Es el olor del almidón.
No sé por qué. Tiene, quizás, una raíz simplona y un poco estereotipada. Almidón y arroz, la asociación de ideas más pobre y automática del imaginario occidental.
Yo cocino arroz blanco, pierdo la mirada en los azulejos de la cocina, y te pienso. Uso una cuchara de madera, corazón. Y entonces la olla hirviendo, con el arroz borboritando dentro, en contacto con la madera, huele a vos. Huele a China, esa China en la que nunca estuve, pero de la que puedo saber su aroma a través de tu cuerpo. Huele a tu risa, huele a los paseos interminables, de la mano, por el paseo marítimo de Gavà, a las miradas de soslayo, pintadas de oscuro en tus ojos rasgados. Huele a las cáscaras de almendra en tus manos, a tu reflejo en la ventana, al silencio enmarcado en salitre de un verano que nos encontró, doblada ya la esquina de la madurez, buscando entre mis papeles alguna cosa.
Y ya sabés, corazón, porque todas las mañanas, después de ponerme las pantuflas y darle los buenos días a este señor anciano que me devuelve un espejo mediocre y cabrón, al que solo le queda de mí algo de fuego en la mirada, me siento en mi mecedora gravitatoria, y flotando suavemente cerca de las puertas fotosensibles de mi balcón, mientras escucho el trino afinado de los pájaros robot, te escribo largas cartas. De las de antes. Aunque se las dicte a esta mierda de máquina, que se empeña en corregir mi sintaxis argentina y mis giros de lenguaje, y ya no pueda solazarme en el arañazo fugaz que hace una pluma cuando hiere un papel (Dios, cuántos años hace, mi amor, que no veo papel). Aunque los flecos de mi alma se traduzcan a bits lumínicos en la red cuántica, y viajen hasta tu China ancestral, casi antes de ser imaginados. A pesar de eso, corazón, me gusta seguir pensando que te escribo como lo hacía un poeta maldito, o un enamorado cualquiera.
Pero hoy, al sumergir la cuchara de madera en el arroz, algo pasó, mi Chinita.
Me fui.
Y nos encontré a los dos, frente a frente, a la orilla de la playa de Gavà. El viento te removía el pelo, y el mar te sacudía su espuma desde lejos, buscando en él el brillo de tus dientes, el blanco nuclear de tu piel oriental.
Yo te relataba mis requiebros de enamorado tonto. Te hablaba de mi cultura y te preguntaba por la tuya.
Vos me contabas, un poco con palabras, un poco con las manos, un poco en la mirada, de tus secretos arcanos, de tu miedo dulce, de tu nostalgia China.
Después –te acordarás, sé que te acordarás– nos sentamos en la arena. Buscaste mi mano con la tuya y entrelazamos los dedos.
Con la otra mano te aparté un mechón de pelo que el viento que, provocado por el viento, dibujaba caprichos y siluetas de dragones en tu mejilla blanca. Quizá no fuesen dragones, sino gatitos. Ya ves, me pierde la idea fácil, aún después de tantos años de amarte.
Recuerdo que miré tus labios, como hacemos, sin reconocerlo, cuando queremos besar a otra persona por primera vez.
Y vos, hermosa y dotada de esa ternura voraz que nunca supe procesar, miraste también mi boca. Te vi mirar mi boca. Vi tus ojos achinados espiar mi boca, y una sonrisa tímida suicidarse desde el balcón de tus labios al suelo apátrida de los míos.
Me soltaste la mano, para acariciarme la mejilla.
Y sin más ceremonia, me ofreciste un beso lento y largo, que sabía a frutos del bosque y mermelada, pero que por alguna razón en mi recuerdo físico sabe a almidón de arroz y ralladura de limón.
Pasaron veintisiete años, mi amor. Y no hubo una sola mañana en la que no te recordara.
Y por alguna razón que no busco comprender, hoy, al meter la cuchara de madera en el arroz, el sabor de ese primer beso se hizo material en mi lengua. Pude sentir, igual que aquélla tarde en Gavà, erizarse los vellos de mi nuca, tensarse los tendones de mis piernas cansadas, despertar el animal hombre en mi entrepierna marchita.
Pude recuperarte entera, y traerte una vez más desde tu China original a mi Buenos Aires derruido, y a pesar de los años y la distancia, saber, en la piel y en la sangre, que vos también estabas pensando en ese beso.
Me siento en la mecedora, porque sé que todo está terminando, y no quiero que mis hijos tengan que levantar un cuerpo despatarrado del suelo. Prefiero que sepan que me fuí en paz, con tu sabor en los labios, y el corazón en calma.
Y sé que es lo menos importante, pero quiero que sepas, mi amor, que se me quema el arroz.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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¡Ahora me dan ganas de poner una mecedora en casa, jodío!
De ese modelo te va a costar 😉