Me gustan las tardes de los sábados, porque es cuando puedo entregarme más largamente al ritual del té. Me pongo de rodillas frente a la mesita baja, como una auténtica dama china, y acomodo los abanicos en la superficie, abiertos. Uno tiene pájaros pintados que, sigilosamente, pasan de varilla en varilla con las alas abiertas. Otro, el que menos me gusta, tiene amapolas florecidas en medio de un predio de jazmines. El tercero me encanta, es un señor con sombrero, al que no se le ve el rostro, sentado en un muelle lindante al discurrir de un río. El hombre pesca, y la silueta me hace pensar siempre en mi padre. Me llevaba a pescar, y me reñía dulcemente porque no me gustaba ensuciarme las uñas al cortar las lombrices para encarnar los anzuelos.
Y el último es mi favorito. Más grande que los demás, con un varillaje tan delicado que hace sonrojarse al bambú, tiene una mamá osa panda y tres oseznos que hozan a su alrededor, retozando, haciendo maromas y volteretas. Es verdad que los dibujos en los abanicos son estáticos, pero por alguna razón, mientras espero que hierva el agua, puedo verlos moverse. Y entonces mi padre, un poco molesto por el sol del atardecer en los ojos, se gira y le pregunta a mamá osa si, para cenar, le apetece un pez. Mamá osa sonríe, y habla con voz de mujer gruñona y gutural. Le agradece tan fuerte que los pájaros del otro abanico se espantan, y con un estruendo de alas abiertas, se lanzan a sobrevolar las flores.
Cuando el hervidor de agua entona su arrullo silvestre, me gusta dejar que, poco a poco, la ensoñación se retire, devolviéndome lentamente al salón, a los paneles de papel de arroz, al vapor que se arremolina en nubecitas frágiles que se desvanecen, y entonces levanto la vista y espío por la ventana.
Casi siempre puedo ver a la Señora Krueger, en su mecedora, disfrutando del atardecer en el jardín, o charlando con el Señor Krueger. Sé –porque ella me lo cuenta, cada vez que hablamos–, que tienen siempre la misma conversación, que hace más de veinte años que no tienen nada nuevo que decirse, y que, sin embargo, el amor que se profesan es genuino, y lo cimentan en la repetición silenciosa, casi litúrgica, de los placeres del día. Y una vez más pienso en mis padres, que, allá en China, probablemente estén haciendo algo muy parecido, queriéndose bajo las buganvillas, en medio del más pertinaz aburrimiento. En mi opinión, las personas capaces de encontrar placer en el aburrimiento son las más fuertes, y los amores que lo solventan, los más sólidos. Y a pesar de eso, mi migración se basó en una pasión virulenta, desordenada y fugaz, que me trajo aquí hace más de diez años, y que, aunque duró un chispazo, me alejó para siempre de mi China natal.
Siguiendo el guión ceremonial, vierto el agua en la tetera, y la traigo a la mesita, para dejarla reposar entre los abanicos. El olor dulzón de la infusión me amodorra un poco, y es entonces cuando, entregada a mi momento, vuelvo a conectar con mi padre. “No me aburro nunca de tu madre”, me dice. “El amor es eso que sobrevive cuando las urgencias se calman, cuando el viento deja de soplar y el polvo se asienta en el suelo, cuando empieza el otoño, cuando los besos, en lugar de alterar la sangre, traen la paz, desde la boca al alma”.
La mamá osa sonríe. Nunca antes vi sonreír a un oso, pero la mamá osa de mi abanico sabe cómo hacerlo, y mientras tanto le prodiga un mimo a uno de los oseznos, tironeando suavemente de una de sus orejitas, blanca y negra.
Preparo la taza, una porcelana blanquísima con un dibujo de una casa a orillas de un lago, que me regaló mi mamá antes de dejar China. «Para que me recuerdes con el té», dijo, sin llorar ni hacer escándalos.
Y es aquí cuando todo cambia.
Me dispongo a pasar los dedos por el asa de la tetera para asirla cuando, casi imperceptiblemente, la veo contraer el pico, y resoplar con un suave bufido. Hace un ligerísimo movimiento de la tapa, como si negara, resignada, con la cabeza.
«Siempre tomando el té sola. No tendrías que haberte separado», dice.
Retiro la mano, y la miro. Se me escapa una media sonrisa amarga. «Claro que tenía que separarme», respondo.
«Te preparo el té, que estoy para eso. Pero ¿me quieres decir cuándo vas a encaminar tu vida? Estás desperdiciando tu juventud».
Lo medito unos segundos. Parece que las palabras no quieren acudir a mi garganta. La tetera, impaciente, se dirige a la taza. «¿No le vas a decir nada?». «¿Qué quieres que le diga?», responde la taza. «¿Para esto vinimos a Europa?». Mamá osa, con la sonrisa aún en la boca feroz, interviene. «Cállense las dos. Ella sabe lo que hace». «Por eso mismo», refunfuña la tetera.
«Basta», digo. «Es mi vida». Abren la boca con asombro, mientras los pájaros aletean en el abanico.
Hay una pausa. El asa de la tetera se ve triste. La taza se despereza, preparada para recibir el té. Mamá osa abraza a los oseznos.
«Te vas a hacer vieja, corazón», protesta la tetera.
Me levanto, tranquila. Camino dos pasos, abro la ventana y me aparto.
Los pájaros pintados despliegan las alas y emprenden el vuelo, saliendo a toda velocidad, para dar una vuelta rapaz sobre el jardín y enfilar directamente hacia el sur. No importa. Volverán tarde o temprano.
Sonrío.
«Esa, mi querida tetera, es la idea», digo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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