Me apasiona verlo en cámara lenta, porque parece que la pelota es casi ingrávida. Gira sobre sí misma, con un eje invisible que la ata como si se tratara de un globo escapando, de una esfera rebelde que busca su origen. Mientras tanto, una parábola imposible se insinúa detrás, o debajo, de una trayectoria suave y perfecta. De fondo, los cuádriceps marcados de una pierna escultural, sudada y musculosa, tiemblan como un flan de avena, de esos que me servía mamá cuando era niña, cuando el atardecer amenazaba desde atrás de los cipreses con llevarse el día para siempre, con una noche en la que, quizás, esta vez sí, los lobos alcanzaran mi garganta.
La pelota, decía, gira y gira, y yo desearía ser lo suficientemente rápida, o inteligente, o autista, como para contar las vueltas, para ver desde el ángulo de la pelota misma. Y aunque no lo sea, aunque mi visión no pase de ahí, puedo intuir la tensión en los miles de mandíbulas, los mismos miles de pares de ojos fijos en la bola. Puedo sentir en mi propia piel los corazones acelerados, el pánico instantáneo de la derrota en muchos de ellos. La adrenalina burbujeante de la victoria en los otros. Una indiferencia brutal en unos pocos.
Aúllan las perras. No se callan.
La parábola alcanza, indefectiblemente, un cénit, un punto máximo de altura y velocidad, un nanosegundo en el que el mundo entero se detiene para precipitar su giro, la mano invisible de un dios ajeno e imbécil que, a partir de ahora, la deja caer. La curva, casi como en mi propia cadera que se mueve, se altera suavemente hacia abajo, antes de precipitarse y acelerarse, como hacen mis nalgas bajo el ataque de las manos de Martín.
Lo siento dentro mío, más que antes. Hay una vibración que coincide con la pelota. Con el estadio. Con mis tetas que se sacuden en cada embestida de mis caderas. Con el aullido de las perras que, fuera, reclaman su lugar en la cama, pero es que la habitación es pequeña, y a Martín no le gusta que estén lamiéndonos mientras echamos un polvo.
La aceleración se acerca a un clímax. No, no de mis caderas. Es la pelota. Puedo ver como Martín intenta ver la pantalla, moviendo los ojos entre mi pecho y mi brazo. Empujo en su cuello, sujetándolo contra la almohada. El intuye el juego. Yo, mientras tanto, siento cómo su erección pierde vigor, cómo el tejido esponjoso renuncia a parte del flujo sanguíneo.
La pelota, cierto, la pelota.
Las perras no paran de aullar.
La pelota gira sobre sí misma, y por la magia absurda de un golpeo perfecto, se acelera de forma endiablada, yendo a embocar en el ángulo superior derecho.
Aprieto los dedos.
Casi nadie lo percibe, pero hay otra diezmilésima de segundo en la que el estadio entero calla, atónito, produciendo un silencio fantasmal y agónico, que me da tiempo a desear que se le vuelva a poner dura, que me llene como antes, que me obsequie con su semilla, así como el delantero obsequia a la multitud con el gol.
Y entonces es como si el mundo entero se contrajese un instante, para luego expandirse con violencia. El grito de gol estalla en decenas de miles de gargantas como una declaración de guerra, o un rugido brutal de cien mil bestias furiosas.
Aprieto, aún más, las manos.
Puedo sentir el declive de la erección de Martín, ese a partir del cual sé que va a salirse, a resbalarse fuera como una serpiente cansada y exangüe, que ya no podrá competir con la musculatura elástica de mi vagina. Sé que no habrá orgasmos para nadie. Sé que las perras no callarán.
El público alza las manos, celebrando unos y lamentándose otros, y yo siento las lágrimas en mi paladar, bajando por mi garganta. Aparece el vacío en el estómago que, como tantas otras veces, me produce una inmensa sensación de soledad, un naufragio último y personal en el que Martín nunca me acompaña, nunca sabe de mí, de los apremios de mi vientre, de la pasión que no le cuento, de las derrotas continuas.
Quizá fue por el gol, pero también pudo ser por la garra de acero de mis dedos.
El hecho es que la erección se perdió para siempre.
Eso me tensa las manos. Hay algo absurdo en el placer que siento. Mi vagina lo expulsa como a un residuo del amor que no fue, mientras mis codos se endurecen, y tiemblan bajo el aullido de las perras.
Los ojos ciegos.
Puedo sentir el sudor caer por mi espalda.
Mis manos como un garfio fundido.
Martín está muerto, con la lengua afuera.
Las perras aullan tras la ventana empañada.
El equipo perdedor saca del centro.
Y yo, con una mano me seco las lágrimas, y con la otra le cierro los párpados.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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