Me desconcertó, porque creía que era miércoles. El metro no llegaba y yo, mirando a diestra y siniestra, relojeaba el ondeo suave de su vestido de florcitas blancas. Quizá fueran margaritas, quizá no. La verdad es que, de flores, como de casi todas las otras cosas del mundo, no entiendo un carajo.
Así las cosas, decía, me desconcerté porque creía que era miércoles, por segunda vez esta semana. No es que fuera la segunda vez que lo creí, sino que podía sentir, en lo espeso del aire, en el bochorno homicida de los túneles, en su humedad oscura, que era el segundo miércoles de la semana.
Ella, por supuesto, era hermosa. Y yo solamente iba a poder hablarle si era domingo, martes o jueves, para las rubias; lunes, miércoles o viernes, para las morochas; y sábado si era pelirroja.
Y solamente si, adicionalmente al día de la semana y el color de pelo, se bajaba en una estación que tuviera al menos dos vocales o una consonante contenidas en las letras del nombre del día de la semana.
Es un juego inocente. Casi nunca consigo hablarle a una chica de verdad, pero me entretengo imaginando agudísimos coloquios durante mis viajes somnolientos, como si un mastín enorme me respirase en la cara su aliento de cueva cerrada, el olor pútrido y dulzón que los carnívoros tenemos en la boca si no nos lavamos los dientes con la frecuencia deseable.
El problema, de un tiempo a esta parte, es que los días de la semana empezaron a desordenarse ligeramente, sin aviso. Hubo tres lunes la semana pasada, y hace dos semanas, salí de casa convencido de que era jueves, para encontrar la calle llena de viejitas que iban a misa y mercachifles domingueros pelotudeando por ahí. Anteayer fue martes, y ayer miércoles. Hoy salí de casa con pantalones pescadores y una camiseta con un dibujo de videojuegos, convencido de que era miércoles otra vez, pero cuando entré al andén del metro, la estación que debería haber sido Passeig de Gràcia en la línea verde, resultó ser Urquinaona en la línea roja, y un cuadro enorme proclamaba, como si fuera un abogado alcahuete, que era viernes.
Dejé de hacerme el pelotudo disimulado, y la miré ostensiblemente, buscando confirmar que fuese morocha, y así pasar a la fase dos del plan.
La muy hija de puta resultó tener el pelo con mechas rubias y morochas, y dada mi proverbial ignorancia en asuntos de peluquería, y la iluminación deficiente del metro de Barcelona, me resultó absolutamente imposible determinar si era morocha con mechas rubias o rubia con mechas morochas.
¿Cambia algo?, pensé.
Lo cambia todo.
De qué mierda sirve tener reglas estrictas si no es para seguirlas. Hablarle solamente si es morocha es lo que nos separa del caos y la anarquía. No quiero vivir en un mundo donde la gente le puede hablar a las rubias un viernes con impunidad. No debo. No soy capaz.
Inevitablemente, el metro entró en la estación. Decidí que era morocha con mechas rubias, y que por lo tanto la fase dos estaba en movimiento. Subimos ambos al vagón, y rápidamente miré el luminoso, intentando identificar en qué estaciones podría seguirla.
Dijimos que era viernes, si no volvía a cambiar, así que podía ser Belvitge, pero no Florida. Permanecí atento, mirándola fijamente, e imaginando las diferentes formas de abordarla, sus posibles respuestas, la manera en la que me miraría, la caída de ojos que haría al descubrir que su amor imposible estaba allí, y que un destino brutalmente poderoso acababa de sellársele para siempre.
El convoy se detuvo en Universitat, que era una de las estaciones correctas para el abordaje —no del tren, sino de la persona—. Se bajó.
El corazón empezó a latirme con violencia. Decidí seguirla.
Morocha.
Viernes.
Universitat.
Todo alineado. Cruzamos la línea de molinetes. Ella iba a paso firme, meneando una grupa que era un espectáculo a los ojos, una delicia de contemplación que, de tan sistólica, te la pone dura.
Salió a la calle, y el viento le agitó las mechas rubias. Un sol dorado y travieso le abrillantó los bucles, y supe, sin ninguna duda, que era morocha con mechas rubias.
El universo entero no hacía más que mandarme señales.
Apreté el paso, porque tenía una zancada marcial potentísima y larga, difícil de seguir. Entró, cómo no, al edificio de la Universidad de Barcelona, ese que es como un castillo medieval, en el que siempre me intimida la estatua de Averroes. No porque tenga la más puta idea de quién carajo fue Averroes, sino porque el nombre y su barba me parecen de superhéroe medieval.
Caminó por el vestíbulo de techos para gigantes, y cruzó la puerta del fondo en dirección al claustro.
La seguí, cerquita.
Se sentó en un banco en el jardín, y sacó un libro de la mochila.
Apuré el paso, acercándome antes de que se pusiera a leer, para no interrumpirla. Me detuve delante de ella. Nos separaban apenas treinta centímetros. Levantó la vista, y se puso la mano sobre los ojos, como si fuera una visera.
Me miró, inquisitivamente.
—Sos morocha —informé.
—¿Y?
—Y te bajaste en Universitat, siendo viernes, así que puedo hablarte.
Se levantó, y quedamos casi cara a cara.
Y juro por mi alma que durante un instante imposible estaba seguro de que iba a besarme. En cambio, me miró casi con desprecio, y me esquivó.
—Puto loco —dijo—. Es sábado.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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