Me gusta pensar que te hablo cuando te escribo.
Y sí, lo sé, no sos más que un reflejo desdoblado de mí, una parte de mi alma a la que al fin me enfrento, y que, sorpresivamente, se me para de manos, quejándose y gritando.
Debería, en los papeles, ser fácil para mí escribir sobre pasiones. A fin de cuentas, viejo, no es más que un artificio sencillo al que estoy habituado. Pasión, una mujer desnuda en penumbra, el recuerdo de miles de horas discutiendo entre vapores varios, mis hijos, bebés, en mis brazos inseguros, luego pequeños, mirándome como si fuese yo solamente un pedacito de verdad.
Pero es que toca hablar de escribir. Escribir sobre escribir.
Y duele.
No hay dolor más atroz que la herida de la pluma. Es un arado lento sobre la piel, una entrega absoluta y total a nada, a desparramar unas cuantas palabras por ahí. Es reinterpretar la tinta como simiente y origen.
Fui escritor antes que hombre. Aprendí a escribir antes de saber que casi ninguna fuerza natural es tan poderosa como la pasión. Antes de entender la muerte como algo cierto. Antes de descubrir en la amistad el bálsamo último con el que restañar todas las heridas.
Escribí cuando lloré y cuando reí.
Escribí para sonreír y para blasfemar, para aprender y para enseñar. Escribí para cagarme en Dios y para amar a una mujer.
Escribí para ser hermano y padre.
Para ser hijo, también escribí.
Enterré a mi madre con letras. Escribí para llorar a mis muertos y para celebrar la vida.
Para pelear mis guerras pequeñitas, para esconder mis miedos de niño débil, para contar mis ideas idiotas.
Para todo eso escribí.
Escribí, como no, para amar. No sé amar sin escribir.
Pero, sobre todo, escribo porque no puedo no escribir.
Escribo porque sangro palabras, porque me duele el alma.
Escribo porque ahora mismo, con mis pelotudísimos cincuenta y tres años, de solo sentarme a escribir mis lágrimas se convocan a los ojos.
Escribo porque moriría de no hacerlo.
Escribo por agonía, porque me duele todo el cuerpo, porque el silencio es el principio de todo y es este el lugar en el que lo puedo poblar como quiera y con quien quiera.
Y escribo, también, porque es así como me permito investir a mis héroes, impersonar las vidas que no viví.
Escribiendo soy una señora viuda que, sin embargo, fue feliz. Soy también un hechicero malvado que trae venganza, y un noble y feroz guerrero. Soy el mejor amante y el alma en pena. Soy la semilla y el fruto.
Escribiendo traigo el viento y resucito a los muertos. Insuflo vida a los objetos y razón a los animales.
Escribiendo ensayo las personas que no fui, conjuro los miedos y dreno los océanos. Escribiendo comprendo el mundo, y lo doblego a mi voluntad. Relato la felicidad que no tuve y los horrores que no sufrí. Escribiendo lloro, río, fornico y aúllo.
Ahora mismo, escribiendo, lloro abiertamente, porque escribir me conecta con quien soy, con mis oscuridades profundas, mis vanidades imbéciles y mis dolores secretos.
Escribiendo callo a mis demonios, los siento a una mesa larga, interminable e impúdica, y les escupo en la cara toda su miseria.
Escribiendo soy Dios, Diógenes y el perro.
Escribiendo me arranco la piel.
Escribiendo desnudo mi alma, y la tuya.
Escribiendo sano y mato.
Escribiendo insulto y elogio.
Escribiendo sobrevivo.
Escribiendo engendro hijos.
Escribiendo amo.
Escribiendo muero.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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