Tu cara.
Siempre se trata de tu cara. Se describe a sí misma. Se contrae en un gesto de ternura ensayada, casi como preparado de antemano, cada vez que te miro. Es como un reflejo natural, la ventana por la que una luna invisible se asoma a mi vida.
Tu cara.
En ella, los ojos desmigajan chispas y pétalos. Cuando me mirás, de cerca, como si un cíclope brutal te poseyera de golpe, en un constructo mitológico que se parece mucho al amor. Habla de amor, argumenta el amor, ejercita el amor, es casi el amor. Es una mirada dulce y tranquila.
Y sí, tu cara.
No se puede inventariar tu cara sin hablar de tu boca. Una trampa de dientes que se muestran, fugaces, cuando un beso lenguaraz amenaza mis labios. Un pozo delirante de humedad y tibieza, en el que habita un molusco voraz que se ocupa de mis pasiones, de mis bajos instintos, de mis necesidades de hombre.
No puedo dejar de amar tu nariz, que definitivamente le da sentido a tu cara.
No puedo con tu cara.
Y sin embargo, tu espalda.
Tu espalda se precipita en tu nuca. Se erige en montaña para que esquíen mis dedos sobre tu piel nívea, bordeando tus lunares, cultivando el rojo de tus pecas ausentes, la estepa inhóspita en la que las palmas de mis manos exploran tu silencio.
Tu espalda.
No es más que una promesa de atención. El prado en el que sé que tarde o temprano vas a girarte, vas a ofrecerme tu mirada, rendida a las plantas de tus hombros, fundida en la silueta imposible de tu contorno sinuoso.
Una y otra vez, tu espalda. Un recordatorio perenne de emoción ausente cuando te vas, una promesa no dicha de que vas a volver, una y otra vez, a cavar tu dulzura en los territorios lejanos de la mía. Mi espalda, quiero decir. Puedo ser gráfico, también. Fijate bien, porque no es habitual.
No me quiero separar de tu espalda, de tus vértebras que, perezosas, grafican en tu piel el camino hacia tu alma.
Pero tu espalda, mi amor, inevitablemente termina.
Y entonces, y disculpame, esta vez, la grosería, tengo que hablar de tu culo.
Cuando tu espalda se suicida en él, entonces se abre en un abanico de piel blanca, en la que la marca antigua de un bikini recuerda que alguna vez, a pesar de la palidez, viste el sol, y alguna que otra estría que, lejos de devaluarte, te hace más mujer, trae a mi mente los surcos de un arado suave, como si fuera tu culo el territorio fértil en el que sembrar mi semilla.
Es tu culo, pero no, no hablaba de sexo. No soy tan básico. La simiente es la de ese amor del que te hablaba antes, la idea de que alguna vez sea, para vos y para mí, los héroes o el ángel enemigo.
Es verdad. Tenés razón. Sí que hablaba de sexo.
Cuando pienso en tu culo hablo de sexo. Pero no porque sea yo un depravado. Es porque soy hombre, y por eso mismo, un gran imbécil que a la vista de tu culo pierde totalmente la concentración.
Hondo.
Hondo en mi pecho busco los restos de lo que, al empezar a hablar, quería decirte.
No quería hablarte de tu cara.
No quería hablarte de tu espalda.
No quería, aunque no lo creas, hablarte de tu culo.
Quería hablarte de nosotros.
Quería proponerte un juego.
Un viaje.
Una siesta.
Un silencio.
Un amanecer.
Una caricia.
Una pedorreta.
Un beso.
Un polvo.
Un deseo.
Un encuentro.
Una distopía.
Un jeroglífico descifrado.
Una cifra indescifrable.
Quería, mi amor, revolver entre tus piernas, habitar tu boca, visitar tu espalda.
Quería decirte, mi amor, tantas cosas que no sé, tantas palabras que desconozco, tantos nombres que no tienen dueño, tantas ideas que no tienen forma.
Quería, mi vida, encontrarte dormida y despertarte con un beso en los párpados. Quería dibujar con mi semen sobre tu piel.
Quería abstraerte y observarte. Volverte tangible de repente, solo para dedicarme a tocarte.
Quería regalarte mis dedos, mi piel y mis sueños.
Quería profanarte, mi amor, para morir en vos.
Y sin embargo, tu cara.
Tu cara y otra vez tu cara.
Las pecas que la enmarcan.
El dolor que, a veces, aparece a destellos en tus pómulos tártaros.
La avaricia de tus labios, que sin preguntar se adueñan de mi aire de respirar, de mis pesadillas de insomne escarmentado, de mis silencios de escritor mediocre.
No sé, mi amor, cómo hablar de tu cara sin mencionar tu espalda.
No sé hablar de tu espalda sin mencionar tu culo.
Y no sé, desde luego, hablarte de mi amor, de las batallas que convoca, de los peligros que engendra, sin que, inevitablemente, tu imagen provoque que me pierda sin sentido en la metáfora.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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