Quizás fue tu silencio lo que al principio –solo al principio, porque después se pobló de sonidos– me sacó de mi encierro. El aire se hacía denso alrededor de tu cabeza, y yo podía verte reverberar a contraluz, intermitente detrás del paso aleatorio de un mozo o de un comensal desorientado.
La ventana estaba donde se ponen las ventanas. Parece obvio, pero no lo es. Porque, como todos los habituales del café París sabemos, la vista parece fabricada especialmente para esa ventana. Es casi un ventanal, grande, extenso y con los vidrios siempre tan, pero tan limpios que parecen dejar de existir, solo para negar tu reflejo. Cuando pierdo la noción de la ventana, me concentro en las letras que dicen “café París”, que desde adentro se ven al revés, creando la falsa ilusión de flotar en el aire.
Entonces, el silencio. El sonido, sin embargo, poblaba el interior del café, encaramado al tintineo de las cucharitas, al rebuzno sordo de las sillas al arrastrarse, al bufido irreverente de la máquina de café cuando calienta la leche, al murmullo pícaro de las amigas esas que siempre, en una mesa de la esquina, intercambian confidencias y bromas.
Vos, querida, estabas callada. Y el aire se arqueaba a tu alrededor, haciendo un efecto de bola de cristal que redondeaba los bordes, limaba las aristas, suavizaba los ángulos y resaltaba las ondas de tu pelo.
Y ese fue, seguramente, el segundo detalle.
El rebote del sol en tu cabello blanco. Gris claro, más bien. Como cuando la nieve se ensucia un poco, pero aun así su reflejo encandila y seduce.
Nunca antes, lo juro, había visto un pelo como el tuyo. Porque las canas suelen dar esa imagen un tanto arisca o quebradiza, pero en tu caso era un derroche de rizos suaves, una caída libre de nubes suicidas. Era mirar cómo el sol le arrancaba destellos, celebrándose sobre tu garganta, haciendo llorar los aritos de amatista que llevabas, regalándole al capricho de las piedras un segundo de lustre y lumbre.
Fue entonces, seguramente, cuando tus dedos se apersonaron en la escena del desastre. Recuerdo claramente cómo tu mano izquierda trepó hacia tu mejilla, y descansaste sobre ella. Apoyaste suavemente el codo en la mesa, donde el halo transparente de la respiración de tu cerveza dejaba un rastro de baba aséptico y transitable.
Y ahí, en ese preciso instante, giraste la cabeza hacia mí. No mucho, un cuarto de vuelta, una perspectiva mínima. Pero suficiente para que tu ojo encontrase la trayectoria invasora de mi mirada.
Ese ojo, al menos, era azul.
Y sí, soy preciso, fijate. Digo “ese ojo” porque nunca vi el otro. No me dejaste ver el otro. Simplemente asesinaste mi voluntad con media mirada y un tercio de sonrisa. Llevabas ese pintalabios tan común, y por eso tan efectivo. De un rojo insolente y despiadado, que por alguna razón nos hace tanto daño a los hombres. Como si no lo supiéramos ya, como si no hiciera siglos que sabemos que es un artificio, que nadie tiene los labios de ese color, que cuando lo besás tiene un sabor cosmético y desagradable, y a pesar de eso no vas a poder parar de besar la boca que lo lleva.
Lo peor de todo fue ver que te levantabas.
Porque te levantaste sin avisar, de improviso.
Haciendo un movimiento danzarín, con el mismo impulso con el que te separaste de la silla, dejaste balancear el bolso, en el que se ve que viajaban a gusto algún que otro libro, el mango de un paraguas y seguramente muchas otras cosas de chica, que no sabría yo inventariar ni aunque me permitieras echar un vistazo.
Te colgaste el bolso del hombro, y algo te llamaba la atención en el parque, tras la ventana. Mantuviste la mirada fija, y yo, desde la mesa de atrás, podía adivinar tus clavículas decantarse en la curva de tus hombros, en el zafarrancho escandaloso de tu espalda, en la indecorosa silueta de manzana que dejaba adivinar la forma de tus nalgas bajo el pantalón de hilo blanco.
Y si bien es cierto que no había alcanzado a verte la cara, sentí una oleada de eso que, en nuestra tontería ancestral, los hombres queremos creer que se llama amor, pero se llama en realidad calentura.
Sentí un deseo que traduje como ternura, pero que era en verdad el de ser despiadado sobre tu espalda, solazarme en tu piel, atacar tu intimidad a mordiscos.
Y entonces, sin ninguna clase de advertencia, echaste a correr.
La escafandra de aire alrededor de tu cabeza se esfumó en la tarde tibia, brutalmente reemplazada por esos jirones de olor a café, que, remolones, te vieron embestir la puerta de doble hoja para franquearte el paso.
Tengo que confesar que evalué seriamente correr detrás de vos. En pocos segundos fabriqué diversas escenas, desde una sonrisa tímida a un beso lenguaraz.
Por eso fue tan duro, querida, verte abrazada a ese señor, a través de la ventana más bonita de Buenos Aires, justo debajo de las letras espejadas del café París.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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