–Ya me lo contassste. No te repitassss.
–¿Cómo querés que no repita, si hace dieciocho años que no hablo con nadie más? ¿Cuánto viven las serpientes, por cierto?
–Sssssssss.
La serpiente bajó al suelo, dándole la espalda, o lo que sea que tengan las serpientes. Samuel la miró alejarse, y terminó de romper en llanto.
–Mañana voy a volver al laboratorio. Los voy a obligar a entender. Voy a hacer que vean.
–No lo hagasssss. Sssssolamente te van a lassstimar másss. Te van a herir. Ssse van a burlar de vosss.
–No puedo dejarlo así.
–Quizá sssssea momento de que te lo replanteesssssss. No sssssé. Otra carrera. ¿Tal vez casssssarte?
Samuel se enfrentó al ofidio cara a cara. Por primera vez la vió, y repentinamente lo vió claro.
–¿Mamá?

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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