Me duele la calavera.
Se hace patente de manera casi brutal, excruciante. No es la cabeza. No es el cerebro.
De golpe, soy consciente de forma inapelable del tamaño, la rugosidad y el peso de mi calavera. El encastre de los dientes, sus raíces con promesas de dolor futuro. La articulación de la mandíbula y las oquedades donde residen mis ojos.
El silencio que se rompe a gritos.
Me duele. Me duele horrores la calavera.
Esta tarde jugaba con mi gato, cuando, al abrir la ventana, vino la muerte a visitarme. No es una figura de negro con guadaña.
Es un antropomorfo andrógino, calvo y con cara amable, que viste pantalones de jean y una remera que dice on time.
Satán –el gato–, levantó las orejas y maulló un quejido. Pude sentir el soplo mortal en la forma en la que sus garras se aferraron a mis muslos. Se incorporó y bufó en silencio, como hacen a veces los gatos al sentirse amenazados. Saltó y se perdió hacia la cocina.
Asustado, pensé que era mi momento.
Es en ese instante en el que fui consciente de cuánto y qué fuerte me empezó a doler la calavera.
Pensé en mis hijos. En sus piecitos descalzos, en sus boquitas fruncidas por el llanto, en los pequeños puños cerrados haciendo la fuerza inútil que hacen los bebés para nada.
Me duele el cráneo.
–¿Se acabó? –le pregunté.
El andrógino sonrió.
–No. No sos vos.
–¿Quién es?
No me respondió. Miró por la ventana, y después señaló el altavoz, por el que se oía la letra:
Cuando la noche
es más oscura
se viene el día
en tu corazón
Banderas rojas
banderas negras
de lienzo blanco
en tu corazón
Y entonces me dolió la calavera. El dolor se me precipitó por los huesos, por las uñas, me dolieron cosas que no sabía que pudieran doler.
–¿A qué carajo viniste?
Me sonrió con tristeza, y después bajó la vista, casi negando con la cabeza.
–Nadie sabe nada sobre la muerte. “Ojalá la muerte me encuentre vivo” –citó–. No me llevo a nadie. No vengo a anunciar nada, ni soy la causa de ningún deceso. Simplemente intento acompañar a los vivos. Ayudarlos a entender la muerte.
–¿Y por qué no te vi nunca antes?
–Porque no estabas listo. Quizá porque no aceptabas la muerte. Con toda probabilidad, porque no habías empezado a pensar en la muerte como algo posible para vos.
El dolor de la calavera se hizo más agudo.
Pensé en ella. Era mil novecientos ochenta y ocho, y yo recién despertaba del sueño de la infancia. Me llevó de la mano a una habitación fresca y oscura. “Escuchá esto”, dijo, poniendo un cassette en el reproductor.
Y sonó.
La escuché por primera vez.
La voz del Indio.
El futuro llegó
hace rato.
Llegó como vos
no lo esperabas
El futuro
ya llegó
Y me besó. Y me mordisqueó la oreja.
Y, quizá por primera vez, me sentí hombre.
Y el Indio estaba ahí.
Habló de una masacre en un puticlub, de las noticias de ayer, de los ojos maquillados de las bandas. Habló de mí, sin saber que yo existía.
Y, aunque no lo alcancé a verbalizar, comprendí en ese momento que nada, pero nada, hace tanto daño en combinación con el amor de una mujer como la poesía.
Los versos.
Me hirieron los versos.
Me habitaron.
Anclaron en mí.
Perforaron mis huesos, licuaron mis tripas, calentaron mi sangre, agitaron mi semen, despertaron mis manos, invocaron mis besos, nublaron mis ojos. Acompañaron a mi tacto al abismo del pecho femenino, al tornado de otra lengua, a los dos ojos más verdes, más dulces y más hermosos.
Me transformaron.
Por eso hoy, antes de que me visitara la muerte, me dolió la calavera.
Porque supe que las cartas que se acumulan en mi buzón ya no encontrarán salida.
Porque no hay casi nada más triste que el apagarse de una voz que sí, hablaba por mí. Hablaba por ella. Por mis hijos, por mis amigos, por mi juventud, por los otros muertos, por el eco de tanto dolor, por la infamia de un país devastado, por el suicidio de la esperanza.
Supe, en los ojos andróginos de la muerte, que eso de hacerle el amor a un drácula con tacones se había terminado, y es tan frágil que durará para siempre. Supe que los fuegos de Oktubre se apagan, que cuanto más alto trepa el monito, así es la vida el culo más se le ve.
Supe, en los ojos compasivos de la muerte, que el dolor de calavera se debe a la voz que se apaga, a no poder ir a la última misa ricotera con los camaradas de armas, al anochecer de los versos más feroces, de las palabras más indomables, de las verdades más crudas.
Me duele la calavera.
Y pensé, como hacía rato que no pensaba, en el día que murió María Elena. En el día en que murió el Gabo.
Se van muriendo todos.
Hijos de puta.
Me duele el cráneo. Me duelen los huesos. Me duele el alma.
Quiero gritar.
En cambio, Indio, voy a irme unos meses a Caseros, y en lugar de una Strato roja, voy a empuñar mi teclado.
Voy a hacerme un torbellino que no suene en ninguna radio.
Voy a transar una Vulcan Roja.
Te voy a herir un poquito más.
Me duele, Indio.
Me duele la calavera.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Siempre con dolor…un poco…para que las palabras se hagan texto y despierten a otros que no sienten ni dolor. Gracias Fede.
Mucho dolor.
Gracias por compartirlo. Alivia la carga.
Abrazo! 🫂